
La joven del retrato no se llamaba Catalina Romero.
Su verdadero nombre era Isabel Moret.
Tenía apenas diecinueve años cuando posó para aquella fotografía, alrededor de 1897, en un pequeño estudio de Barcelona. Vestía el uniforme típico de las jóvenes trabajadoras: blusa clara con encaje discreto, corpiño oscuro de mangas rígidas y un delantal impecable que resaltaba bajo la luz amarillenta del estudio.
El fotógrafo, don Aurelio Rivas, le pidió una postura formal. Espalda recta. Manos ocupadas sosteniendo una bandeja de madera, gesto común en retratos de servicio doméstico.
Pero no era su atuendo lo que llamaba la atención.
Eran sus ojos.
Grandes. Firmes. Serenos de una manera inquietante.
Años después, el propio fotógrafo diría que aquella muchacha miraba la cámara “como si supiera algo que los demás ignoraban”.
Isabel —o Catalina, como más tarde se haría llamar— había nacido en el barrio obrero de Sant Pere. Huérfana desde los doce años, pasó su adolescencia trabajando donde la aceptaran. A los dieciséis llegó a la Hacienda San Rafael, en Aguascalientes, contratada por doña Dolores Valenzuela tras verla hambrienta en la plaza del pueblo.
La hacienda era imponente: muros de cantera, techos altos, patios con naranjos y largos corredores donde los pasos resonaban incluso cuando nadie quería escuchar.
Allí aprendió pronto que el verdadero peligro no estaba en la intemperie, sino dentro de las paredes.
No hace falta detallar cada abuso para entender lo que vivió. Lo suficiente es decir que varios hombres de la casa cruzaron límites que jamás debieron cruzarse. Amenazas. Silencios impuestos. Miedo constante.
Catalina sobrevivió como muchas mujeres de su tiempo: callando, observando, aprendiendo.
Hasta que algo en ella cambió.
Una noche especialmente violenta terminó de quebrar lo que quedaba de su inocencia. A la mañana siguiente, el patriarca de la casa apareció muerto. El médico habló de un fallo del corazón. Nadie cuestionó el diagnóstico.
Pero Catalina entendió, por primera vez, que el miedo podía transformarse en otra cosa.
Determinación.
Semanas después descubrió que estaba embarazada. Desesperada, buscó ayuda en secreto con una curandera del pueblo. El proceso fue doloroso y peligroso, pero sobrevivió.
Enterró aquel pequeño cuerpo bajo un naranjo del patio.
No lloró por el feto.
Lloró por la niña que había sido.
Con el paso de los meses, otros hombres vinculados a la hacienda murieron en circunstancias que muchos calificaron de infortunios: accidentes, enfermedades repentinas, caídas inexplicables.
La región murmuraba, pero nadie unía los puntos.
En septiembre de 1904, Catalina Romero desapareció sin dejar rastro.
Algunos dijeron que tomó un tren rumbo a Guadalajara. Otros que se unió a círculos de mujeres que comenzaban a organizarse en los albores de la Revolución.
La hacienda fue abandonada años después.
Entre papeles viejos y muebles cubiertos de polvo apareció aquella fotografía tomada en un estudio de Aguascalientes en 1903. En el reverso, alguien había escrito con letra temblorosa:
“Catalina, 19 años. Que Dios se apiade de su alma.”
Nadie supo quién lo escribió.
Nadie supo con certeza qué fue coincidencia y qué fue justicia.
Hoy, cuando se observa ese retrato, lo que impacta no es la ropa ni la bandeja de madera.
Es la mirada.
No parece la de una víctima.
Tampoco la de un monstruo.
Es la mirada de alguien que tomó una decisión irreversible: no volver a ser sometida jamás.
La historia de Catalina termina en silencio. Pero su recuerdo deja preguntas abiertas sobre el poder, la impunidad, el dolor y los límites de la resistencia humana.
Y tú, si hubieras vivido en aquel tiempo, sin leyes que protegieran, sin voz que te defendiera… ¿qué habrías hecho?
A veces la historia no nos pide juzgar.
Nos pide reflexionar.
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