Estas plantas muertas son la herencia perfecta para los hijos de una soñadora fracasada. La madrastra Gabriela sonrió

con crueldad mientras el notario leía el testamento. Diego, de apenas 10 años
apretó la mano de su hermana Valentina de cinco, tratando de no temblar. Su padre había muerto hacía tres días.
Ahora la mujer que lo había reemplazado en el corazón de papá les arrebataba todo la casa el viñedo próspero su
futuro. Solo les dejaba cinco hectáreas de vides secas que su madre había plantado antes de morir un cuchitril en
ruinas y 100 pesos como burla. Su madre murió por ustedes. Ahora vivirán con su
fracaso. Pero lo que Gabriela no sabía era que esas raíces muertas escondían un
secreto y que dos niños huérfanos estaban a punto de construir un imperio
que la haría arrodillarse. El 94% de las personas que terminan esta historia
nunca dejan comentario, no porque no tengan nada que decir, sino porque creen
que nadie lo leerá. Solo toma 10 segundos escribir una palabra. Si no
quieres estar en ese 94% silencioso, escribe, “Gracias, mamá, si
esta historia te tocó el corazón, el 6% que comentas siempre construye
conexiones reales y sé perfectamente que tú valoras las historias humanas.”
El ventilador de techo del despacho del notario chirriaba como un animal moribundo. Diego Álvarez, de 10 años, se
sentó en la silla de madera con la espalda recta como su padre le había enseñado. A su lado, Valentina, de 5
años, balanceaba las piernas sin tocar el suelo, abrazando al señor Conejo su peluche de orejas caídas. Hacía tres
días que habían enterrado a papá. El notario Ruiz, un hombre sudoroso de 52
años con corbata mal anudada, evitaba mirar directamente a los niños. Sus
manos temblaban al desdoblar el documento amarillento. Frente a ellos, Gabriela Ruiz de Álvarez se reclinaba
con las piernas cruzadas usando lentes de sol oscuros a pesar de estar en
interiores. “Procederemos con la lectura del testamento del señor Fernando Álvarez.” comenzó Ruiz aclarándose la
garganta. A mi esposa Gabriela Ruiz de Álvarez le dejo la casa familiar, el
viñedo principal de 7 haáreas en producción, todos los equipos de vinificación, los vehículos y las
cuentas bancarias. El mundo de Diego se inclinó ligeramente. Gabriela sonrió
detrás de sus lentes. Y nosotros. La voz de Valentina sonó diminuta. Ruis tragó
saliva. A mis hijos Diego y Valentina Álvarez Moreno. Les dejo el cuchitril de
trabajadores y las 5 hectáreas del lindero este, anteriormente cultivadas
por mi difunta primera esposa Elena. Asimismo, un pago único de 100 pesos mexicanos. 100 pesos. Diego no se movió,
no respiró. Dentro de su pecho de 10 años algo se rompió y algo más se
endureció al mismo tiempo. El lindero este Gabriela se quitó los lentes
revelando ojos fríos. Ah, la sección muerta. que apropiado, se inclinó hacia
adelante, mirando directamente a Diego. Esas vides secas que tu madre plantó mientras estaba embarazada de esa señaló
a Valentina con desprecio. Plantas que nunca dieron una sola uva, igual que los
sueños de tu madre. Señora, por favor. Ruiz intentó intervenir débilmente. Por
favor, que su madre, la gran Elena, la botánica, gastó años en esas plantas inútiles. Y cuando finalmente tuvo a
esta niña, su cuerpo colapsó. Se volvió hacia Valentina. Tu madre murió dándote
a luz. Ahora vivirás con su fracaso. Es poético, ¿no crees? Valentina comenzó a
llorar en silencio. Diego la atrajo hacia su pecho cubriéndole los oídos.
Esas plantas muertas, continuó Gabriela, son la herencia perfecta para los hijos
de una soñadora fracasada, un cuchitril y tierra estéril. Eso es todo lo que
merecen. Diego levantó la mirada. Sus ojos cafés se encontraron con los de Gabriela. No dijo nada, no lloró, no
suplicó, solo la miró con una intensidad que hizo que ella retrocediera medio paso. Ella no era una soñadora, dijo
Diego finalmente su voz tranquila y mortal. Era una botánica. ¿Y qué le dio
su botánica Gabriela Río? Una tumba. Dos horas después, Diego y Valentina estaban
en la entrada de su casa, viendo como Rosa, el ama de llaves con ojos rojos,
metía su ropa en bolsas negras de basura. “Lo siento mucho, niños”, susurró Rosa. “Yo no quiero hacer esto.”
“Está bien, Rosa”, dijo Diego su voz sin emoción. Había decidido algo en la
oficina del notario, no volvería a mostrar debilidad. Era el hombre ahora.
Mamá estaba muerta. Papá estaba muerto, solo quedaban ellos dos. Rosa deslizó
algo en el bolsillo de Diego cuando Gabriela no miraba. 20 pesos arrugados,
seis bolsas de basura. Eso era todo lo que quedaba de sus vidas. Ropa algunos
libros, El peluche de Valentina, una foto de sus padres. Eso es todo. Gabriela apareció en la puerta. Bien,
necesito ese espacio. Diego cargó tres bolsas. Valentina tomó una con ambas
manos tambaleándose. Diego su hermana susurró mientras caminaban por el camino de Grava. ¿Dónde vamos a dormir? Diego
miró hacia adelante, hacia el horizonte polvoriento. A 2 km de distancia apenas
visible bajo el sol cruel, se alzaba una estructura pequeña entre hileras de palos grises y retorcidos. Ya lo
veremos, mintió tratando de sonar valiente. Vamos a estar bien, hermanita, te lo prometo. Pero mientras caminaban
bajo el calor implacable las bolsas golpeándose contra sus piernas, Diego no sabía si era una promesa que podría
cumplir. A 500 m del cuchitril, Valentina ya no podía caminar. Sus
piernas de 5 años simplemente se detuvieron las sandalias rosadas, levantando polvo con cada paso
arrastrado. No puedo más, Diego gimió dejando caer su bolsa. Sin decir
palabra, Diego se arrodilló. Súbete a mi espalda. Valentina trepó abrazándose a
su cuello. Diego se tambaleó bajo el peso combinado de su hermana y las tres bolsas que cargaba, pero no se detuvo.
Un paso, otro, otro. El sol de las 4 de la tarde caía como plomo fundido sobre
sus cabezas. Desde esta distancia podía ver el viñedo completo. 5 hectáreas de
cepas grises y retorcidas como esqueletos enterrados a medias. Ni una sola hoja verde, ni una señal de vida,
solo hileras interminables de muerte bajo el cielo despiadado. Al fondo casi invisible entre las plantas muertas el
cuchitril. Cuando finalmente llegaron, Diego dejó a Valentina en el suelo y empujó la puerta. No tenía cerradura, ni
siquiera bisagras completas. La madera podrida crujió abriéndose hacia un interior de oscuridad sofocante. El olor
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