El hombre más temido de México estaba muriendo como perro sarnoso abandonado.

Tres días huyendo por el desierto, sin agua, sin comida, dos balazos de raspón

infectándose. Pancho Villa, la pesadilla de los federales, iba a morir solo en

las cercanías de una hacienda cualquiera. Dicen que Dios escribe derecho con renglones torcidos. Aquella

mañana de 1917, el renglón más torcido de todos tenía 10

años de edad. Un niño ciego, esclavo desde que nació, caminando hacia los

quejidos que solo él podía escuchar. Ojos que no veían nada, pero oídos que

escuchaban todo. Y ninguno de los dos sabía que aquel encuentro lo cambiaría

todo. Tú estás escuchando el canal Legendarios del Norte. Dime desde qué ciudad nos

estás oyendo. Dale like al video y ahora sí, vamos a comenzar.

El niño se detuvo entre los uiss, inclinó la cabeza hacia la izquierda,

luego hacia la derecha. El sonido venía de unos 30 metros adelante, cerca del

arroyo seco que marcaba el límite norte de la hacienda San Jacinto. Tenía 10

años, aunque su cuerpo flaco y las costillas marcadas lo hacían parecer

menos, caminaba descalzo por el borde de la propiedad, buscando hierbas medicinales como cada mañana. era lo

único que sabía hacer bien. Conocía cada planta por el olor, por la textura de

las hojas, por la forma de los tallos. Su madre le había enseñado todo antes de

que el mundo se volviera negro, otro quejido, más débil ahora. El niño

avanzó. Sus pies descalzos conocían cada piedra, cada raíz, cada hoyo del

terreno. No necesitaba ojos para moverse. 5 años de oscuridad habían

transformado sus oídos en algo que la gente normal no podía entender.

Escuchaba los ecos rebotar en las rocas. Sentía el aire cambiar cuando algo se interponía. Percibía la respiración de

los animales a 50 m de distancia. Los guardias de la hacienda lo llamaban el

cuito. Se burlaban de él, lo empujaban, lo hacían tropezar por diversión, pero

también lo ignoraban. Un niño ciego no era amenaza para nadie, error de ellos.

El quejido se convirtió en palabras rotas. Agua, por Dios. Agua. El niño se

arrodilló. El olor llegó primero. Sangre seca, sudor rancio, fiebre. Después el

calor de un cuerpo tirado en la tierra bajo la sombra escasa de un mezquite torcido, extendió las manos, tocó tela

empapada, piel ardiendo, el pecho de un hombre subiendo y bajando con respiración irregular. Señor, ¿me

escucha? No hubo respuesta, solo delirio. El niño palpó el cuerpo con

cuidado, hombro izquierdo, herida de bala, pero superficial. El hueso estaba

intacto, muslo derecho, otra herida también de raspón, mucha sangre seca,

pero no profunda. El verdadero problema era otro: piel hirviendo, labios

partidos, pulso débil y errático. Este hombre llevaba días sin agua bajo el sol

del desierto. La muerte ya le estaba lamiendo los talones. El niño no lo

pensó dos veces. Se quitó la cantimplora que cargaba amarrada con mecate, vieja,

remendada, pero nunca salía sin ella, y la destapó. Levantó la cabeza del hombre

con cuidado, le acercó el agua a los labios. Despacio, Señor, poquito a poco.

El hombre tosió, se atragantó, pero bebió. Tragó como si el agua fuera la

vida misma, porque lo era. Más, murmuró con voz de grava, no señor, mucha agua

de golpe lo mata. Tantito no más. El niño sabía eso. Su madre se lo había

enseñado. Soledad, la curandera de la hacienda, la mujer que conocía cada

hierba del desierto, cada raíz que cura, cada hoja que salva. La mujer que casi

había muerto bajo el chicote del Capataz García 5 años atrás. La mujer por la que

él había perdido los ojos. El recuerdo llegó sin permiso, como siempre llegaba.

Tenía 5 años. Su madre estaba amarrada al poste del patio central, la espalda

desnuda, el coronel Cervantes mirando desde su silla como si fuera espectáculo

de feria. García sostenía el chicote de cuero trenzado, el mismo que usaban para

marcar a los caballos. El crimen de su madre había sido usar hierbas del patrón

para salvar a una mujer embarazada que se moría de fiebre. Hierbas que

supuestamente solo podían usarse para el ganado del coronel y para el coronel

mismo. 100 chicotazos. Esa fue la sentencia.

El primer golpe abrió la piel de su madre, el segundo la hizo gritar, el tercero hizo que algo dentro del niño se

rompiera para siempre. Corrió, abrazó las piernas de su madre, gritó con toda

la fuerza de sus pulmones de 5 años. No le pegue a mi mamá, no le pegue. García

intentó apartarlo. El niño no soltó, mordió, pateó, arañó. El coronel,

aburrido, hizo un gesto con la mano. Continúa. García levantó el chicote. La

punta de cuero cruzó el aire y golpeó la cara del niño. El ojo izquierdo explotó

en dolor y oscuridad. El niño cayó, pero se levantó. Volvió a abrazar a su madre.

García, con furia o con miedo, quizás ambos, levantó el chicote otra vez. El

segundo golpe le arrancó el ojo derecho. Después, solo oscuridad. para siempre.

Su madre lo salvó con las mismas hierbas por las que la estaban castigando. Limpió las cuencas vacías, bajó la

fiebre, mantuvo vivo lo que quedaba de su hijo. Los ojos no se podían

recuperar, pero el niño sobrevivió y aprendió a ver de otra manera. Ahora, 5

años después, estaba arrodillado junto a un desconocido moribundo usando todo lo

que su madre le había enseñado. Voy a moverlo, señor. Necesito llevarlo a un lugar seguro. El hombre no respondió.

Había vuelto a perder el conocimiento. El niño pensó rápido. No podía llevarlo a la hacienda. Los guardias harían