Doña Elisa esperó hasta las 10 de la

noche. Esa era su rutina, esperar que el

supermercado cerrara, esperar que el

último empleado se fuera, esperar que

las luces se apagaran. Y entonces, con

sus 68 años y su cuerpo frágil y

delgado, se escondía en el baño de

mujeres del segundo piso, el baño que

nadie usaba porque estaba al fondo junto

a la bodega de productos descontinuados.

Ahí, en ese espacio de 3 m² que olía a

desinfectante barato y humedad, doña

Elisa había vivido durante los últimos

12 años.

12 años durmiendo en el piso de cemento

frío.

12 años bañándose en el lavabo con agua

helada.

12 años comiendo sobras que rescataba de

la basura antes de que los empleados la

tiraran.

12 años invisible,

olvidada,

reducida a un fantasma que habitaba los

márgenes de un supermercado.

Su cuerpo mostraba cada uno de esos 12

años. Los huesos se marcaban bajo la

piel arrugada. Sus manos temblaban

constantemente, delgadas como ramitas

secas. El cabello, completamente blanco

y enredado, caía sobre sus hombros

huesudos. Los ojos, hundidos en las

cuencas mostraban un cansancio que iba

más allá de lo físico. Era el cansancio

de quien ha perdido todo, de quien ya no

espera nada. Esa noche de marzo,

mientras se acomodaba en su rincón

habitual del baño, usando su abrigo

raído como almohada y periódicos viejos

como cobija, escuchó algo que la hizo

temblar.

Voces, pasos, linternas.

Revisen todos los baños. El gerente dice

que alguien ha estado entrando después

del cierre. El corazón de doña Elisa se

aceleró. En 12 años nunca la habían

descubierto. Había sido cuidadosa,

silenciosa,

invisible.

Pero ahora la puerta del baño se abrió

de golpe. La luz de una linterna la

cegó. “Aquí hay alguien!”, gritó el

guardia de seguridad. Doña Elisa se

encogió contra la pared, protegiéndose

la cara con sus brazos flacos. “Por

favor, no me hagan daño, por favor.”

El guardia retrocedió sorprendido. No

esperaba encontrar a una anciana frágil

y aterrorizada.

Esperaba a un ladrón, a un vándalo.

No a esto. Señora, ¿qué hace aquí? El

supermercado está cerrado.

Yo yo vivo aquí. La voz de doña Elisa

era apenas un susurro quebrado. ¿Vive

aquí en el baño? Ella asintió con

lágrimas rodando por sus mejillas

hundidas. Lágrimas de vergüenza, de