Gerian Nash apretó la correa de la alforja y miró el pedazo de papel arrugado que tenía en la mano. Solo una firma en la vieja casa desvencijada al borde del pueblo y sería suya. Precio de compra: una miseria.

Un trato demasiado bueno para dejarlo pasar.
Empujó la puerta.
El olor a madera podrida y polvo se le metió en los pulmones como un recuerdo viejo que no le pertenecía. El sol del atardecer se colaba por una cortina rota, lanzando motas doradas sobre el suelo, como cenizas suspendidas de una vida que alguien había abandonado a toda prisa.
Entonces oyó algo.
Una respiración entrecortada.
Un leve crujido de cuerda contra madera.
Gideon giró la cabeza.
La puerta trasera estaba entreabierta, balanceándose apenas con la brisa. Y allí, colgada de una soga, una muchacha apache alta, de piel oscura y cabello enmarañado, con las manos atadas a la espalda. Sus pies tocaban el suelo, pero su cuerpo colgaba flojo, rendido. Cada aliento era una batalla perdida contra el tiempo.
En ese instante, Gideon no pensó.
Corrió hacia ella, sacó el pequeño cuchillo del cinturón y cortó la cuerda de un tajo seco. El cuerpo cayó pesado, sólido, real. Como una guerrera arrancada del infierno, sus manos callosas se aferraron a la camisa de él, dejando manchas de sangre oscura.
Sus ojos se abrieron de golpe. Salvajes. Vivos.
—¿Eres el dueño? —preguntó. Su voz raspaba como una hoja contra la piedra.
Gideon asintió.
—Acabo de comprarla.
Ella soltó una risa baja, casi un suspiro, como si aquello fuera más gracioso que la muerte misma.
—Entonces compraste más que una casa —dijo, con el aliento quebrado—. Compraste mi vida.
Gideon apretó la mandíbula.
Afuera, el viento trajo algo peor que polvo: el eco lejano de cascos. Caballos. Más de uno. Alguien venía a reclamar lo que él acababa de liberar.
Y supo, con una claridad amarga, que había comprado una guerra.
La cargó sin decir palabra y la llevó al interior de la casa. El suelo de madera crujió bajo sus pasos. Ella pesaba como pesa un soldado que regresa de su última batalla. La dejó sobre un sofá cubierto de polvo y salió corriendo a buscar agua.
Cuando volvió, ella intentaba incorporarse, temblando, presionando una mano contra su cuello. La marca de la soga ardía roja y furiosa, como si la muerte la hubiera marcado con hierro.
Gideon le tendió un tazón.
—Bebe —dijo con suavidad—. No voy a hacerte daño.
Ella lo miró con los ojos cansados de un animal acorralado. Dudó. Luego bebió a sorbos lentos, desconfiados. Su respiración empezó a calmarse, pero la tensión seguía ahí, como un arco tensado al máximo.
—Vendrán —dijo ella al fin—. Eran tres. Dijeron que nadie me reclamaría.
Gideon cargó el revólver sin mirarla.
—Pues hoy se equivocaron.
Los cascos se detuvieron frente a la casa. Voces de hombres. Risas cortas. La puerta principal recibió el primer golpe.
Gideon se colocó frente a ella, amplio, firme, como un muro.
—Si sales viva de esta —dijo—, no me debes nada.
Ella lo observó un segundo. Luego negó despacio.
—Te equivocas, hombre blanco. Entre los míos, una vida salvada no se devuelve con palabras.
La puerta cedió.
El primer hombre cayó antes de entender qué había pasado. El segundo gritó. El tercero no tuvo tiempo.
Cuando el silencio regresó, la casa volvió a oler a polvo… y a pólvora.
Gideon bajó el arma. Ella ya estaba de pie, tambaleante, pero erguida. Lo miró como se mira a alguien que ya no es un extraño.
—Mi nombre es Aiyana —dijo—. Y mientras yo respire, esta casa no será solo tuya.
Gideon miró alrededor: la casa rota, el suelo manchado, el sol muriendo tras el horizonte.
Por primera vez, sonrió.
Tal vez aquel trato había sido barato.
Pero el precio real acababa de empezar.
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