Quítale las manos de encima a mi hija. El grito atravesó el salón como un

cuchillo. 200 invitados se congelaron con las copas de champán a medio camino de sus

labios. La orquesta dejó de tocar. El silencio fue tan denso que se podía

cortar. Tania sintió que el corazón se le detenía. Sus manos, esas manos de

empleada doméstica que acababa de contratar hacía apenas tr días. sostenían las pequeñas manos de

Sandalaya mientras giraban juntas al ritmo de una música que solo ellas

parecían escuchar. “Señor Casanova, yo solo”, intentó explicar, pero Alfredo ya

cruzaba el salón con zancadas furiosas, su traje de diseñador ondeando tras él

como una capa de villano. “Mamá dice que nadie debe tocar a Sandaya.” La voz

helada venía de Valentina, la esposa del millonario, una mujer cuyo rostro

parecía esculpido en hielo y botox, especialmente la servidumbre.

Tania soltó las manos de la niña como si quemaran. Pero Sandaya, esa criatura de

3 años con pelo rubio amarillo que parecía capturar la luz de las arañas de

cristal, se aferró a las piernas de Tania con una fuerza sorprendente.

“Baila, baila”, repetía la pequeña, meciéndose adelante y atrás ese

movimiento característico que hacía cada vez que se angustiaba. Tres días antes, cuando Tania había

cruzado las puertas de hierro forjado de la mansión Casanova en el exclusivo

barrio de Pedralves, pensó que había encontrado la salvación. 26 años, recién llegada de Colombia, con

una maleta de sueños rotos y una cuenta bancaria que gritaba de hambre. El

anuncio parecía demasiado bueno para ser real. Se busca empleada doméstica. 5000

€ al mes. Alojamiento incluido. Lo que el anuncio no mencionaba era el infierno

silencioso que habitaba esa mansión de seis plantas. La señora Mónica, el ama

de llaves, que llevaba 20 años sirviendo a la familia, le había advertido el

primer día, mientras le mostraba los 150 m² de cocina de mármol italiano. Hay

tres reglas en esta casa, niña. Primera, nunca hables con el señor Casanova a

menos que él te hable primero. Segunda, nunca jamás entres al ala este después

de las 9 de la noche. Y tercera, Mónica había bajado la voz hasta convertirla en

un susurro. Nunca toques a la niña. ¿Por qué? Había preguntado Tania,

genuinamente confundida. Mónica había mirado alrededor como si las paredes tuvieran oídos.

Sandaya tiene autismo. La señora Valentina dice que el contacto físico no

autorizado puede causarle crisis. Nadie debe tocarla, excepto la niñera

certificada, la terapeuta y los padres. Los padres la tocan. Tania no pudo

evitar preguntar. La mirada de Mónica fue respuesta suficiente. Durante esos

tres días, Tania había observado. Había visto a Sandaya vagar por los pasillos

como un fantasma pequeño, en vestidos de encaje blanco, siempre blancos, siempre

impolutos. La niña no hablaba mucho, solo esas palabras repetitivas que

parecían salir de ella en ráfagas. Pero sus ojos, Dios, esos ojos verde

esmeralda contenían un universo de soledad que Tania reconocía demasiado

bien. Había visto a los empleados apartarse cuando Sandaya se acercaba

como si la niña fuera radioactiva. Había visto a Valentina pasar junto a su

hija sin siquiera mirarla. su atención pegada al iPhone mientras organizaba

otra gala benéfica para niños con capacidades diferentes. La ironía era tan gruesa que se podía

untar en pan y había visto a Alfredo Casanova, el magnate de bienes raíces,

cuyo rostro aparecía en las portadas de Forbs, España. Observar a su hija desde

lejos con una expresión que Tania no podía descifrar. Era dolor, vergüenza.

Amor reprimido. La noche de la fiesta había sido el evento social de la

temporada, una celebración de la expansión de Casanova Desarrollos a

América Latina. Según las invitaciones grabadas en oro, 200 de los más ricos y

poderosos de Barcelona se paseaban por el salón de baile como pavos reales

enados, fingiendo no ver a la niña pequeña que se mecía en una esquina.

Sus manos revoloteando frente a su rostro en ese gesto de autoestimulación

que Tania había aprendido a reconocer. ¿Por qué está aquí? Había susurrado

alguien. Valentina dice que es importante que Sandaya se acostumbre a

eventos sociales. Respondió otra voz. Aunque francamente es incómodo para

todos. Tania había estado sirviendo canapés de salmón ahumado, invisible en su uniforme

negro cuando escuchó la música. No la orquesta que tocaba Vivaldi con precisión mecánica, sino otra música. Un

tarareo suave, melódico, desesperado. Sandaya estaba en su rincón, tapándose

los oídos, meciéndose más rápido. Las lágrimas corrían por sus mejillas

rosadas mientras tarareaba una melodía que Tania reconoció instantáneamente.

Color, esperanza de Diego Torres. Su madre solía cantársela cuando era

pequeña. Algo dentro de Tania se rompió. Dejó la bandeja sobre una mesa y caminó

hacia la niña. Podía sentir las miradas clavándose en su espalda como agujas.

Escuchó el susurro escandalizado de Mónica. ¿Qué está haciendo esa idiota?

Se arrodilló frente a Sandaya, cuidadosa de no tocarla todavía, y comenzó a

tararear la misma melodía. La niña dejó de mecerse. Sus manos bajaron lentamente

de sus oídos. Esos ojos verdes se fijaron en Tania con una intensidad que

atravesaba el alma. “Yo sé de un lugar donde el sol es más sol”, cantó Tania