El sol apenas se asomaba entre los
edificios de ruidos del vecindario,
iluminando las calles vacías y el eco de
pasos solitarios.

Don Manuel caminaba apoyado en su bastón
con la mirada fija en el suelo, evitando
el contacto con los pocos transeútes que
pasaban.
A su lado, doña Rosa lo seguía
lentamente, cargando una bolsa de tela
con algunos alimentos que había comprado
con su pensión.
Sus rostros reflejaban cansancio,
tristeza y una sensación de abandono que
nadie podía imaginar. Ambos habían sido
padres amorosos durante toda su vida,
pero sus hijos, ocupados con sus propias
familias y trabajos, los habían dejado
solos.
Llamadas que nunca respondían, visitas
que se hacían cada vez más esporádicas y
una sensación creciente de que ya no
eran parte del mundo de nadie. Ese
sentimiento de abandono los perseguía
incluso en los momentos más simples,
cuando compartían el desayuno, cuando
paseaban por el parque, cuando se
sentaban en la sala a mirar la
televisión.
Todo tenía un sabor amargo, como si la
vida los hubiera olvidado. Esa mañana,
mientras caminaban hacia el centro del
pueblo, un joven vecino lo saludó
tímidamente y les contó sobre un rumor
extraño. Existía un lugar seguro bajo
tierra, construido hace décadas, que
había sido olvidado por todos.
Nadie lo visitaba y, según decían,
ofrecía refugio a quienes no tenían a
donde ir.
Don Manuel y doña Rosa se miraron
sorprendidos.
Algo en esa idea despertó un destello de
esperanza en sus ojos, algo que hacía
años no sentían. La posibilidad de no
estar solos, de tener un lugar que
finalmente pudiera llamarse hogar.
Quizás sea una locura, pero ¿y si es
nuestra oportunidad? susurró doña Rosa
mientras ajustaba su sombrero.
Don Manuel asintió lentamente.
El miedo al abandono había sido un
compañero constante, pero la esperanza
que brotaba de esa idea era más fuerte
que cualquier temor.
Sin decir una palabra más, ambos
comenzaron a caminar hacia la entrada
del supuesto refugio, guiado solo por
las indicaciones vagas del joven. camino
los llevó por calles estrechas entre
casas semiabandonadas y jardines
descuidados.
Cada paso era un recordatorio de todo lo
que habían perdido, pero también un
recordatorio de que podían encontrar
algo nuevo, algo que no dependería de la
indiferencia de sus hijos.
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