La FURIA de COCHISE en Nuevo México, 1869: Clan Chiricahua MASACRÓ 88 Milicianos por Tribu Morta

 

 

El año 1869 marcó uno de los capítulos más sangrientos en la historia del suroeste americano, cuando el legendario líder Apache Cochise desató una furia sin precedente sobre las milicias de Nuevo México. 88 hombres cayeron bajo las flechas y lanzas del clan Chirica. Pero para entender esta masacre debemos retroceder 9 años en el tiempo hasta el día que cambió todo para siempre.

 Era febrero de 1861 cuando un joven teniente del ejército estadounidense llamado George Bascom llegó al territorio Apache con órdenes que desencadenarían una de las guerras más brutales de la región. Cochise en ese momento era un líder respetado que había mantenido la paz con los americanos, un hombre de palabra que creía en los tratados y en la posibilidad de coexistencia.

 Tenía aproximadamente 50 años. Alto para ser apache, con músculos forjados por décadas de supervivencia en el desierto. Sus ojos negros como el obsidiana habían visto nacer y morir generaciones, y su presencia comandaba respeto inmediato entre su pueblo. El teniente Bascom había sido enviado para recuperar a un niño mestizo secuestrado por Apaches, un chico llamado Mickey Free.

 Los informes erróneos señalaban a Cochice como responsable, aunque el verdadero culpable era otra banda Apache. Pascom invitó a Cochice a su tienda para discutir el asunto y el líder Chiricagua llegó de buena fe, acompañado por su hermano, dos sobrinos, su esposa y su hijo pequeño. Era una muestra de confianza, de apertura al diálogo.

 Lo que ocurrió después fue una traición que quemaría como hierro candente en el alma de Cochice por el resto de sus días. Bascom, ignorante y arrogante, acusó directamente a Cochice del secuestro y ordenó arrestar a toda la familia presente. En ese momento, algo se rompió irreparablemente. Cochize, usando su cuchillo, cortó las paredes de lona de la tienda y escapó bajo una lluvia de balas.

 Las heridas en su cuerpo sangraron, pero el dolor físico era nada comparado con la agonía de dejar atrás a su familia en manos enemigas. Los soldados mantuvieron cautivos a la familia de Cochice como rehenes. El líder Apache, herido y traicionado, intentó negociar. Capturó a varios americanos, incluyendo empleados de una estación de diligencias, y ofreció intercambiarlos por su familia.

 Bas, con la rigidez típica del militar que sigue órdenes sin entender el contexto, se negó. Exigía la devolución del niño Mickey Free, algo que Cochise no podía hacer porque nunca lo había tenido. La tensión escaló durante días. Coch esperaba. Con cada hora que pasaba, su paciencia se agotaba y su corazón se endurecía.

 Finalmente, la tragedia alcanzó su punto culminante. Los soldados ejecutaron a los familiares de Cochice, ahorcándolos de los árboles cercanos al fuerte, su hermano, sus sobrinos, colgando como advertencia, como ejemplo de la justicia americana. Cuando Cochise encontró los cuerpos de su familia balanceándose en el viento del desierto, algo murió dentro de él y algo nuevo nació.

 Ya no era el líder que buscaba la paz, el hombre que creía en tratados y palabras. Se convirtió en una fuerza de la naturaleza, una tormenta de venganza que arrasaría todo a su paso. En respuesta, ejecutó a sus prisioneros americanos. Pero eso fue solo el comienzo de lo que se conocería como las guerras apache de Cochise.

 Durante los siguientes años, Cochise y su clan Chirikawa se convirtieron en el terror del suroeste. No eran simples ataques aleatorios. Cada emboscada, cada muerte llevaba el peso de esa traición original. Coch conocía cada cañón, cada paso de montaña, cada fuente de agua en miles de kilómetros cuadrados. El desierto era su aliado y lo usó con maestría militar que impresionó incluso a sus enemigos.

 Las caravanas de colonos desaparecían sin dejar rastro. Los mineros que buscaban oro en tierras apaches encontraban flechas en lugar de fortuna. Los rancheros descubrían que sus ganados habían sido llevados durante la noche y sus vaqueros nunca regresaban. Cochise no luchaba solo. Su clan, los Chirikauwa, eran guerreros legendarios y su alianza con otros líderes apache como mangas coloradas multiplicó su poder.

 Pero la historia que nos trae aquí, el evento de 1869, que dejó 88 milicianos muertos, tiene raíces aún más profundas en la tragedia personal de Cochice. Durante estos años de guerra, el líder Apache había perdido más que familia. Había perdido su tierra, su forma de vida, la posibilidad de un futuro pacífico para su pueblo.

Cada nueva traición americana, cada tratado roto, cada promesa vacía, alimentaba un fuego que nunca se apagaba. En 1869 la situación había alcanzado un punto crítico. El gobierno estadounidense, frustrado por su incapacidad de capturar o matar a Cochice, había comenzado a reclutar milicias locales.

 Estos hombres no eran soldados profesionales, eran colonos, mineros, aventureros que buscaban recompensas por cueros cabelludos apaches. No distinguían entreguerreros y mujeres, entre hombres armados y niños indefensos. Para ellos, un apache muerto era un apacheo, sin importar edad o género. Fue en este contexto que ocurrió lo que precipitaría el masacre.

 Un grupo de milicianos, aproximadamente 120 hombres mal entrenados pero bien armados, había atacado un campamento Chiricagua durante la ausencia de los guerreros principales. Era un campamento temporal establecido cerca de un arroyo en las montañas de Nuevo México, donde las mujeres procesaban carne de venado mientras los ancianos contaban historias a los niños.

 Los milicianos llegaron al amanecer cuando la niebla aún cubría el valle. No hubo advertencia, no hubo chance de rendición, simplemente comenzaron a disparar. 17 mujeres murieron en los primeros minutos. Seis ancianos que intentaron proteger a los niños fueron baleados sin piedad. 12 niños, algunos tan pequeños que apenas caminaban, fueron masacrados mientras huían hacia el bosque.

 Entre los muertos estaba la esposa más joven de Cochice, una mujer llamada 2 TC, de apenas 25 años. Era conocida por su habilidad para encontrar plantas medicinales y por su risa que podía alegrar el campamento más sombrío. Las balas la alcanzaron mientras corría con su hijo de 2 años en brazos. El niño sobrevivió milagrosamente, protegido por el cuerpo de su madre que cayó sobre él.

También murió la hermana de Cochice, una mujer sabia que había sido consejera del clan durante décadas. Ella había sobrevivido a innumerables batallas. Había visto nacer y morir tres generaciones y su conocimiento de las antiguas costumbres era invaluable. Los milicianos la encontraron escondiendo a cinco niños en una cueva, la sacaron arrastras y la ejecutaron frente a los pequeños antes de llevarse a los niños como cautivos para venderlos en México.

Cuando los guerreros Chirikagua regresaron y encontraron la masacre, el horror era indescriptible. Cuerpos mutilados esparcidos por el campamento, pertenencias personales pisoteadas, las tiendas quemadas. El olor a muerte llenaba el aire. Los sobrevivientes, mayormente niños traumatizados, relataron los horrores con voces temblorosas.

 Cochice llegó 3 horas después del ataque. Dicen que cuando vio el cuerpo de dos TC, se arrodilló junto a ella durante horas y moverse sin hablar. Su rostro, normalmente expresivo y lleno de vida, se convirtió en una máscara de piedra. Sus manos temblaban ligeramente mientras cerraba los ojos de su esposa y apartaba suavemente a su hijo de los brazos rígidos de su madre.

La ceremonia fúnebre duró toda la noche. Los tambores resonaban en las montañas mientras los guerreros cantaban los cantos de muerte. Las mujeres sobrevivientes se cortaban el cabello en señal de duelo. Los ancianos pintaban sus rostros con ceniza y Cochice, el gran líder, preparaba algo que haría temblar a toda la región.

 No fue una decisión tomada en caliente. Coch reunió a su consejo de guerra, que incluía a los guerreros más experimentados del clan. Durante tres días deliberaron. No se trataba solo de venganza, aunque ese sentimiento ardía en cada corazón presente. Se trataba de enviar un mensaje tan claro, tan brutal, que ningún miliciano volvería a pensar que podía atacar un campamento apache sin consecuencias devastadoras.

 Los exploradores Chiricagua rastrearon a los milicianos. No fue difícil. Estos hombres, ebrios de su victoria fácil, habían regresado a su base en Nuevo México, dejando un rastro obvio. Estaban acampados en un valle estrecho, celebrando con whisky robado y discutiendo sobre cómo dividir las recompensas por los cueros cabelludos que habían tomado. Coche.

 Diseñó el ataque con la precisión de un maestro estratega. Conocía las debilidades de los hombres blancos, su dependencia de campamentos fijos, su arrogancia, su falta de vigilancia adecuada. Después de una victoria, reunió a 200 guerreros Chiricagua, cada uno un experto en combate silencioso y emboscadas. La trampa se tendió durante dos días.

 Los apaches rodearon completamente el valle donde los milicianos estaban acampados. Cortaron todas las rutas de escape. Colocaron guerreros en las alturas con arcos y flechas. Prepararon emboscadas en cada sendero posible. Cuando todo estuvo listo, Cochi se dio la señal. El ataque comenzó justo antes del amanecer, la misma hora en que los milicianos habían atacado el campamento Apache, fue una simetría deliberada, una justicia poética que no pasó desapercibida para Cochice.

 Los primeros en morir fueron los centinelas, silenciados por cuchillos que cortaron gargantas antes de que pudieran gritar. Luego comenzó el verdadero infierno. Flechas caían del cielo como lluvia mortal. Los milicianos, despertados bruscamente, corrían en pánico buscando sus armas, pero los apaches estaban en todas partes y en ninguna parte.

 Aparecían de la oscuridad, atacaban con lanzas y tomahu y desaparecían antes de que pudieran ser enfrentados. Los milicianos intentaronformar líneas defensivas, pero el terreno jugaba en su contra. Cada posición que tomaban era flanqueada inmediatamente. Cada intento de reagruparse era roto por ataques coordinados desde múltiples direcciones.

Cochise había estudiado las tácticas militares americanas durante años y sabía exactamente cómo contrarrestarlas. La batalla, si puede llamarse así, a una masacre tan unilateral, duró 6 horas. Los milicianos lucharon desesperadamente, pero estaban completamente superados. Por cada apache que caía, 10 milicianos morían.

 El valle se convirtió en un matadero, el suelo empapado de sangre, el aire lleno de gritos de agonía y súplicas de misericordia que no serían escuchadas. Cochise luchó en primera línea. No era un líder que ordenaba desde la retaguardia. Estaba allí en el centro del combate su lanza manchada de sangre, sus músculos tensándose con cada golpe.

Los guerreros lo seguían con la devoción de hombres que sabían que luchaban no solo por venganza, sino por su derecho a existir. Un miliciano, un hombre grande con barba roja que había presumido de matar a cinco mujeres paches, se encontró cara a cara con Cochise. Disparó su revólver tres veces, pero Coch se movió con una agilidad que desafiaba su edad.

 El líder Apache cerró la distancia en segundos y su lanza atravesó el pecho del miliciano. Mientras el hombre caía, Coch se le susurró en español un idioma que había aprendido durante sus años de guerra. Esto es por las mujeres y niños que masacraste. Al mediodía, la resistencia organizada había colapsado. Los milicianos sobrevivientes, tal vez 40 hombres, intentaron rendirse.

 Levantaron banderas blancas improvisadas con camisas desgarradas. gritaron pidiendo clemencia, pero Cochí se recordaba como habían ignorado las súplicas de las mujeres apaches, como habían matado niños sin piedad. Su respuesta fue clara y brutal. No habría prisioneros, no habría misericordia. Los últimos milicianos fueron casados uno por uno.

Algunos intentaron esconderse en cuevas, pero los apaches conocían cada grieta de estas montañas. Otros trataron de escalar los acantilados solo para ser derribados por flechas. Un pequeño grupo intentó abrirse paso a la fuerza a través de las líneas apaches y fueron aniquilados en minutos. Cuando el sol comenzó a descender ese día, 88 milicianos yacían muertos en el valle.

Sus cuerpos fueron dejados donde cayeron sin enterrar como advertencia. Coch ordenó que sus armas fueran tomadas como botín, pero prohibió cualquier mutilación de los cadáveres. “Nosotros no somos como ellos”, dijo a sus guerreros. “Matamos porque debemos, no porque disfrutemos el sufrimiento.” Los apaches habían perdido 12 guerreros en la batalla, cada uno honrado como héroe.

Sus cuerpos fueron llevados de regreso a las montañas para recibir entierros apropiados según las costumbres Chirikawa. Sus nombres serían recordados en las canciones del clan durante generaciones. La noticia del masacre se extendió como fuego por todo el suroeste. Los periódicos en Santa Fe, Tucon y hasta San Francisco publicaron historias horripilantes sobre la salvajería de Coche.

 Exigieron más tropas, más recursos para pacificar a los apaches. Pero entre los colonos y milicianos, el mensaje fue recibido con claridad cristalina. Atacar campamentos apaches tenía consecuencias mortales. Las milicias locales, que habían crecido en número durante los años anteriores, comenzaron a disolverse.

 Los hombres que habían estado ansiosos por ganar recompensas matando a Paches súbitamente descubrieron que tenían asuntos urgentes en otras partes. El reclutamiento de nuevas milicias se volvió casi imposible en Nuevo México. Pero para Cochice esta victoria era amarga. Sí había vengado a su pueblo.

 Sí había demostrado que los apaches no eran víctimas indefensas, pero también sabía que cada acción provocaba una reacción. El gobierno estadounidense enviaría más soldados, más recursos. La presión sobre su pueblo solo aumentaría. En las noches después de la batalla, Cochice se sentaba solo en las alturas, mirando las estrellas que habían guiado a su pueblo durante siglos.

 pensaba en los días antes de Bascom, antes de que todo se desmoronara. Recordaba cuando su padre le enseñó a casar, cuando él mismo enseñó a sus hijos las viejas costumbres. Pensaba en su esposa muerta, en su hermana ejecutada, en todos los que había perdido. Los años siguientes verían más batallas, más muertes en ambos lados.

 Cochise continuó luchando, pero también buscó ocasionalmente la paz. En 1872, 3 años después del masacre, finalmente negociaría un tratado con el general Oliver Howard. Era un tratado honesto, respetado por ambas partes, que le daría a los Chirikau a una reserva en sus tierras tradicionales. Pero el damaje estaba hecho.

 La población apache había sido diezmada por décadas de guerra. Las viejas costumbres estaban muriendo. Losjóvenes crecían conociendo solo el conflicto. Y aunque Coch había ganado el respeto incluso de sus enemigos como uno de los líderes militares más brillantes de su tiempo, sabía que era una victoria pírrica.

 El masacre de los 88 milicianos en 1869 permanece como uno de los eventos más controvertidos en la historia del oeste americano. Para los estadounidenses de la época fue prueba de la barbaria apache y justificación para políticas cada vez más duras contra los pueblos nativos. Para los apaches fue un momento de justicia cuando un pueblo oprimido finalmente se defendió contra aquellos que masacraban mujeres y niños.

 La verdad, como siempre es más compleja. fue el resultado de años de traiciones, tratados rotos y violencia escalando de ambos lados. Fue la consecuencia inevitable de dos culturas en colisión, cada una viendo en la otra una amenaza existencial. Fue la tragedia de hombres buenos atrapados en situaciones imposibles y hombres malos que encontraron excusas para su crueldad.

 Cochise vivió solo hasta 1874, muriendo de causas naturales a la edad aproximada de 64 años. En sus últimos años mantuvo la paz que había negociado, aunque otros grupos apaches continuaron luchando. Se dice que en su lecho de muerte, rodeado por su familia sobreviviente, habló de su esperanza de que algún día los apaches pudieran vivir en paz en sus tierras, libres de persecución.

 Esa esperanza nunca se materializó completamente. La reserva que se le había prometido fue eventualmente reducida y luego eliminada. Los Chirikagua fueron finalmente deportados a Florida, lejos de sus montañas sagradas. Pero el legado de Cochi se perdura, no solo como guerrero, sino como líder que luchó por su pueblo con cada gramo de su ser.

 Como estratega militar que superó a generales entrenados, como padre y esposo que sufrió pérdidas inimaginables, como hombre que nunca se rindió, incluso cuando todo parecía perdido. El masacre de 1869 fue brutal, sangriento y terrible. Pero no ocurrió en un vacío. Fue la respuesta directa a la masacre del campamento Apache, que a su vez fue parte de una guerra más grande iniciada por la traición de Bascom en 1861.

Cada muerte llevó a otra muerte. Cada venganza provocó otra venganza en un ciclo que solo terminó cuando uno de los lados fue completamente sometido. Los 88 milicianos que murieron ese día eran hombres con familias, con historias, con vidas que fueron cortadas. Algunos eran probablemente criminales violentos que disfrutaban matando a Paches.

 Otros eran simplemente hombres desesperados buscando dinero en una frontera dura. Pero todos pagaron el precio por las acciones colectivas de su sociedad contra el pueblo Apache. De la misma manera, las mujeres, ancianos y niños apaches que murieron en el campamento eran inocentes. No habían hecho nada para merecer su destino, excepto existir en un mundo que ya no tenía lugar para ellos. Su muerte exigía justicia.

 Y esa justicia llegó en forma de la furia implacable de Cochise. La historia tiende a simplificar estos eventos en narrativas de buenos contra malos, civilización contra salvajismo. Pero la realidad es que ambos lados cometieron atrocidades, ambos lados sufrieron terriblemente. Y al final los apaches perdieron no porque fueran inferiores militarmente, sino porque fueron superados numéricamente por una nación que podía reemplazar sus pérdidas indefinidamente, mientras que cada guerrero apache muerto era irreemplazable. El valle donde ocurrió

el masacre de los milicianos existe todavía hoy. Los arqueólogos han encontrado evidencia del combate. Puntas de flecha, casquillos de bala, huesos humanos. Es un lugar silencioso ahora, cubierto por pinos y matorrales. Los turistas ocasionalmente lo visitan, leen las placas históricas que cuentan versiones sanitizadas de lo que ocurrió.

Pero si escuchas con atención en las noches ventosas, algunos locales juran que aún puedes oír los ecos de esa batalla, los gritos de hombres muriendo, el sonido de flechas cortando el aire. Para los descendientes de Cochice que aún viven, estas historias no son solo relatos del pasado, son parte del tejido de su identidad, recordatorios de un tiempo cuando su pueblo luchó con cada gramo de fuerza que poseían por el derecho de existir en sus propias tierras.

 No celebran la violencia, pero tampoco olvidan por qué fue necesaria. En las reservas actuales donde viven los apaches, los ancianos todavía cuentan historias de cochice alrededor del fuego. Hablan de su valentía, sí, pero también de su sufrimiento, de como cada victoria militar era en realidad una derrota más, acercándolos al fin de su forma de vida.

 Los jóvenes escuchan con una mezcla de orgullo y tristeza, entendiendo que la sangre de guerreros corre por sus venas, pero también que esa sangre fue derramada en una causa que, a pesar de su nobleza, estaba destinada al fracaso desde el principio. Cochice murió en 1874, 5 años después del masacre, en lasmontañas que amaba.

 Nunca fue capturado, nunca fue derrotado militarmente en el sentido tradicional. El tratado que firmó con el general Howard fue uno de los pocos tratados indios que el gobierno estadounidense realmente respetó durante su vida, pero sabía en sus últimos días que era solo temporal. Podía ver el futuro aproximándose como una tormenta inevitable.

 Sus últimas palabras, según quienes estuvieron presentes, fueron sobre las montañas. Cuando muera, dijo, “entiérrenme donde el viento pueda cantar a través de los pinos.” Sus guerreros cumplieron ese deseo. Su tumba exacta nunca ha sido revelada a los forasteros, protegida por generaciones de apaches que saben que algunos lugares deben permanecer sagrados, libres de la curiosidad de turistas y arqueólogos.

 El masacre de los 88 milicianos en 1869 fue un punto de inflexión, pero no cambió el resultado final. Era como una piedra lanzada contra la marea. Creó ondas, causó impacto, pero la marea seguía viniendo. América se expandía hacia el oeste con una inevitabilidad que ninguna cantidad de flechas o emboscadas podía detener.

 Pero en ese momento, en ese valle de Nuevo México, Cochice y sus guerreros probaron algo fundamental. Probaron que no desaparecerían silenciosamente en la noche, que su extinción, si llegaba, sería luchada en cada paso, que recordarían y vengarían a sus muertos, que eran guerreros y morirían como guerreros si era necesario.

 Los 88 milicianos cayeron ese día no solo porque Coch era un estratega brillante, sino porque subestimaron profundamente a su enemigo. Pensaron que estaban cazando salvajes desorganizados. En cambio, enfrentaron a un ejército disciplinado comandado por un genio militar que había estudiado cada aspecto de la guerra durante décadas.

 Pagaron con sus vidas por esa arrogancia. Hoy, cuando miramos hacia atrás a estos eventos, es fácil verlos en blanco y negro. los estadounidenses como invasores, los apaches como víctimas o inversamente los estadounidenses como portadores de civilización, los apaches como obstáculos violentos al progreso, pero la verdad siempre habita en los matices, en los grises, entre los extremos. Coch no era un santo.

 Mató, torturó, causó sufrimiento terrible, pero tampoco era un monstruo. Era un padre que vio a su familia ejecutada, un líder que vio a su pueblo masacrado, un hombre que tomó decisiones imposibles en circunstancias inimaginables. El masacre de 1869 fue brutal, pero fue la respuesta directa a una brutalidad igual contra su gente.

 Las montañas de Nuevo México permanecen indiferentes a las historias humanas que se desarrollaron entre sus picos. El viento sigue soplando a través de los pinos, tal vez llevando ecos de batallas antiguas, tal vez solo siendo viento. Pero para aquellos que conocen la historia, cada cañón, cada valle, cada paso de montaña es un recordatorio de lo que se perdió y lo que se luchó por preservar.

 La furia de Cochice en 1869 no fue locura ni salvajismo sin sentido. Fue la respuesta calculada de un líder que entendía que sin consecuencias severas los ataques contra su pueblo continuarían. Fue justicia del único tipo disponible para un pueblo sin tribunales, sin leyes que los protegieran. Fue la única voz que le quedaba a un hombre que había intentado la paz y encontró solo traición.

 Los 88 milicianos que murieron enviaron un mensaje a toda la región. Atacar campamentos a Paches tenía un precio, un precio tan alto que muchos decidieron que las recompensas no valían el riesgo. En ese sentido, Cochice logró su objetivo, pero el precio de esa victoria fue perpetuar un ciclo de violencia que eventualmente consumiría todo lo que amaba.

 Esta es la historia de la furia de Cochice en Nuevo México, 1869. Una historia de venganza justificada, de violencia engendrada por violencia, de un pueblo luchando contra lo imposible. No tiene un final feliz porque la historia real raramente los tiene, pero tiene verdad y esa verdad merece ser recordada sin romantización, sin demonización, solo como fue terrible, trágica y profundamente humana. M.