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Mason apenas podía mantener los ojos abiertos. El sol del desierto caía con una furia
que parecía empeñada en borrar todo rastro de vida. Sus labios estaban secos, su garganta
ardía como fuego y cada paso que daba sobre la arena caliente lo hundía más en un abismo de dolor y agotamiento.
Tenía una herida profunda en el costado, una bala que todavía alojaba fragmentos de plomo en su carne.
La sangre había empapado su camisa hasta convertirla en una segunda piel endurecida y quebradiza.
El eco de la masacre todavía resonaba en su mente, los gritos de hombres cayendo, el silvido de las flechas, el estallido
de los disparos. Todo había ocurrido en cuestión de minutos.
El cañón del águila, un paso estrecho que muchos consideraban seguro, se había convertido en una trampa mortal.
Mason había visto a compañeros de confianza, hombres con los que había compartido fuego, pan y historias,
desplomarse a su lado. Y ahora, mientras la tarde avanzaba, él era el único que
quedaba con vida. Cada vez que intentaba levantar la vista, el desierto parecía
moverse en círculos. Los cactus se alargaban como sombras burlonas y el horizonte parecía
retirarse más y más como si nunca fuera a alcanzarlo. Mason sabía que si se detenía, aunque
fuera un instante, no volvería a levantarse. Y sin embargo, seguir caminando era como
arrastrar cadenas invisibles que le recordaban a cada paso lo cerca que estaba de caer para siempre.
La soledad lo golpeaba tanto como la herida. Allí no había nadie que escuchara su
súplica de auxilio, nadie que le ofreciera agua, nadie que lo sostuviera si sus piernas cedían.
El desierto no tenía piedad y Mason lo sabía. Con un esfuerzo sobrehumano, se obligó a
seguir avanzando, buscando desesperadamente cualquier señal de vida, cualquier promesa de refugio.
El único sonido que lo acompañaba era el de su propia respiración entrecortada y el zumbido lejano de un cuervo que, como
un presajio oscuro, lo vigilaba desde lo alto. En ese instante, una idea le atravesó la
mente con una claridad brutal. No iba a morir allí. podría estar al borde del colapso, pero
había sobrevivido a la masacre por una razón. No se trataba de casualidad. El destino
lo había empujado más allá del límite para probarlo. Y Mason, con el orgullo endurecido por
años de batallas, no estaba dispuesto a rendirse. El sol comenzaba a descender, teniendo
el cielo de tonos rojos y dorados. Y con cada paso, Mason sabía que estaba entrando en un territorio desconocido,
pero también entendía que en algún lugar más allá de ese horizonte debía haber una respuesta, un campamento, un rancho
o quizás un alma caritativa que le ofreciera lo mínimo para sobrevivir una noche más.
El desierto lo estaba desangrando, pero también lo estaba preparando para algo mayor.
Cuando Mason ya sentía que sus fuerzas lo abandonaban, ocurrió lo inesperado.
Al pie de un muro rocoso, el agua brotaba desde la tierra como un milagro escondido.
Un pequeño manantial formaba un estanque cristalino rodeado de vegetación verde que parecía un espejismo después de
tantas millas de desierto árido. Winona fue la primera en reaccionar.
Descansamos aquí, come, bebe y luego nos vamos al caer el sol.
Mason apenas pudo asentir. Su cuerpo clamaba por sustento.
Bebió hasta saciar su garganta reseca, llenó el odre y observó como Winona le mostraba plantas comestibles, tubérculos
pequeños, pencas de nopal libres de espinas y unas vallas agrias que sabían a gloria después de días de hambre.
Calla. La niña silenciosa también pareció revivir moviéndose con una
energía que no había mostrado desde la masacre. Era un respiro, sí, pero Mason no podía
permitirse bajar la guardia. Mientras comían, su mirada se mantenía
fija en la entrada del cañón. Recordaba la sombra que había visto horas antes, un explorador tal vez o
algo peor. Y si alguien había dado aviso, pronto podrían estar rodeados.
“Deberíamos seguir antes de que oscurezca”, dijo Mason con seriedad. “Si eso era un explorador, ya habrán
informado nuestra posición.” Winona lo entendió al instante.
En sus ojos había el mismo pensamiento que en los de Mason, emboscada.
El desierto no perdonaba y los enemigos tampoco. Mason revisó sus armas.
Solo le quedaban tres cartuchos, dos para el Winchester y uno para el Revolver Col. Un arsenal miserable
frente a la posibilidad de un enfrentamiento prolongado. Rezaba porque no llegara a necesitar
dispararlos, pero entonces el sonido los paralizó.
Primero un relincho distante, luego el eco metálico de los aparejos de un caballo
y después más pasos, más tintineos. No era una ilusión. Jinetes se
acercaban. Mason reaccionó de inmediato. Señaló a las niñas que se apartaran
hacia la protección de las rocas mientras él se colocaba cerca de la entrada del cañón con el rifle en mano.
No disparó. No todavía. Quería ver antes quiénes eran
apaches en busca de venganza o caballería estadounidense patrullando la zona.
De cualquier forma, ambos podían significar la muerte. Los sonidos crecieron, resonando y
multiplicándose entre las paredes estrechas del cañón. Mason ajustó su respiración, dejando que
el entrenamiento militar tomara el control. estaba listo para lo que viniera.
Y entonces apareció el primero, un caballo de caballería, reconocible por su porte, pero sin jinete.
El animal se arrastraba cansado buscando el agua del manantial. Mason sintió un escalofrío.
Si el caballo había llegado sin su dueño, eso significaba que la verdadera amenaza aún estaba por aparecer.
Tras el breve descanso en el refugio, la conversación entre Mason y Winona se volvió más seria.
La joven, con una madurez que parecía adelantarse a su edad, habló con un tono grave.
Debemos irnos pronto. Necesitamos llegar con nuestra madre antes de que sea demasiado tarde.
Mas son arqueó las cejas. Hasta entonces no sabía cuál era el
verdadero propósito del viaje de esas niñas. Winona continuó mientras revisaba los
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