Cuando el niño Joaquín pateó el altar, oyó su nombre desde dentro del mármol

La pequeña iglesia de San Isidro en las afueras de Buenos Aires permanecía en silencio durante las tardes de invierno. El frío de julio se colaba por las grietas de los vitrales antiguos, creando un ambiente húmedo y gélido que hacía que las pocas velas encendidas temblaran con cada corriente de aire. Para Joaquín Rivero, un niño de 10 años con una curiosidad insaciable y una rebeldía creciente, la Iglesia representaba el aburrimiento de los domingos y la obligación impuesta por su abuela Dolores.
La familia Rivero había sufrido una tragedia reciente. El padre de Joaquín, Martín había fallecido en un accidente de tránsito hacía apenas 6 meses. Su madre, Elena, luchaba por mantener a flote el pequeño negocio familiar mientras intentaba procesar su propio dolor. La abuela Dolores, una mujer de fe inquebrantable, se había mudado temporalmente a la casa para ayudar con Joaquín y su hermana menor, Lucía, de apenas 5 años.
Aquella tarde de domingo la misa había concluido, pero Dolores insistió en quedarse para hablar con el padre Tomás. Joaquín, impaciente por volver a casa para jugar con su nueva consola, recibida como regalo de consuelo tras la muerte de su padre, pateaba piedrecitas en el pasillo central de la iglesia, ignorando las reprimendas susurradas de su madre.
“Joaquín, por favor, espera en silencio”, le rogó Elena mientras mecía a Lucía, quien se había quedado dormida en sus brazos. La abuela terminará pronto. Pero Joaquín no estaba de humor para esperar. En los últimos meses, desde la muerte de su padre, una rabia silenciosa había comenzado a crecer en su interior. No entendía por qué su padre, un hombre bueno que nunca faltaba a las misas dominicales, había sido arrebatado de su vida.
Las explicaciones de la abuela sobre los designios de Dios no tenían sentido para él. ¿Por qué tenemos que venir aquí cada domingo?”, murmuró Joaquín arrastrando los pies hacia el altar. Papá venía todos los domingos y eso no lo salvó. Elena cerró los ojos con dolor, sin saber qué responder. El duelo de su hijo tomaba formas que ella no sabía manejar y la rebeldía era solo una de ellas.
El altar de mármol blanco beteado de gris era el orgullo de la pequeña iglesia. Según la abuela Dolores, había sido traído de Italia hace más de 100 años, donado por una familia acaudalada que había emigrado durante la gran oleada migratoria. La superficie pulida reflejaba la luz de las velas de manera casi hipnótica, y los detalles tallados a mano contaban historias del sacrificio y la redención.
Joaquín se acercó al altar con paso decidido, sintiendo la mirada ocasional del sacristán, quien ordenaba los libros litúrgicos en un instante cercano. El niño tocó la superficie fría del mármol, sintiendo bajo sus dedos las pequeñas betas que parecían ramificarse como venas petrificadas. “Si Dios existe, ¿por qué se llevó a papá?”, susurró trazando las betas con la punta de su dedo índice.
El silencio de la iglesia fue la única respuesta, interrumpido solo por el murmullo lejano de la conversación entre su abuela y el padre Tomás. La rabia creciente en el pecho de Joaquín encontró salida en un repentino impulso. Mirando alrededor para asegurarse de que nadie lo observaba directamente, el niño lanzó una patada al costado del altar.
donde un pequeño relieve representaba el sacrificio de Isaac. Su zapato deportivo impactó contra el mármol con un sonido sordo que pareció absorberse en la piedra misma. Joaquín esperó el dolor en su pie, pero en su lugar sintió un extraño hormigueo que subió por su pierna hasta su espina dorsal y entonces lo escuchó.
Joaquín, su nombre pronunciado en un susurro que parecía provenir del interior del mármol mismo, una voz que no era humana ni animal, sino algo intermedio, como si alguien raspara las cuerdas vocales contra una superficie áspera para emitir sonido. El niño retrocedió tropezando con sus propios pies.
Su corazón latía con fuerza mientras miraba fijamente el altar. había imaginado esa voz. “¿Qué haces, Joaquín?” La voz de su madre lo sobresaltó haciéndolo girar bruscamente. Elena estaba a pocos metros con Lucía aún dormida en sus brazos. Su expresión mostraba preocupación, no enojo. “Nada”, respondió automáticamente. Solo estaba viendo el altar.
No deberías acercarte tanto cuando no hay misa”, dijo Elena, pero su tono carecía de verdadera reprimenda. El cansancio en su voz era palpable. “Ven, la abuela ya casi termina.” Joaquín asintió lanzando una última mirada al altar de mármol antes de seguir a su madre. No mencionó la voz que creyó escuchar.
Probablemente había sido su imaginación alimentada por las historias de fantasmas que había estado viendo en YouTube a escondidas. Esa noche la cena transcurrió con la tensión habitual que se había instalado en la casa desde la muerte de Martín. Dolores rezaba antes de cada comida. Elena apenas tocaba su plato. Lucía jugaba con la comida.
Y Joaquín devoraba lo suyo en silencio, ansioso por retirarse a su habitación. “Hoy vi que te acercaste al altar”, comentó Dolores, mirando a su nieto con sus ojos pequeños pero penetrantes. “¿Estabas rezando por tu padre?” Joaquín negó con la cabeza, concentrado en su plato. “Deberías hacerlo”, continuó la anciana.
Las oraciones ayudan a las almas a encontrar paz, especialmente cuando se detuvo como si hubiera estado a punto de decir algo inapropiado, especialmente cuando qué, abuela, preguntó Joaquín repentinamente interesado. Nada, mi niño, solo que las oraciones siempre son buenas, respondió Dolores intercambiando una mirada rápida con Elena.
Más tarde, cuando Joaquín se preparaba para dormir, no podía sacarse de la mente el extraño episodio en la iglesia. Estaba casi seguro de haber imaginado la voz, pero algo en la forma en que su nombre había sido pronunciado, le provocaba escalofríos. No era como cualquier voz que hubiera escuchado antes. El apartamento donde vivían desde la muerte de su padre era considerablemente más pequeño que su antigua casa.
Elena había tenido que venderla para pagar deudas y mantener a flote el negocio familiar, una pequeña librería que Martín había heredado de su propio padre. Ahora Joaquín compartía habitación con Lucía, separados por un biombo improvisado para darle a cada uno cierta privacidad. Esa noche los sueños de Joaquín estuvieron plagados de mármol y voces.
En sueño caminaba descalzo por la iglesia de San Isidro, pero las bancas habían desaparecido y el espacio parecía infinitamente más grande. El altar permanecía en el centro, iluminado por un az de luz que no provenía de ninguna ventana visible. Al acercarse, Joaquín podía ver que las betas del mármol se movían como si fueran venas pulsantes bajo la piel pétrea, y la voz lo llamaba una y otra vez.
Joaquín, Joaquín, despertó sobresaltado, cubierto en sudor frío, a pesar del calentador que funcionaba a bajo rendimiento en la esquina de la habitación. Por un momento, desorientado, creyó escuchar la misma voz susurrando su nombre desde el pasillo, pero el sonido se desvaneció con los últimos vestigios del sueño.
El desayuno del lunes trajo la rutina habitual. Dolores preparaba el desayuno mientras Elena alistaba a Lucía para el jardín de infantes. Joaquín se preparaba solo, habiendo insistido en que ya era lo suficientemente mayor para hacerlo. La escuela quedaba a 10 minutos caminando y normalmente Elena acompañaba a ambos niños, dejando a Joaquín primero antes de continuar con Lucía.
Luego abría la librería ubicada a pocas cuadras de allí. Te ves pálido, mi niño”, comentó Dolores, colocando una taza de chocolate caliente frente a Joaquín. “¿No dormiste bien?” “Tuve pesadillas”, respondió escuetamente sin querer elaborar. “¿Sobre qué, cariño?”, preguntó Elena entrando a la cocina con Lucía, ya vestida para la escuela.
“Sobre la iglesia”, dijo Joaquín. y notó como su abuela y su madre intercambiaban otra de esas miradas que últimamente eran tan frecuentes. “¿Qué soñaste exactamente?”, insistió Dolores con un tono que intentaba parecer casual, pero que delataba una curiosidad casi ansiosa. Joaquín se encogió de hombros. No recuerdo bien, solo que estaba en la iglesia y todo era raro.
No mencionó la voz ni el altar, algo dentro de él le decía que debía guardar ese detalle para sí mismo, al menos por ahora. El día escolar transcurrió con normalidad, aunque Joaquín se encontró distraído dibujando patrones que se asemejaban a las betas del mármol del altar en los márgenes de su cuaderno. Su mejor amigo, Tomás notó su distracción durante el recreo.
“¿Estás pensando en tu papá?”, preguntó Tomás sentándose junto a él en un banco del patio escolar. No, respondió Joaquín, aunque no era del todo cierto. Desde el incidente en el altar había estado pensando más en su padre que en las semanas anteriores. Solo tuve un sueño extraño anoche. ¿Qué soñaste? Joaquín dudó.
Tomás era su mejor amigo desde el jardín de infantes, pero últimamente sentía que se estaban distanciando. No era culpa de nadie, simplemente la muerte de su padre había creado un abismo entre él y el resto del mundo, incluyendo a Tomás, cuya vida seguía siendo normal y predecible. “Soñé con la iglesia a la que vamos los domingos”, dijo finalmente, “conar, el de mármol.
Mi abuela dice que ese altar es especial, que lo trajeron de Europa y que está bendito o algo así. Joaquín frunció el seño. Tu abuela va a San Isidro también. A veces, respondió Tomás, dice que ese altar tiene historias, pero nunca me cuenta cuáles. Ya sabes cómo son los viejos, les gusta guardar secretos. La conversación derivó hacia el próximo partido de fútbol interescolar, pero las palabras de Tomás quedaron resonando en la mente de Joaquín.
El altar tenía historias. ¿Qué tipo de historias y por qué los adultos parecían reticentes a compartirlas? Al salir de la escuela, en lugar de dirigirse directamente a casa como debía hacer, Joaquín decidió pasar por la librería familiar. El pequeño local llamado Libros Rivero había sido por años un punto de encuentro para lectores del barrio, especializado en literatura argentina y latinoamericana.
Desde la muerte de su padre, Elena había intentado mantenerlo a flote, pero las ventas habían disminuido y el estrés se reflejaba en las ojeras permanentes de su madre. La campanilla sobre la puerta anunció su entrada. La librería estaba vacía, excepto por su madre, quien organizaba una nueva exhibición en el escaparate, y un cliente mayor que ojeaba libros en la sección de historia.
Joaquín, ¿qué haces aquí? Preguntó Elena sorprendida. Deberías haber ido directamente a casa. La abuela te está esperando. Quería preguntarte algo. Dijo Joaquín acercándose al mostrador. Tenemos algún libro sobre la iglesia de San Isidro, sobre su historia o algo así. Elena pareció momentáneamente desconcertada por la pregunta.
¿Por qué te interesa eso de repente? Por nada”, respondió Joaquín evadiendo la mirada inquisitiva de su madre. “Es para un proyecto escolar.” Era una mentira, por supuesto, pero necesitaba respuestas y presentía que ni su madre ni su abuela se las darían directamente. “Podríamos tener algo en la sección de historia local”, dijo Elena finalmente, “pero no recuerdo ningún libro específico sobre San Isidro.
Puedes revisar allí mientras termino con esto. Joaquín se dirigió a la pequeña sección dedicada a la historia de Buenos Aires y sus alrededores. Después de varios minutos de búsqueda, encontró un libro delgado titulado Iglesias históricas del gran Buenos Aires. El volumen parecía viejo, con páginas amarillentas y olor a papel antiguo.
rápidamente buscó en el índice y encontró una breve mención a la iglesia de San Isidro. Pasó a la página indicada y comenzó a leer ávidamente. La mayor parte del texto era información básica, fecha de construcción, estilo arquitectónico, renovaciones a lo largo de los años. Pero un párrafo captó su atención.
El altar de mármol, donado por la familia Lombardi en 1886, ha sido objeto de numerosas leyendas locales. Se dice que el mármol fue extraído de una cantera cerca de Carrara, Italia, donde varios trabajadores murieron en circunstancias misteriosas. Según la tradición oral, las voces de los fallecidos quedaron atrapadas en la piedra y en ocasiones personas sensibles pueden escucharlas susurrar.
Joaquín sintió un escalofrío recorrer su espalda. Voces atrapadas en la piedra. Era posible que lo que había escuchado no fuera producto de su imaginación. “Encontraste algo interesante?” La voz de su madre lo sobresaltó haciéndolo cerrar el libro de golpe. No mucho mintió metiendo el libro bajo su brazo.
¿Puedo llevármelo a casa para seguir investigando? Elena asintió, aunque su expresión denotaba cierta preocupación. Claro, pero ahora ve a casa. La abuela debe estar preocupada. Durante el camino a casa, Joaquín no pudo evitar preguntarse por qué la voz del mármol había pronunciado específicamente su nombre. Según el libro, las voces pertenecían a trabajadores italianos fallecidos hace más de un siglo.
¿Cómo podrían conocer su nombre? Al llegar al apartamento, la abuela Dolores lo recibió con una mezcla de alivio y reproche. ¿Dónde estabas? ¿Me tenías preocupada? Pasé por la librería. respondió Joaquín mostrando el libro como evidencia. Es para un proyecto escolar. Dolores miró el libro con una expresión que Joaquín no supo interpretar.
Sobre iglesias, sobre edificios históricos mintió nuevamente. La maestra nos asignó diferentes tipos y a mí me tocaron las iglesias. La abuela asintió lentamente, pero algo en su mirada le dijo a Joaquín que no le creía del todo. Sin embargo, no insistió y el niño aprovechó para escabullirse a su habitación con el libro.
Esa noche, después de cenar y cuando Lucía ya dormía profundamente en su lado de la habitación, Joaquín encendió su linterna y continuó leyendo el capítulo sobre la iglesia de San Isidro. No había mucha más información sobre el altar específicamente, pero sí mencionaba que la familia Lombardi, los donantes originales, habían sufrido numerosas tragedias después de la instalación del altar, incluyendo la muerte de su hijo menor Yáco, en circunstancias nunca esclarecidas.
El libro sugería, en un tono casi académico que intentaba distanciarse de las supersticiones que algunos feligreses antiguos creían que el altar estaba marcado de alguna manera y que aquellos que lo trataban con irreverencia podían atraer desgracias. Joaquín cerró el libro sintiendo un nudo en el estómago.
Él había pateado el altar. había despertado algo o todo era una coincidencia alimentada por su imaginación y el dolor por la pérdida de su padre. Con estos pensamientos turbando su mente, finalmente se quedó dormido solo para ser despertado en medio de la noche por un susurro familiar que parecía provenir de ninguna parte y de todas partes a la vez.
Joaquín, te estamos esperando. El martes amaneció con una llovisna persistente que empapaba las calles de Buenos Aires, creando un ambiente gris y melancólico. Joaquín despertó con la sensación de no haber dormido en absoluto, aunque el reloj marcaba las 6:30 a, hora habitual para comenzar su rutina escolar.
Los susurros nocturnos persistían en su mente como el eco de una conversación lejana. Imposible de recordar con claridad, pero imposible de olvidar por completo. Durante el desayuno, Dolores notó las ojeras bajo los ojos de su nieto. “Otra vez pesadillas, mi niño”, preguntó colocando un plato de tostadas frente a él.
Joaquín asintió silenciosamente, mordisqueando una tostada sin verdadero apetito. No quería hablar sobre los susurros, sobre la sensación de que algo o alguien lo observaba desde las sombras de su habitación. No quería que lo consideraran un niño asustadizo, o peor aún, que pensaran que estaba inventando historias para llamar la atención. Quizás deberíamos llevarte al médico”, sugirió Elena entrando en la cocina con el cabello aún húmedo de la ducha.
Podrías necesitar vitaminas o tal vez hablar con alguien. Joaquín sabía a qué se refería su madre con hablar con alguien. Un psicólogo ya había sido mencionado antes en susurros entre su madre y la abuela cuando creían que él no escuchaba. El niño necesita procesar su duelo, había dicho el padre Tomás. Un profesional podría ayudarlo.
Estoy bien, insistió Joaquín. Solo son sueños. Elena y Dolores intercambiaron una de esas miradas que tanto irritaban a Joaquín últimamente. Miradas cargadas de preocupación, de secretos y de algo más que no podía identificar. Mamá, ¿conoces a una familia Lombardi? Preguntó repentinamente recordando el libro que había leído la noche anterior.
La pregunta pareció tomar desprevenida a Elena, na quien dejó caer la cucharilla con la que revolvía su café. El pequeño tintineo metálico resonó en el silencio que siguió a la pregunta. “¿Por qué preguntas eso?”, respondió finalmente con un tono cuidadosamente neutral. Lo leí en el libro sobre iglesias”, explicó Joaquín observando atentamente las reacciones de su madre y su abuela.
Dice que donaron el altar de San Isidro. Dolores se persignó disimuladamente, un gesto que no pasó desapercibido para Joaquín. “Los Lombardi eran una familia importante hace muchos años”, dijo Elena eventualmente. “No creo que queden descendientes en Argentina. La mayoría regresó a Italia después de, bueno, después de algunas tragedias familiares.
¿Qué tragedias? No son historias para niños, Joaquín. Intervino Dolores con firmeza. Y vas a llegar tarde a la escuela si no te apresuras. La conversación quedó zanjada, pero Joaquín sabía que había tocado un punto sensible. Había algo sobre los Lombardi y el altar que inquietaba a su madre y a su abuela, algo que no querían discutir frente a él.
El camino a la escuela bajo la lluvia fue silencioso. Elena sostenía un paraguas que cubría a los tres mientras Lucía parloteaba sobre un dibujo que planeaba hacer en el jardín. Joaquín caminaba sumido en sus pensamientos, repasando mentalmente la información del libro y las reacciones de su familia. Al llegar a la puerta de la escuela, Elena se inclinó para besar su frente, un gesto que normalmente lo habría avergonzado frente a sus compañeros, pero que hoy apenas registró.
Joaquín”, dijo su madre, reteniendo su brazo cuando estaba por entrar, “si sigues teniendo pesadillas, necesito que me lo digas, ¿entiendes? Es importante.” Había una urgencia en su voz que desconcertó a Joaquín. “¿Por qué es tan importante?” Elena pareció dudar. “Solo quiero asegurarme de que estés bien. Promete que me dirás si las pesadillas continúan o si.
” Ah, si escuchas o ves algo extraño, ¿cómo qué? Solo promételo, por favor. Lo prometo, respondió Joaquín, más confundido que nunca. ¿Acaso su madre sabía algo sobre los susurros que había escuchado? Las clases de ese día parecieron transcurrir en una nebulosa. Joaquín apenas prestaba atención a las explicaciones de los maestros, su mente constantemente derivando hacia el altar de mármol y la voz que había pronunciado su nombre.
Durante la clase de historia, mientras la profesora hablaba sobre la inmigración italiana a Argentina a finales del siglo XIX, Joaquín sintió un repentino interés. Profesora, interrumpió levantando la mano. ¿Conoce a una familia llamada Lombardi? Eran inmigrantes italianos. La profesora Mendoza, una mujer de mediana edad con pasión por la historia local, pareció sorprendida por la pregunta.
Los Lombardi, sí, fueron una familia prominente durante la época que estamos estudiando, respondió. Eran comerciantes de mármol y piedra. trajeron materiales de construcción desde Italia para varios edificios importantes de Buenos Aires. “¿Por qué lo preguntas, Joaquín?” “Os solo curiosidad”, respondió consciente de que toda la clase lo miraba.
Leí algo sobre ellos en un libro. “Es interesante que lo menciones”, continuó la profesora, visiblemente complacida por su interés. Los Lombardi son un ejemplo fascinante de cómo la fortuna de una familia puede cambiar drásticamente. Llegaron con considerable riqueza, pero en menos de dos décadas la familia se había dispersado y su fortuna se había esfumado.
Algunos dicen que fue debido a malas inversiones, otros hablan de una maldición. Un murmullo de interés recorrió el aula ante la mención de una maldición. ¿Qué tipo de maldición? Preguntó Tomás, el amigo de Joaquín, desde el otro lado del salón. La profesora Mendoza pareció arrepentirse de haber mencionado ese detalle.
Son solo supersticiones, por supuesto. La historia real probablemente tiene más que ver con las crisis económicas de la época y posiblemente algunas decisiones empresariales desafortunadas. En cualquier caso, es un tema que se desvía de nuestra lección de hoy. Pero Joaquín no estaba dispuesto a dejar el tema. Durante el recreo, abordó nuevamente a la profesora mientras ella organizaba materiales para la siguiente clase.
Profesora Mendoza, ¿podría contarme más sobre la maldición de los Lombardi? Es para un proyecto personal. La mujer lo miró con una mezcla de curiosidad y cautela. ¿Por qué este repentino interés, Joaquín? No es el tipo de tema que suele atraer a los niños de tu edad. Mais mi familia va a la iglesia de San Isidro, explicó decidiendo ser parcialmente honesto.
El libro que leí dice que los Lombardi donaron el altar de mármol. La expresión de la profesora cambió sutilmente, un destello de reconocimiento cruzando su rostro. Ah, el altar de San Isidro. Sí, es una pieza histórica importante. Sabe algo sobre ese altar. La profesora Mendoza pareció debatirse internamente antes de responder.
Lo que sé son principalmente leyendas urbanas, Joaquín. No tienen base histórica verificable. Me gustaría escucharlas de todas formas”, insistió. Suspirando, la profesora cerró la puerta del aula como si temiera que alguien pudiera escuchar. Se dice que el mármol usado para ese altar provino de una cantera específica en Carrara, Italia.
Una cantera que tuvo varios accidentes mortales. Según la leyenda, uno de los hijos de los Lombardi Ycomo desapareció mientras jugaba cerca del altar recién instalado. Desapareció. ¿Cómo? Nadie lo sabe con certeza. Algunos dicen que se perdió y nunca lo encontraron. Otros sugieren que bueno que el altar de alguna manera lo reclamó.
La profesora sacudió la cabeza como desestimando sus propias palabras. Como dije, son solo supersticiones. Lo que sí es un hecho histórico es que después de la desaparición de Ycomo, la familia Lombardi sufrió una serie de tragedias, muertes, accidentes, pérdidas financieras. En menos de 20 años, los que sobrevivieron regresaron a Italia y el apellido Lombardi prácticamente desapareció de Buenos Aires.
Joaquín sintió un escalofrío recorrer su espalda. Y nadie más ha tenido problemas con ese altar desde entonces. La profesora lo miró con una intensidad repentina. ¿Has notado algo extraño, Joaquín? La pregunta era demasiado directa, demasiado similar a la preocupación que había visto en los ojos de su madre esa mañana.
No mintió. Solo tengo curiosidad. La curiosidad es buena para un historiador, dijo la profesora suavizando su expresión. Pero te sugiero que busques temas menos oscuros para tu proyecto personal. La historia de la inmigración italiana está llena de historias inspiradoras de superación y contribución cultural.
Pero Joaquín ya no escuchaba. Su mente estaba procesando la información recibida. Ya como Lombardi, un niño como él, había desaparecido cerca del altar. Podría ser su voz la que escuchó susurrando su nombre. ¿Y por qué le hablaba precisamente a él? El resto del día escolar transcurrió con lentitud agobiante.
Joaquín apenas prestó atención a las clases, garabateando en su cuaderno patrones que se asemejaban a las betas del mármol del altar. En uno de los márgenes escribió Yácó con un círculo. Al salir de la escuela, en lugar de dirigirse a casa como debía, Joaquín tomó una decisión impulsiva. Necesitaba volver a la iglesia, ver el altar nuevamente.
Sin la presencia de su familia, sin la distracción de la misa, necesitaba confirmar si lo que había experimentado era real o producto de su imaginación. La llovisna había cesado, pero el cielo seguía cubierto de nubes plomizas que amenazaban con desatar un aguacero en cualquier momento. Joaquín caminó rápidamente, consciente de que tenía poco tiempo antes de que su abuela comenzara a preocuparse por su ausencia.
La iglesia de San Isidro estaba semivacía a esa hora de la tarde. Algunos feligreses mayores rezaban en las bancas delanteras y una mujer limpiaba el suelo cerca de la entrada. Joaquín avanzó sigilosamente, manteniéndose cerca de las columnas para no llamar la atención. El altar resplandecía bajo la luz tenue que se filtraba por los vitrales.
El mármol blanco parecía casi luminoso contra el fondo oscuro del ápside. Joaquín se acercó lentamente, sintiendo como su corazón aceleraba su ritmo con cada paso. Al llegar frente al altar, se detuvo, observando detenidamente las betas grisáceas que recorrían la piedra como un mapa de ríos petrificados. Había algo en esos patrones.
algún mensaje oculto que solo él podía percibir. ¿Puedo ayudarte, hijo? La voz del padre Tomás lo sobresaltó. El sacerdote había aparecido a su lado sin que Joaquín lo notara, sus pasos silenciosos sobre el suelo de piedra. “Solo estaba mirando el altar”, respondió Joaquín, intentando que su voz sonara casual. Es bonito.
El padre Tomás, un hombre de unos 50 años con cabello canoso y ojos amables, pero penetrantes, estudió a Joaquín con curiosidad. No deberías estar en casa a esta hora. Tu abuela Dolores es muy puntual con los horarios. Sí, ya me iba, dijo Joaquín retrocediendo un paso. Solo pasé a a rezar por mi papá.
La expresión del sacerdote se suavizó. Entiendo. Tu padre era un buen hombre, Joaquín. Está en un lugar mejor ahora. Joaquín asintió automáticamente, aunque en su interior la rabia familiar volvió a encenderse. Si Dios era tan bueno, ¿por qué había tomado a su padre? Y si su padre estaba en un lugar mejor, ¿por qué no podía estar con él, su madre? Y Lucía.
Padre”, dijo impulsivamente, “Conoce la historia del altar, ¿de dónde vino?” El sacerdote pareció momentáneamente sorprendido por la pregunta. Fue donado por una familia italiana hace muchos años. ¿Por qué lo preguntas? ¿Es cierto que un niño desapareció cerca de él ya como Lombardi? El padre Tomás palideció visiblemente.
Sus manos, que sostenían un pequeño breviario, se tensaron hasta que los nudillos se volvieron blancos. ¿Dónde escuchaste esa historia? La leí en un libro, respondió Joaquín notando la reacción del sacerdote. Es verdad. Son leyendas antiguas, Joaquín. No tienen fundamento real. La voz del padre Tomás sonaba tensa, controlada.
Te sugiero que no prestes atención a esas historias. Pueden ser perturbadoras para una mente joven. Pero, ¿sucedió o no? El sacerdote suspiró profundamente. Hubo un niño que desapareció, sí, hace muchos años. Pero no tiene nada que ver con el altar. Fue una tragedia familiar, nada más.
Entonces, ¿por qué todos parecen asustados cuando pregunto sobre ello? Desafíó Joaquín, su frustración emergiendo. Mi mamá, mi abuela, ahora usted. Todos actúan como si fuera algún tipo de secreto terrible. No es un secreto, Joaquín. Es solo que algunas historias no son apropiadas para niños, especialmente para uno que está lidiando con su propio dolor.
El padre Tomás colocó una mano sobre el hombro de Joaquín. Deberías ir a casa ahora. Tu familia estará preocupada. Joaquín se alejó del contacto del sacerdote. ¿Alguna vez ha escuchado al altar hablar, padre? La pregunta quedó suspendida entre ellos como una nube de tormenta. El rostro del padre Tomás reflejó una mezcla de emociones, sorpresa, miedo y finalmente una resignación sombría.
¿Qué escuchaste exactamente, Joaquín? Mi nombre, respondió el niño, sintiendo un extraño alivio al finalmente compartir su experiencia. Escuché mi nombre cuando toqué el altar el domingo. El padre Tomás cerró los ojos brevemente como si estuviera rezando internamente. Necesito que me escuches con mucha atención, Joaquín.
Lo que crees haber escuchado es probablemente tu imaginación alimentada por el dolor de perder a tu padre. Es normal que busques signos, conexiones, explicaciones, pero no hay voces en el altar. Es solo mármol. Pero usted no respondió mi pregunta, insistió Joaquín. ¿Alguna vez lo ha escuchado usted? El sacerdote apretó los labios en una línea fina.
Ven conmigo a la sacristía. Llamaré a tu abuela para que venga a buscarte y mientras esperamos podemos hablar. La sacristía era una habitación pequeña y austera, con un armario antiguo donde se guardaban las vestimentas litúrgicas y una mesa de madera oscura en el centro. El padre Tomás indicó a Joaquín que se sentara mientras él usaba el teléfono fijo montado en la pared para llamar a Dolores.
La conversación fue breve y aunque el sacerdote hablaba en voz baja, Joaquín pudo captar fragmentos. Está bien. Sí, en la iglesia ha estado haciendo preguntas sobre el altar. Creo que sería mejor si sí la espero aquí. Al colgar, el padre Tomás se sentó frente a Joaquín con expresión grave. Tu abuela vendrá en unos minutos.
Mientras tanto, creo que merezco saber exactamente qué ha estado pasando, Joaquín, sin omitir detalles. Algo en el tono del sacerdote convenció a Joaquín de que esta podría ser su única oportunidad de obtener respuestas reales. respiró profundamente y relató todo cómo había pateado el altar por rabia, cómo había escuchado su nombre susurrado desde el interior del mármol, las pesadillas subsecuentes, los susurros nocturnos y, finalmente, lo que había descubierto sobre los Lombardi y Jáco.
El padre Tomás escuchó sin interrumpir su rostro tornándose más sombrío con cada palabra. Cuando Joaquín terminó, el sacerdote permaneció en silencio por varios segundos, como considerando cuidadosamente qué decir. Lo que voy a contarte comenzó finalmente, es algo que normalmente no compartiría con un niño de tu edad, pero dadas las circunstancias, creo que es necesario que entiendas con qué estás lidiando.
Joaquín se inclinó hacia adelante, ansioso por escuchar. El altar de mármol tiene una historia complicada, continuó el sacerdote. Las historias sobre la cantera en Italia y los trabajadores que murieron allí son mayormente ciertas. Lo que pocos saben es que el mármol destinado originalmente a ser el altar de San Isidro fue rechazado por el párroco de aquel entonces, quien afirmó sentir algo. Maligno en la piedra.
Maligno repitió Joaquín con la boca repentinamente seca. El párroco insistió en que la piedra parecía susurrar cuando se encontraba solo en la iglesia. Los Lombardi, avergonzados y ofendidos, decidieron demostrar que tales acusaciones eran ridículas instalando el altar en la capilla privada de su mansión en Recoleta.
El padre Tomás hizo una pausa como si le costara continuar. Poco después de la instalación, el hijo menor de la familia, Ycomo comenzó a quejarse de escuchar voces provenientes del altar. Nadie le creyó, por supuesto, hasta que un día Y como desapareció mientras jugaba solo en la capilla. Lo buscaron por toda la ciudad, pero nunca lo encontraron.
¿Creen que el altar lo se lo llevó?, preguntó Joaquín, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. Nadie sabe qué sucedió realmente”, respondió el sacerdote. Pero después de la desaparición, la familia Lombardi donó el altar a nuestra iglesia, quizás intentando deshacerse de él. El párroco de entonces aceptó a regañadientes, presionado por el obispo que no creía en las supersticiones.
Y desde entonces han habido incidentes a lo largo de los años, principalmente reportes de personas que afirman escuchar voces o susurros cerca del altar. Algunos incluso han afirmado escuchar sus propios nombres siendo llamados. La iglesia ha investigado estos fenómenos varias veces, pero nunca se ha encontrado evidencia concluyente de nada sobrenatural.
Pero usted cree que algo pasa, dijo Joaquín no como una pregunta, sino como una afirmación. El padre Tomás suspiró profundamente. Lo que creo, Joaquín, es que hay muchas cosas en este mundo que no entendemos completamente y que algunas de ellas pueden ser peligrosas. especialmente para aquellos que las buscan activamente, como yo, como cualquiera que interactúe con el altar de manera irreverente.
El sacerdote miró directamente a los ojos de Joaquín. Hiciste algo más que simplemente tocar el altar, ¿verdad? Joaquín bajó la mirada avergonzado. Lo pateé. Estaba enojado con Dios por llevarse a mi papá. El padre Tomás cerró los ojos brevemente. Entiendo tu dolor, Joaquín, y Dios también lo entiende, pero necesito que me prometas algo.
No volverás a acercarte a ese altar solo, nunca. Entendido. Antes de que Joaquín pudiera responder, la puerta de la sacristía se abrió, revelando a una Dolores visiblemente agitada. Sus ojos se movieron rápidamente entre su nieto y el sacerdote. ¿Qué está pasando aquí? Exigió saber su voz temblorosa. Dolores, creo que necesitamos hablar sobre el altar, dijo el padre Tomás con gravedad y sobre lo que Joaquín ha experimentado.
El rostro de la anciana palideció. ¿Qué ha experimentado? Ha escuchado su nombre”, respondió el sacerdote después de tener contacto físico con el altar. Dolores se persignó rápidamente, murmurando una oración en voz baja. Luego se acercó a Joaquín y lo tomó firmemente por los hombros. “¿Es verdad esto? ¿Has estado escuchando cosas?” La intensidad en los ojos de su abuela asustó a Joaquín más que los propios susurros.
Sí, admitió finalmente escuché mi nombre cuando toqué el altar y luego en sueños. Dolores intercambió una mirada cargada de significado con el padre Tomás. Tenemos que hablar con Elena inmediatamente y mientras tanto, Joaquín no volverá a pisar esta iglesia. Eso podría no ser suficiente dolores, dijo el sacerdote con tono sombrío.
Si lo que tememos está sucediendo nuevamente, ¿qué está sucediendo? Interrumpió Joaquín, su voz elevándose por la frustración. ¿Por qué nadie me explica claramente qué está pasando? ¿Porque no lo entendemos completamente nosotros mismos? Respondió el padre Tomás. Lo que sí sabemos es que a lo largo de los años ha habido otros casos como el tuyo, personas que escuchan sus nombres desde el altar y en algunos casos esas personas han sufrido accidentes, enfermedades o han desaparecido.
Cree que voy a desaparecer como Yáco. No, si podemos evitarlo, intervino Dolores con firmeza. Vamos a casa, Joaquín, ahora. Mientras salían de la iglesia, Joaquín no pudo evitar mirar hacia atrás, hacia el altar de mármol, que brillaba bajo la luz mortecina de la tarde. Por un momento, creyó ver un movimiento en las betas de la piedra, como si pulsaran al ritmo de un corazón latente.
Y aunque no escuchó ninguna voz audible, sintió una certeza inquietante en lo más profundo de su ser. El altar lo estaba observando y esperando. La lluvia arreciaba contra las ventanas del pequeño apartamento, creando un telón sonoro de gotas percutiendo contra el cristal, mientras dentro se desarrollaba una discusión tensa en la sala.
Elena había regresado temprano de la librería, alertada por la llamada de Dolores. Y ahora los tres adultos, Elena, Dolores y el padre Tomás, quien había insistido en acompañarlos, hablaban en voces bajas, pero intensas. Lucía había sido enviada a la habitación de su madre con la tablet y sus auriculares.
Una estrategia inusual que subrayaba la gravedad de la situación. Joaquín, supuestamente confinado a su habitación, se había deslizado sigilosamente hasta el pasillo oscuro, donde podía escuchar fragmentos de la conversación sin ser visto. “No podemos ignorarlo esta vez”, decía el padre Tomás, su voz cargada de una urgencia que Joaquín nunca había escuchado en el sacerdote durante sus sermones dominicales.
No después de lo que pasó con el chico Mérida hace 7 años. Ese caso fue diferente”, respondió Elena, aunque su tono traicionaba su propia incertidumbre. Aquel niño tenía problemas previos, todos lo sabían. Los médicos dijeron que fue un episodio psicótico. No tuvo nada que ver con “¿Y los otros casos?” interrumpió Dolores.
La niña Suárez en los 90, el monaguillo de los 80. Todos escucharon sus nombres desde el altar antes de desaparecer. Nadie desapareció, corrigió Elena con firmeza. La niña Suárez se fugó de casa, todos lo saben, y el monaguillo tuvo un accidente en la ruta. Un accidente donde nunca encontraron el cuerpo murmuró Dolores. Estamos hablando de mi hijo.
La voz de Elena se elevó momentáneamente antes de quebrarse. Mi hijo que acaba de perder a su padre, que está lidiando con un duelo que ni siquiera comprende completamente. Por supuesto que su mente podría estar jugándole malas pasadas. Elena, intervino el padre Tomás con tono conciliatorio pero firme. Entiendo tu escepticismo.
Es natural querer encontrar explicaciones racionales, pero como párroco de San Isidro durante los últimos 15 años he visto y escuchado suficiente para saber que hay algo genuinamente inquietante con ese altar. Un silencio pesado siguió a estas palabras. Joaquín se presionó más contra la pared del pasillo, intentando no hacer ningún ruido que pudiera delatarlo.
¿Qué sugiere que hagamos entonces?, preguntó finalmente Elena, su voz apenas un susurro cansado. Para empezar, Joaquín no debe volver a acercarse al altar bajo ninguna circunstancia, dijo el sacerdote. Sé que son feligres devotos, pero sugiero que por ahora asistan a misa en otra parroquia y eso será suficiente.
La voz de Dolores sonaba escéptica. También recomendaría una bendición para Joaquín y para esta casa y quizás consultar con el monseñor Arismendi. Él ha estudiado casos similares en el pasado. Un exorcista. La incredulidad en la voz de Elena era palpable. Padre Tomás, con todo respeto, estamos en el siglo XXI. Mi hijo necesita apoyo psicológico para procesar su duelo, no rituales medievales.
No estoy hablando de un exorcismo, Elena, solo una consulta. El monseñor es también un psicólogo capacitado, especializado en distinguir entre problemas psicológicos genuinos y otros tipos de fenómenos. La conversación continuó, pero Joaquín había escuchado suficiente. Retrocedió sigilosamente hacia su habitación, cerrando la puerta sin hacer ruido.
Su mente giraba con la información recién adquirida. Otros niños habían experimentado lo mismo que él y habían desaparecido. Sentado en su cama con la lluvia como único sonido en la habitación, Joaquín intentó procesar lo que estaba sucediendo. Una parte de él quería creer que su madre tenía razón, que todo era producto de su imaginación, de su duelo no procesado por la muerte de su padre.
Pero otra parte, una parte que crecía con cada susurro escuchado en la noche, sabía que había algo más. El libro sobre las iglesias históricas permanecía en su mochila escolar. Lo sacó y volvió a la sección sobre San Isidro, releyendo el breve párrafo sobre el altar de los Lombardi.
No mencionaba nada sobre los otros casos que habían discutido los adultos. Necesitaba más información. Su teléfono, un modelo básico que su madre le había comprado para emergencias, vibró con un mensaje entrante. Era de Tomás. ¿Estás bien? Faltaste a la práctica de fútbol. El entrenador preguntó por ti. Joaquín había olvidado completamente la práctica con todo lo que estaba sucediendo.
El fútbol parecía pertenecer a otra vida, una vida normal que se alejaba cada vez más. respondió rápidamente. No me sentía bien. Oye, ¿tu abuela te contó alguna vez más historias sobre el altar de San Isidro? La respuesta llegó casi inmediatamente. No mucho, solo que hubo niños que desaparecieron. dice que no debo hablar de eso.
Joaquín sintió un escalofrío. La abuela de Tomás, una señora mayor que rara vez salía de su casa, parecía saber más sobre el altar que lo que admitían los adultos a su alrededor. ¿Sabes los nombres de alguno de esos niños?, te decleó Joaquín. Esta vez la respuesta tardó más en llegar. Solo recuerdo uno.
Jácomo, el hijo de los italianos que trajeron el altar. Mi abuela dice que él está dentro del mármol esperando compañía. Dentro del mármol. Las palabras provocaron una imagen mental que Joaquín intentó alejar de inmediato. ¿Era posible? ¿Podía una persona, un niño como él, quedar atrapado dentro de una piedra? Tengo que irme”, escribió Tomás antes de que Joaquín pudiera responder.
“Mi mamá dice que no debo hablar de estas cosas. Dice que atraen mala suerte.” Joaquín dejó el teléfono a un lado, más frustrado que nunca. Cada nueva pieza de información solo generaba más preguntas y cada adulto parecía decidido a mantenerlo en la oscuridad como si el conocimiento mismo fuera peligroso. Un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.
Su madre entró llevando una bandeja con una taza de chocolate caliente y unas galletas. Su rostro mostraba signos de haber llorado, pero intentaba mantener una sonrisa tranquilizadora. “Pensé que podrías querer algo dulce”, dijo colocando la bandeja en la mesita de noche. “Hace frío con tanta lluvia. ¿El padre Tomás ya se fue?”, preguntó Joaquín fingiendo no saber que el sacerdote había estado allí.
Elena asintió sentándose al borde de la cama. Joaquín, necesito que hablemos sobre lo que está pasando, sobre lo que crees haber escuchado en la iglesia. No creo haberlo escuchado, mamá. Lo escuché. Había una firmeza en su voz que pareció sorprender a Elena. De acuerdo, concedió después de un momento.
Escuchaste algo, pero necesito que entiendas que nuestras mentes pueden jugarnos malas pasadas cuando estamos pasando por momentos difíciles, desde que papá se fue. Esto no tiene nada que ver con papá, interrumpió Joaquín. Aunque sabía que no era del todo cierto, de no ser por su rabia por la muerte de su padre, nunca habría pateado el altar.
Elena suspiró pasando una mano por su cabello con gesto cansado. El padre Tomás piensa que deberíamos hablar con un especialista, alguien que pueda ayudarte a procesar todo lo que estás sintiendo. ¿Un exorcista? Preguntó Joaquín, incapaz de contener la palabra que había escuchado en la conversación. Elena lo miró sorprendida.
¿Cómo sabes? No, Joaquín, no un exorcista. un psicólogo, alguien que pueda ayudarte con el duelo y con estos pensamientos que estás teniendo. No son pensamientos, mamá, es real y tú lo sabes. Todos lo saben. Por eso están tan asustados. La expresión de Elena se endureció ligeramente. Nadie está asustado, Joaquín.
Estamos preocupados por ti, por cómo estás manejando la pérdida de tu padre. ¿Y qué hay de los otros niños, los que desaparecieron después de escuchar sus nombres desde el altar? Elena palideció visiblemente. ¿Dónde escuchaste eso? Los escuché hablando, admitió Joaquín. Y Tomás también sabe historias. Su abuela le contó. Son leyendas urbanas, Joaquín.
El tipo de historias que la gente cuenta para asustar a los niños. No son reales. Entonces, ¿por qué el padre Tomás está tan preocupado? ¿Por qué la abuela quiere que vayamos a otra iglesia? Elena se quedó en silencio por un momento, como si estuviera considerando cuidadosamente sus siguientes palabras. El padre Tomás es un buen hombre, pero tiene sus propias creencias que a veces, bueno, que a veces pueden ser un poco extremas y la abuela solo quiere lo mejor para ti, aunque a veces su forma de mostrar preocupación puede ser
exagerada. Joaquín miró a su madre fijamente, intentando detectar si estaba siendo completamente honesta. Había algo en su expresión, una sombra de duda que le decía que ella tampoco creía completamente en sus propias palabras. “¿Conoces a un niño apellidado Mérida?”, preguntó repentinamente recordando el nombre mencionado en la conversación.
Elena se tensó visiblemente, “¿Por qué preguntas eso?” El padre Tomás lo mencionó. Dijo que algo le pasó hace 7 años. Su madre respiró profundamente como reuniendo fuerzas. Gabriel Mérida era un niño de tu escuela, aunque varios años mayor. Tuvo problemas. Intentó hacerse daño a sí mismo en la iglesia cerca del altar.
Después fue internado en un hospital psiquiátrico por un tiempo. Ahora está bien. Vive en Córdoba con sus tíos. Y él también escuchó su nombre desde el altar. La mirada de Elena se endureció. Esto se acabó, Joaquín. No más preguntas sobre el altar, no más historias de fantasmas, no más obsesión con este tema.
¿Entendido? Lo único que estás logrando es asustarte a ti mismo y preocuparnos a todos. La firmeza inusual en la voz de su madre dejó claro que la conversación había terminado. Elena se levantó ajustando la manta sobre la cama de Joaquín. Tómate el chocolate antes de que se enfríe. Mañana tienes escuela y necesitas descansar.
Y vailó por un momento. Si escuchas o ves algo extraño durante la noche, cualquier cosa, quiero que vengas inmediatamente a mi habitación. Prometido. Prometido, respondió Joaquín, aunque no estaba seguro de poder cumplir. Si los susurros volvían, realmente querría admitirlo y confirmar los temores de todos.
Elena besó su frente y salió de la habitación, cerrando la puerta suavemente tras ella. Joaquín tomó la taza de chocolate, sintiendo el calor reconfortante entre sus manos. Afuera la lluvia continuaba. Ahora acompañada por el ocasional retumbar de un trueno lejano, se preguntó qué estaría haciendo Jacomo Lombardi cuando escuchó por primera vez los susurros del altar.
Estaba asustado, confundido o quizás, como Joaquín, estaba fascinado por el misterio a pesar del miedo. La noche avanzó lentamente. Lucía regresó a la habitación y pronto se quedó dormida. Su respiración suave y regular, el único sonido que rompía el silencio. Joaquín permaneció despierto esperando. Vendrían los susurros esta noche.
Y si lo hacían, ¿qué dirían? El cansancio finalmente lo venció, arrastrándolo hacia un sueño inquieto. En sueño estaba nuevamente en la iglesia, pero era diferente. Las bancas habían desaparecido. El espacio parecía infinitamente más grande y el altar de mármol dominaba el centro, brillando con una luz propia que no provenía de ninguna fuente visible.
Joaquín se acercaba al altar, atraído por una fuerza que no podía resistir. Al llegar frente a la estructura de mármol, veía que las betas se movían, fluyendo como ríos de mercurio bajo la superficie pulida, y del interior voces, no una, sino muchas, susurraban en un lenguaje que no comprendía, pero que de alguna manera entendía.
Te estamos esperando, Joaquín”, decían las voces. “Hay tanto que mostrarte, tantos secretos, tantas respuestas.” En el sueño, Joaquín extendía su mano para tocar el mármol pulsante. Sus dedos apenas rozaban la superficie cuando esta se volvía líquida, como agua plateada. Su mano se hundía sin resistencia en el mármol, seguida por su brazo, y luego despertó con un sobresalto, su corazón latiendo frenéticamente.
La habitación estaba oscura, pero una luz tenue se filtraba por la ventana proveniente de las farolas de la calle. La lluvia había cesado, pero un viento fuerte sacudía ocasionalmente los cristales. Joaquín se incorporó en la cama intentando calmar su respiración. Solo había sido un sueño, un sueño vivido y perturbador, pero solo un sueño.
Entonces lo vio en la pared frente a su cama, iluminado por la luz mortecina que se filtraba por la ventana, había un patrón que no había estado allí cuando se durmió, líneas sinuosas, grisáceas, que se ramificaban como venas sobre la pintura blanca, un patrón idéntico a las betas del altar de mármol. Joaquín contuvo el aliento, incapaz de moverse mientras observaba como las líneas parecían pulsar sutilmente, expandiéndose lentamente por la pared como una infección que se propaga.
Joaquín, el susurro, vino de la pared misma, de las betas pulsantes, más claro que nunca. No era una voz humana ni una voz adulta, sino la voz de un niño, pero distorsionada, como si estuviera hablando a través de agua. Joaquín, ayúdame. Estoy atrapado como tu padre. La mención de su padre hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Joaquín. Su padre.
¿Qué tenía que ver su padre con esto? ¿Quién eres? susurró aterrorizado de despertar a Lucía, pero incapaz de contener la pregunta. “Soy Jacobo, respondió la voz. Y hay otros aquí conmigo. Tu padre nos ha estado hablando de ti.” Joaquín sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. “Mi padre está muerto”, dijo su voz apenas audible.
“No muerto, atrapado como nosotros. El altar nos tiene a todos, Joaquín, y solo tú puedes liberarnos. Las betas en la pared pulsaron más intensamente, expandiéndose hasta cubrir casi toda la superficie. Joaquín quería gritar, correr, despertar a toda la casa, pero estaba paralizado, como si las betas hubieran extendido su influencia también sobre su cuerpo.
¿Cómo?, logró preguntar finalmente, “¿Cómo puedo liberarlos? Ven al altar, tócalo con ambas manos y llámanos por nuestros nombres. Shomo, Gabriel, María y Martín, tu padre. Mi padre está en el altar. La voz de Joaquín se quebró. Una mezcla de miedo y dolorosa esperanza. El altar toma a quienes están destinados a él.
Tu padre estaba destinado como tú lo estás. Pero tú puedes cambiar el destino, Joaquín. Puedes liberarnos a todos. Las betas comenzaron a retroceder, desvaneciéndose gradualmente de la pared, hasta que solo quedó la pintura blanca normal. El susurro también se desvaneció, dejando solo el sonido del viento contra los cristales. Joaquín permaneció inmóvil por lo que parecieron horas, mirando la pared ahora vacía, su mente un torbellino de pensamientos y emociones.
Era posible. Su padre no había muerto en el accidente, sino que de alguna manera había sido reclamado por el altar y podía él realmente liberarlo. Una parte de su mente, la parte racional que sonaba como la voz de su madre, le decía que todo era una alucinación, un producto de su trauma y su imaginación. Su padre había muerto en un accidente de tránsito.
Su cuerpo había sido velado y enterrado. No estaba atrapado en ningún altar de mármol. Pero otra parte, una parte que crecía más fuerte con cada susurro escuchado, se aferraba a la posibilidad. Y si era verdad, y si había una manera de recuperar a su padre. Con determinación silenciosa, Joaquín tomó una decisión.
Necesitaba volver al altar solo. Necesitaba comprobar si lo que la voz Y como le había dicho era verdad. Y si había la más mínima posibilidad de recuperar a su padre, tenía que intentarlo. El resto de la noche transcurrió sin más incidentes. Aunque Joaquín no volvió a dormir. Permaneció sentado en su cama planeando. Mañana era miércoles.
Su madre trabajaría en la librería hasta las 6 y la abuela Dolores llevaría a Lucía a su clase de baleta a las 4. Abría una ventana de aproximadamente una hora en la que podría escabullirse a la iglesia sin que nadie lo notara. Cuando los primeros rayos del amanecer se filtraron por la ventana, Joaquín ya tenía su plan trazado.
Iría a la escuela normalmente, regresaría a casa y luego, cuando la abuela saliera con Lucía, se dirigiría a la iglesia de San Isidro. Tocaría el altar como le había indicado Yomo, y pronunciaría los nombres. Lo que sucedería después no lo sabía, pero tenía que intentarlo por su padre. El día escolar transcurrió como en un sueño brumoso.
Joaquín fue a clases, respondió cuando lo llamaron. Comió en la cafetería, pero su mente estaba completamente enfocada en lo que planeaba hacer esa tarde. Ni siquiera Tomás, con sus habituales bromas y conversaciones sobre videojuegos, logró sacarlo de su en sí misma miento. Al llegar a casa después de la escuela, encontró a la abuela Dolores preparando la merienda para Lucía, quien parloteaba emocionada sobre su próxima clase de ballet.
¿Cómo estuvo la escuela, mi niño? preguntó Dolores colocando un plato con facturas recién compradas en la mesa. Bien, respondió automáticamente Joaquín tomando una factura para no levantar sospechas. Mamá vendrá temprano hoy. No, tiene que quedarse hasta el cierre. Hay un evento de presentación de un libro o algo así. Dolores miró su reloj.
Lucía y yo saldremos en media hora para su clase de ballet. Tú quédate aquí y termina tu tarea. Sí, volveremos antes de las 5:30. Joaquín asintió intentando no mostrar el alivio que sentía. Todo estaba saliendo según lo planeado. “¿Puedo ir a mi habitación? Tengo mucha tarea de matemáticas”, mintió necesitando un momento a solas para prepararse mentalmente.
Dolores asintió, aunque su mirada se detuvo un segundo más de lo habitual en su nieto, como si intuyera que algo no estaba del todo bien. Sin embargo, no dijo nada, ocupada como estaba con preparar a Lucía para su clase. En su habitación, Joaquín repasó mentalmente los nombres que debía pronunciar al tocar el altar.
Yáco, Gabriel, María, Martín. Los repitió una y otra vez para no olvidarlos, especialmente el último, Martín, su padre. El tiempo pasó lentamente hasta que finalmente escuchó la puerta del apartamento cerrarse, seguida por las voces de Dolores y Lucía descendiendo por las escaleras del edificio. Esperó 5 minutos más para asegurarse de que no regresaran por algo olvidado y luego se puso en acción.
tomó su chaqueta, a pesar de que la tarde era cálida después de la lluvia del día anterior, y salió del apartamento cerrando cuidadosamente con la llave de repuesto que guardaban bajo una maceta en el pasillo. Las calles estaban relativamente tranquilas a esa hora de la tarde con la mayoría de la gente aún en el trabajo o la escuela.
Joaquín caminó rápidamente, temiendo encontrarse con algún conocido que pudiera preguntarse por qué no estaba en casa. La iglesia de San Isidro se alzaba contra el cielo de la tarde, sus vitrales reflejando la luz del sol poniente. Joaquín se detuvo frente a la entrada, sintiendo un momento de duda. ¿Realmente iba a hacer esto? ¿Y si las voces mentían? ¿Y si era peligroso? Pero la imagen de su padre, atrapado en algún lugar incomprensible dentro del mármol, lo impulsó a seguir adelante.
Empujó la pesada puerta de madera y entró en la penumbra fresca de la nave central. La iglesia estaba casi desierta, como esperaba. Una anciana rezaba en una de las bancas delanteras y el sacristán ordenaba velas en un estante lateral. Ninguno de los dos prestó especial atención a Joaquín mientras avanzaba por el pasillo central, intentando parecer casual.
El altar se alzaba al final del pasillo, bañado por la luz coloreada que se filtraba a través de los vitrales. El mármol blanco resplandecía con tonos dorados y carmesíes, haciendo que las betas grisáceas parecieran más pronunciadas, casi vivas. Joaquín se detuvo a pocos metros, súbitamente consciente de que no podía simplemente caminar hasta el altar y colocar sus manos sobre él con otras personas presentes.
Tendría que esperar el momento adecuado. Se sentó en una de las bancas traseras, fingiendo rezar mientras observaba disimuladamente. La anciana terminó sus oraciones después de unos 10 minutos y salió lentamente de la iglesia. El sacristán, tras organizar las velas, desapareció por una puerta lateral, probablemente hacia la sacristía.
Era su oportunidad. Joaquín se levantó y caminó decidido hacia el altar, su corazón latiendo tan fuerte que temía que el sonido hiciera eco en la iglesia vacía. Al llegar frente al altar, vaciló. Realmente iba a hacer esto. Hazlo. El susurro vino del mármol. tan claro como si alguien estuviera parado junto a él.
Era la voz de un niño, pero también algo más, algo antiguo y conocedor. Con manos temblorosas, Joaquín extendió ambos brazos y colocó sus palmas sobre la superficie fría del mármol. Inmediatamente sintió un hormigueo extraño, como una corriente eléctrica muy débil, que recorría sus dedos, subía por sus brazos y llegaba hasta su pecho.
Y como pronunció, su voz apenas un susurro. Gabriel María hizo una pausa reuniendo valor para el último nombre, el más importante. Martín, papá. Por un momento nada sucedió. El mármol permaneció frío e inerte bajo sus manos. Joaquín sintió una punzada de decepción. Había sido todo producto de su imaginación después de todo.
Entonces, el mármol bajo sus palmas comenzó a calentarse gradual, pero innegablemente. Las betas grisáceas parecieron cobrar vida, pulsando y fluyendo como si fueran realmente venas llenas de algún fluido plateado. Joaquín. La voz no venía del altar esta vez, sino de detrás de él, una voz familiar que hizo que su corazón se detuviera por un instante.
“Papá”, susurró sin atreverse a darse la vuelta. “No, Joaquín, soy yo.” La voz no era la de su padre, sino la del padre Tomás. Joaquín giró lentamente, sus manos aún en contacto con el mármol para ver al sacerdote de pie a pocos metros. su rostro, una máscara de preocupación y alarma. Aléjate del altar, Joaquín.
Ahora había una urgencia en su voz que Joaquín nunca había escuchado antes, pero no podía moverse. Sus manos parecían adheridas al mármol, como si hubieran formado un vínculo que no podía romperse voluntariamente. “No puedo”, dijo un borde de pánico en su voz. Mis manos están atrapadas.
El padre Tomás avanzó rápidamente sacando de su bolsillo un pequeño frasco que Joaquín reconoció como agua bendita. El sacerdote comenzó a recitar en latín palabras que Joaquín no entendía, pero que parecían cargadas de autoridad y poder. Mientras el padre Tomás recitaba, algo extraño comenzó a suceder con el altar. Las betas pulsantes se aceleraron, moviéndose frenéticamente como si estuvieran agitadas o enfurecidas.
El calor bajo las palmas de Joaquín aumentó hasta volverse casi insoportable. Y entonces las voces, no una, sino muchas, surgiendo del interior del mármol en un coro discordante que parecía llenar toda la iglesia, aunque Joaquín sabía de alguna manera que solo él y el padre Tomás podían escucharlas. Él es nuestro, decían las voces.
nos pertenece como todos ustedes nos pertenecerán eventualmente. “No lo escuches, Joaquín”, gritó el padre Tomás, acercándose más y rociando agua bendita sobre las manos del niño y el altar. “Son mentiras. Tu padre no está ahí, pero lo escuché”, protestó Joaquín, lágrimas formándose en sus ojos. Escuché su voz, me llamó.
Lo que escuchaste no era tu padre”, dijo el sacerdote ahora junto a él. Era algo que usa las voces de los que hemos perdido para atraernos. Algo que ha estado aquí en esta piedra durante más tiempo del que podemos comprender. Con un movimiento decidido, el padre Tomás agarró las muñecas de Joaquín y tiró con fuerza, separándolas del altar.
Joaquín sintió un dolor agudo, como si su piel se hubiera desgarrado al separarse del mármol, pero cuando miró sus palmas estaban intactas, aunque enrojecidas. El altar emitió un sonido, algo entre un gemido y un ciseo que reverberó por toda la iglesia. Las betas del mármol se agitaron violentamente por un momento y luego gradualmente volvieron a su estado normal.
inmóviles y aparentemente inertes. Joaquín cayó de rodillas exhausto y confundido, las lágrimas corriendo libremente por su rostro. El padre Tomás se arrodilló a su lado, colocando una mano reconfortante en su hombro. “¿Cómo supiste que estaría aquí?”, preguntó Joaquín finalmente, su voz ronca. “Dolores me llamó.” dijo que estaba preocupada por ti, que habías estado actuando extraño.
Tuve un presentimiento y decidí venir a la iglesia. El sacerdote suspiró profundamente. Llegué justo a tiempo, gracias a Dios. ¿Qué es esa cosa, padre? ¿Qué hay dentro del altar? El padre Tomás miró fijamente al altar de mármol antes de responder. No lo sé con certeza, Joaquín. Algunos dicen que es un espíritu antiguo atrapado en la piedra durante su extracción.
Otros creen que es algo más, algo que encontró en el mármol un conducto para entrar en nuestro mundo. Y los niños que desaparecieron ya como y los otros. Hubo tragedias. Sí, niños que como tú escucharon llamadas desde el altar. Algunos desaparecieron, otros sufrieron accidentes o enfermedades, pero no fueron reclamados por el altar.
Joaquín, esa es la mentira que esta entidad utiliza para atraer a nuevas víctimas. Mi padre tampoco está ahí. El padre Tomás sacudió la cabeza con gentileza. Tu padre está en paz, Joaquín. No está atrapado en ninguna piedra. Lo que escuchaste fue una imitación, un señuelo diseñado específicamente para ti. Joaquín soyó, una mezcla de alivio y dolor renovado.
Por un breve momento había creído posible recuperar a su padre y esa esperanza, aunque falsa, había sido un faro en su oscuridad. “Vamos”, dijo el padre Tomás, ayudándolo a levantarse. “Llamaré a tu madre y a tu abuela. Necesitamos hablar todos juntos sobre lo que ha pasado y lo que haremos ahora.
Mientras se alejaban del altar, Joaquín no pudo evitar mirar atrás una última vez. El mármol brillaba serenamente bajo la luz de las velas, aparentemente inofensivo, pero ahora sabía que algo acechaba en su interior, algo paciente y antiguo, que usaba el dolor y la pérdida como herramientas para sus propósitos incomprensibles. Y aunque no entendía completamente lo que había experimentado, Joaquín sintió que había cruzado un umbral, había enfrentado algo más allá de su comprensión y había sobrevivido.
No había recuperado a su padre, pero quizás había comenzado a encontrar una manera de vivir con su ausencia. Con esta nueva resolución formándose en su interior, siguió al padre Tomás fuera de la iglesia hacia la luz del atardecer. y el mundo de los vivos. El despacho del monseñor Arismendi en el arzobispado de Buenos Aires era un estudio austero, pero acogedor.
Libros antiguos llenaban estanterías de madera oscura que se extendían desde el suelo hasta el techo. Un crucifijo de plata presidía la pared detrás de un escritorio macizo y la luz de la tarde se filtraba a través de una vidriera que representaba a San Miguel Arcángel venciendo al demonio. Joaquín se sentía pequeño e incómodo en la gran silla de cuero donde lo habían hecho sentar.
A su lado, Elena mantenía una expresión serena pero tensa, mientras que la abuela Dolores pasaba las cuentas de su rosario entre los dedos. En un movimiento continuo y silencioso, el padre Tomás estaba de pie junto a la ventana, observando el jardín interior del edificio con expresión pensativa. Frente a ellos, el monseñor Arismendi, un hombre de unos 70 años con cabello blanco pulcramente peinado y ojos claros de mirada penetrante, repasaba un grueso expediente sobre su escritorio.
ocasionalmente levantaba la vista para estudiar a Joaquín, como evaluando algo que solo él podía ver. Bien, dijo finalmente el monseñor cerrando el expediente. He revisado toda la información disponible sobre el altar de mármol de San Isidro, incluyendo los reportes de incidentes anteriores y el testimonio que el padre Tomás ha recopilado de Joaquín.
Creo que tengo una imagen bastante clara de lo que estamos enfrentando. Elena se inclinó ligeramente hacia adelante, su voz controlada, pero ansiosa. ¿Y qué estamos enfrentando exactamente, monseñor? Arismendi entrelazó sus dedos sobre el escritorio, considerando cuidadosamente sus siguientes palabras. Lo que reside en ese altar no es algo que podamos categorizar fácilmente dentro de nuestra comprensión tradicional.
No es simplemente un fantasma o un demonio en el sentido popular de esos términos. es más bien una presencia, una conciencia no humana que ha encontrado una manera de manifestarse a través del mármol, una conciencia no humana, repitió Elena el escepticismo evidente en su tono. Está sugiriendo que una piedra está viva.
No la piedra en sí, aclaró el monseñor con paciencia, sino algo que utiliza las propiedades particulares de ese mármol como conducto. El mármol de carrara tiene cualidades únicas: su estructura cristalina, su resonancia acústica, incluso su composición química. En circunstancias específicas, como las de la cantera donde fue extraído, podría haber absorbido o permitido el anclaje de algo. Otro.
Dolores se persignó automáticamente, murmurando una breve oración. ¿Y qué quiere esta cosa?, preguntó Joaquín hablando por primera vez desde que habían entrado al despacho. Su voz sonaba pequeña pero firme. El monseñor dirigió su atención completa hacia el niño y su expresión se suavizó ligeramente. Esa es la pregunta correcta, Joaquín, y la respuesta basada en los patrones que hemos observado a lo largo de décadas parece ser influencia, conexión con nuestro mundo a través de aquellos que son vulnerables o están en momentos de crisis emocional
como niños que han perdido a sus padres, sugirió el padre Tomás desde la ventana. Precisamente asintió Arismendi. La entidad parece tener una afinidad particular por aquellos que están experimentando dolor profundo, especialmente por la pérdida de un ser querido. Utiliza ese dolor como punto de entrada, ofreciendo lo que más anhela la persona, una conexión con quien han perdido.
está diciendo que mi hijo fue elegido por esta cosa por estar de duelo. La voz de Elena temblaba ligeramente, una mezcla de incredulidad y creciente ira que se aprovechó de su dolor por la muerte de su padre. Es como opera respondió el monseñor con tono compasivo pero firme. Busca vulnerabilidades emocionales y las explota.
En este caso, el profundo deseo de Joaquín de recuperar a su padre. No lo entiendo, dijo Elena pasándose una mano temblorosa por el cabello. ¿Qué gana esta entidad con todo esto? ¿Qué habría pasado si el padre Tomás no hubiera llegado a tiempo? Un silencio pesado siguió a la pregunta. El monseñor intercambió una mirada con el padre Tomás antes de responder con cuidado.
Basándonos en los casos anteriores, creemos que la entidad busca manifestarse más plenamente en nuestro mundo. Para hacerlo, necesita un huésped, alguien que voluntariamente acepte su influencia. Un huésped, la voz de Elena se elevó. está sugiriendo que esta cosa quería poseer a mi hijo. No exactamente poseerlo, corrigió Arismendi, más bien establecer una conexión permanente, utilizar a Joaquín como ancla a este mundo, como un conducto similar al mármol, pero infinitamente más versátil, un ser humano consciente
y los otros niños. Intervino Joaquín recordando los nombres que había pronunciado en el altar. Y Jacobo, Gabriel, María. ¿Qué les pasó realmente? El monseñor suspiró mirando brevemente el expediente cerrado. Ya como Lombardi desapareció en 1887, poco después de la instalación del altar en la capilla familiar, nunca se encontró su cuerpo.
Gabriel Mérida en 2018 intentó quitarse la vida en la iglesia después de semanas reportando voces del altar. Afortunadamente sobrevivió y con tratamiento adecuado se ha recuperado. María Suárez en 1994 desarrolló una obsesión con el altar que culminó en su fuga de casa. Fue encontrada tres días después deambulando en estado catatónico cerca de una cantera abandonada.
Dios mío”, murmuró Elena palideciendo visiblemente. “En cada caso”, continuó el monseñor, “vemos un patrón similar. Primero, la entidad establece contacto a través de susurros o visiones. Luego crea una narrativa personalizada para atraer a la víctima, generalmente involucrando seres queridos perdidos o secretos que solo la víctima desearía conocer.
Finalmente intenta establecer una conexión física directa a través del altar. Y yo llegué a la tercera fase, dijo Joaquín recordando sus manos adheridas al mármol. Llegaste muy cerca, confirmó Arismendi, más cerca de lo que me gustaría. El padre Tomás intervino justo a tiempo. ¿Y ahora qué? Preguntó Dolores hablando por primera vez.
¿Cómo protegemos a mi nieto? El monseñor Arismendi se reclinó en su silla considerando la pregunta. La buena noticia es que la entidad parece estar limitada en su alcance. Su influencia está principalmente concentrada en y alrededor del altar. Una vez que la conexión física se rompe, como sucedió cuando el padre Tomás separó a Joaquín del mármol, su capacidad para mantener contacto disminuye significativamente.
“Pero podría volver a intentarlo”, insistió Elena. “Podría seguir llamando a Joaquín. Es posible, pero improbable si tomamos precauciones adecuadas.” El monseñor se levantó y caminó hasta una de las estanterías extrayendo un libro antiguo encuadernado en cuero. La Iglesia ha enfrentado manifestaciones similares a lo largo de los siglos.
Tenemos protocolos establecidos. Un exorcismo, preguntó Dolores, un destello de esperanza en sus ojos. No exactamente, respondió Arismendy, no estamos tratando con una posesión demoníaca tradicional. Lo que propongo es un rito de protección para Joaquín, combinado con un ritual de contención para el altar mismo.
Contención, repitió el padre Tomás acercándose al escritorio. No sería mejor retirar el altar por completo, destruirlo incluso. La destrucción física del altar podría tener consecuencias impredecibles, advirtió el monseñor. entidad podría liberarse completamente o buscar otro conducto material.
No, la contención es nuestra mejor opción. Limitaremos su capacidad de influencia sin arriesgarnos a una manifestación aún más peligrosa. Joaquín escuchaba la conversación con una extraña mezcla de miedo y fascinación. Parte de él seguía procesando la idea de que algo antiguo y no humano había intentado usarlo como ancla a este mundo.
Otra parte más inmediata y dolorosa lideba con la desilusión de que su padre no estaba después de todo esperando ser rescatado. “Monseñor”, dijo interrumpiendo la discusión técnica sobre rituales que se había desarrollado entre los adultos. Cuando toqué el altar, cuando escuché todas esas voces, ¿eran reales las personas a las que pertenecían, están realmente ahí dentro de alguna manera? La pregunta pareció sorprender a todos, creando un silencio momentáneo.
El monseñor estudió a Joaquín con una mirada que combinaba compasión y respeto por la profundidad de la pregunta. Lo que escuchaste, Joaquín, no eran las almas reales de esas personas atrapadas en el mármol. Tu padre no está atrapado allí. Su voz era gentil, pero firme. Lo que esta entidad hace es como crear impresiones, ecos.
Utiliza memorias y emociones residuales para fabricar voces que puedan resonar con quien está escuchando. Es como un espejismo. Parece real, pero es solo una ilusión diseñada para atraer. Joaquín asintió lentamente, absorbiendo la explicación. Una parte de él se sentía aliviada. Su padre no estaba sufriendo, atrapado en algún limbo dentro del mármol, pero otra parte se sentía extrañamente vacía, habiendo perdido incluso esa conexión ilusoria.
“El ritual de protección podemos realizarlo hoy mismo”, continuó el monseñor, regresando a aspectos más prácticos. Para la contención del altar necesitaré preparación adicional y la aprobación del obispo. Mientras tanto, sugiero que Joaquín no se acerque a la iglesia de San Isidro bajo ninguna circunstancia.
Elena asintió enfáticamente. Podemos asistir a misa en otra parroquia. De hecho, ya había pensado en la iglesia de Santa Catalina. Está más cerca de nuestro apartamento de todos modos. Excelente, aprobó Arismendy. Además, recomendaría que Joaquín reciba apoyo psicológico. El trauma de perder a su padre, combinado con esta experiencia es mucho para que un niño lo procese solo.
Ya estaba considerando esa opción, dijo Elena. Pero después de todo esto, sí, definitivamente buscaremos ayuda profesional. El monseñor se dirigió a una pequeña mesa lateral. donde había una jarra de agua y varios vasos. Sirvió agua para todos mientras continuaba hablando. El ritual de protección es simple pero poderoso.
Involucra oraciones específicas, agua bendita y la imposición de manos. No es invasivo ni traumático, pero requerirá la participación activa de Joaquín. Mi participación?”, preguntó Joaquín repentinamente nervioso. “Nada complicado”, le aseguró el monseñor con una sonrisa amable. “Solo necesitarás repetir algunas oraciones y aceptar voluntariamente la protección.
El libre albedrío es fundamental en estos asuntos. La entidad intentó manipularte para obtener tu consentimiento. Este ritual es exactamente lo opuesto, tu decisión consciente de rechazar su influencia. Joaquín miró a su madre buscando seguridad. Elena tomó su mano y la apretó suavemente. Estará bien, cariño.
Estaremos contigo todo el tiempo. Esa tarde, en una pequeña capilla privada dentro del arzobispado se llevó a cabo el ritual. Era más simple de lo que Joaquín había imaginado, sin el dramatismo que había visto en películas de exorcismos. El monseñor Arismendi, vestido con una sencilla estola morada sobre su sotana negra, recitó oraciones en latín mientras rociaba agua bendita.
El padre Tomás asistía sosteniendo un libro antiguo y respondiendo en los momentos apropiados. Joaquín, arrodillado frente al altar, uno normal de madera notó con alivio, repitió las palabras que le indicaron, prometiendo rechazar influencias malignas y aferrarse a la luz y la verdad. Mientras el ritual avanzaba, sentía una extraña ligereza, como si un peso invisible que no sabía que cargaba estuviera siendo gradualmente retirado de sus hombros.
En un momento particularmente solemne, el monseñor colocó sus manos sobre la cabeza de Joaquín y habló con autoridad: “Que esta alma joven sea sellada contra toda influencia oscura. Que encuentre paz en su dolor y fortaleza en su vulnerabilidad. Que ninguna entidad, por antigua o poderosa que sea, pueda manipular su corazón o reclamar su espíritu.
” Cuando terminó el ritual, aproximadamente media hora después, Joaquín se sentía diferente, no de manera dramática o milagrosa, sino sutilmente tranquilo, como después de una larga noche de sueño reparador. “¿Cómo te sientes?”, preguntó Elena mientras salían de la capilla. “Bien”, respondió Joaquín, sorprendido de que fuera verdad.
Como más ligero, el monseñor Arismendi, que lo seguía, asintió con aprobación. Es una respuesta común. El ritual no solo proporciona protección espiritual, sino que también puede aliviar la ansiedad y el miedo que estas experiencias generan. El miedo, después de todo, es una de las herramientas más poderosas que estas entidades utilizan.
Y ahora preguntó Dolores ajustando su chal mientras se preparaban para salir del edificio. ¿Qué debemos hacer? Vivan normalmente, aconsejó el monseñor. Continúen con su proceso de duelo y sanación. Asistan a misa en otra parroquia, como mencionaron, y estén atentos, por supuesto, si Joaquín nota cualquier signo de que la entidad está intentando reestablecer contacto, susurros.
Sueños inusuales, patrones que recuerden al mármol, contáctenme inmediatamente. Y el altar, preguntó el padre Tomás, ¿cuándo realizaremos el ritual de contención? Comenzaré los preparativos de inmediato, respondió Arismendy. Necesitaré al menos una semana para reunir los elementos necesarios y obtener las aprobaciones correspondientes.
Mientras tanto, sugiero que cierres la iglesia para renovaciones o alguna excusa similar. Nadie debe acercarse al altar. El padre Tomás asintió, aunque parecía preocupado. Y si la entidad intenta encontrar a otra víctima mientras tanto, es un riesgo, admitió el monseñor. Pero después de un intento fallido como el de Joaquín, generalmente estas entidades entran en un periodo de recuperación, por así decirlo.
Necesitan reunir energía antes de intentar establecer una nueva conexión. Fuera del arzobispado, el sol comenzaba a ponerse, tiñiendo el cielo de Buenos Aires con tonos anaranjados y púrpuras. Una brisa fresca agitaba las hojas de los jacarandás que bordeaban la plaza cercana. “Vamos a casa”, dijo Elena pasando un brazo protector sobre los hombros de Joaquín.
Ha sido un día largo. En el taxi de regreso, Joaquín miraba por la ventana observando las calles familiares de su ciudad con nuevos ojos. El mundo parecía igual que siempre. Personas apuradas regresando del trabajo, niños jugando en las plazas, vendedores ambulantes ofreciendo sus mercancías. Y sin embargo, todo había cambiado para él.
había vislumbrado algo más allá de la realidad cotidiana, algo que la mayoría de las personas vivirían sus vidas sin jamás conocer. “Mamá”, dijo en voz baja, sin apartar la vista de la ventana. “Sí, cariño, ¿crees que papá está en paz?” Como dijo el monseñor. Lena respiró profundamente antes de responder. Sí, lo creo.
Tu padre era un buen hombre, Joaquín. Si hay justicia en el universo y creo que la hay, entonces está en paz. Joaquín asintió lentamente. Quisiera poder hablar con él una vez más, decirle que lo extraño. Puedes hacerlo dijo Dolores desde el asiento delantero, girándose para mirar a su nieto. Puedes hablarle en tus oraciones.
Puede que no responda como lo hacía en vida, pero te escucha. ¿Cómo lo sabes? Fe, respondió simplemente la anciana, y experiencia. Cuando perdí a tu abuelo, hablaba con él cada noche antes de dormir. Con el tiempo sentí que de alguna manera me escuchaba, no a través de una piedra mágica o voces sobrenaturales, sino en mi corazón.
Elena apretó suavemente la mano de Joaquín. Y siempre puedes hablar conmigo o con la abuela cuando lo extrañes o con el psicólogo que vamos a buscar. Hablar ayuda, Joaquín, es parte de cómo sanamos. Esa noche, después de una cena tranquila donde Lucía acaparó la conversación con historias de su clase de ballet, aparentemente ajena a la tensión de los últimos días, Joaquín se preparó para dormir con una extraña sensación de calma.
Su habitación, que apenas la noche anterior había sido invadida por aquellas betas pulsantes en la pared, ahora parecía un refugio seguro. Lucía ya dormía profundamente en su lado, su respiración rítmica y serena. Antes de meterse en la cama, Joaquín abrió la ventana ligeramente, permitiendo que el aire fresco de la noche entrara en la habitación.
El cielo estaba despejado y las estrellas brillaban intensamente sobre Buenos Aires, compitiendo con las luces de la ciudad. “Papá”, susurró hacia el cielo nocturno, sintiendo una mezcla de vergüenza y esperanza. “No sé si puedes escucharme realmente. La abuela dice que sí y quiero creerle.” Hizo una pausa buscando las palabras adecuadas. Te extraño cada día.
A veces me enojo porque te fuiste y otras veces solo quiero recordar cómo era cuando estabas aquí, como cuando me enseñabas a andar en bicicleta o cuando me leías antes de dormir. Las lágrimas comenzaron a formarse en sus ojos, pero no eran lágrimas amargas como las que había derramado tantas veces desde el accidente.
Eran diferentes, de alguna manera más limpias, más sanadoras. No sé si estás en el cielo o en otro lugar, pero espero que estés bien y espero que estés orgulloso de mí. Voy a intentar ser valiente, como tú siempre decías, y voy a cuidar de mamá y de Lucía. Lo prometo. Una estrella fugaz cruzó el cielo nocturno, dejando una estela brillante que se desvaneció rápidamente.
Joaquín no era supersticioso, ahora menos que nunca, habiendo experimentado lo que era la verdadera manipulación supernatural, pero aún así sintió un extraño consuelo en esa coincidencia cósmica. Buenas noches, papá”, susurró cerrando la ventana y dirigiéndose a su cama. Esa noche Joaquín durmió sin interrupciones, sin susurros siniestros ni pesadillas perturbadoras.
Y aunque el dolor de la pérdida seguía presente, sentía que había comenzado a transitar un camino diferente, uno que eventualmente llevaría a la aceptación y la paz. Una semana después, tal como había prometido, el monseñor Arismendi, realizó el ritual de contención en la iglesia de San Isidro. La ceremonia a la que Joaquín y su familia no asistieron por recomendación del propio monseñor, pluró varias horas y requirió la participación de otros tres sacerdotes especialmente convocados para la ocasión, según Lecce. M.
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