¿Qué puede hacer que un padre tire la sotana y renuncie a todo lo que juró proteger? Este relato del norte de

México cuenta la historia de un hombre de Dios que descubrió que hay tentaciones más poderosas que años de

Ay, compadre, acérquense más, prendan el candil del alma y afíen el

oído, que la historia que voy a contar hoy es de esas que ponen la piel chinita, hacen que el corazón lata recio

y dejan el olor del pecado en el aire más fuerte que el copal en misa de difuntos. Es historia vieja de los

tiempos cuando el norte no conocía carretera ancha ni luz eléctrica, cuando la fe y la maldad se disputaban palmo a

palmo el corazón de los cristianos. Tú estás escuchando el canal Legendarios

del Norte. Dime desde qué ciudad nos estás oyendo. Dale like al video y ahora

sí, vamos a comenzar. En el pueblo de San Miguel de las Ánimas, enclavado

entre las barrancas de la Sierra Madre y tierra agrietada por la sequía, corría

un nombre que hacía que los hombres bajaran la voz y las mujeres apretaran el rosario. Un nombre que se susurraba

como quien tiene miedo de despertar al chamuco, pero que al mismo tiempo atraía

la curiosidad como la miel atrae las abejas. Lupe del rezo torcido.

Y no era por nada. No, señor. Lupe había nacido un jueves de luna nueva con una

marca morada en la espalda que recordaba la señal del Hija de madre

curandera y padre nunca conocido, dicen que creció oyendo las palabras santas

hasta aprender a voltearlas al revés, como quien desila un rosario de atrás

para adelante. Santo cielo, esa muchacha tiene la mirada diferente. Era lo que

decía doña Laisa, santurrona de lengua afilada y dueña de la mejor harina de la

región. Nos mira como si estuviera viendo lo que nadie más ve. Y era

cierto. Desde chiquita, Lupe cargaba en los ojos un fuego que parecía venir de

las profundidades, una mirada de brasa escondida, de esas

brasas que duermen bajo las cenizas, pero que con cualquier soplo se vuelven

hoguera. fue creciendo bien formada y misteriosa. Los cabellos negros le caían

por la espalda como agua de pozo oscuro. El andar tenía un contoneo que revolvía

el juicio de los hombres. La piel morena tenía sabor a sol y olor a misterio. Era

hermosa de doler los ojos, pero nunca sonreía por completo, como si guardara

un secreto en la comisura de la boca. Allá por los 17 años, cuando el cuerpo

ya despertaba la envidia de las muchachas y la codicia de los hombres, su madre murió. Encontraron a la vieja

curandera con la boca abierta, los ojos desorbitados con una expresión de quien

vio cosa del otro mundo. La enterraron con prisa, porque al muerto no se le

deja esperando. El padre echó agua bendita, murmuró los rezos de costumbre

y el pueblo volvió a sus casas, algunos ya pensando si no habría sido la propia

hija la causa de aquella muerte sospechosa. Órale, mi gente. Ese entierro estaba más

cargado que nube de temporal. Comentó don Chencho, sepulturero oficial y

consejero informal del pueblo. Sintieron el peso en el aire. Es cosa mala la que viene por ahí. Fue en esa época que la

gente comenzó a descubrir que Lupe no era curandera como la madre, que sanaba

con oraciones y hierbas. No, la muchacha había aprendido otra

cosa. Sabía voltear las palabras al revés, hacer de los rezos un instrumento

que servía tanto para el bien como para el mal, dependiendo de la intención y de

quien pidiera el servicio. Hombre atribulado de pasión, iba a

buscar a Lupe. Mujer celosa, tocaba su puerta. enfermo, sin esperanza, mandaba

llamar a la muchacha y ella los atendía siempre con los ojos bajos, pero con ese

fuego escondido que hacía que la gente se alejara después de conseguir lo que quería. Su casa quedaba en la orilla del

pueblo, casi pegada al matorral. Una casa sencilla de adobe y madera, con un

patio barrido y algunas plantas extrañas en el traspatio. Al frente, un mezquite centenario hacía

sombra y servía de referencia para quien no conocía el camino.

Vaya hasta el mezquite torcido, luego siga el olor a ruda. Hay una muchacha

allá en San Miguel que hace que lo imposible suceda. Era lo que se oía en

otros pueblos. Dicen que reza el Padre Nuestro de atrás para adelante y las

palabras salen como encantamiento del otro mundo. Hasta el padre de la

parroquia, padre Mercurio, hombre severo y de pocas palabras, ya había oído

hablar de tal lupe. Después de la misa del sábado, con el sol ya alto lamiendo

las paredes blancas de la iglesia, le preguntó a uno de sus fieles más antiguos sobre los rumores. Don Rutilio.

¿Qué historia es esa que anda corriendo sobre una tal de cómo se llama? Lupe del rezo torcido, su padre. Órale, el señor

todavía no ha oído hablar. Es la muchacha que vive después del mesquite, esa que dicen que hace rezo al revés.

Padre Mercurio frunció el ceño y apretó la cruz que llevaba al cuello. Y la

gente cree en esas cosas en pleno siglo XX. Ay, su padre, usted sabe cómo es. La

gente del norte tiene fe en la iglesia, pero le tiene miedo a lo que no entiende. Y esa lupe dicen que sabe

cosas que nadie le enseñó. El padre bufó impaciente. En sus casi 8 años en

aquella parroquia ya había visto de todo. Penites que se flagelaban en las

procesiones, hombres recios que juraban haber visto al en forma de chivo

negro, niños posesos por apariciones del otro mundo. Pero nunca se había topado

con alguien que desafiara tan abiertamente las enseñanzas de la iglesia, transformando lo sagrado en

profano. Esto tiene que acabar, don Rutilio. Voy a hablar de estas

supersticiones en el próximo sermón. El viejo sonrió sin enseñar los dientes y

movió la cabeza. No se apure su padre. Estas cosas del norte son como el propio

matorral. Parecen muertas en la sequía, pero no más cae una lluviecita y vuelven

más verdes y fuertes. Y así fue que el nombre de Lupe ganó cuerpo y alma,

corriendo de boca en boca como el arroyo en la crecida, despertando miedo y fascinación en quien lo oía. Sin que