El bebé del millonario reprobaba siempre hasta que la empleada mostró un don

inesperado. El sonido de la lluvia golpeando contra los ventanales blindados de la oficina presidencial no

era relajante. Sonaba como una advertencia, como un redoble de tambores

militares anunciando una ejecución. En el piso 42 de la Torre Montenegro. El

silencio solía ser la norma, un silencio costoso, aire acondicionado y

purificado, donde se decidían los destinos de miles de empleados con la

simple firma de una pluma estilográfica de oro macizo. Pero esa noche el

santuario de don Sebastián Montenegro, el hombre más temido del sector de las

telecomunicaciones, había sido profanado y no por un espía corporativo ni por un rival comercial.

sino por algo mucho más impensable dentro de aquellas paredes revestidas de

caoba y mármol negro importado. La escena que congeló la sangre de Sebastián al abrir la doble puerta de

roble fue tan surrealista que su cerebro tardó unos segundos en procesarla. La

iluminación de la oficina estaba atenuada, salvo por la lámpara de banquero sobre su inmenso escritorio,

creando un cono de luz dramático, casi teatral. Y allí, en el centro de su

imperio, estaba el caos. Rosalía o Rosita, como la llamaban despectivamente

los jefes de personal, estaba inclinada sobre el escritorio sagrado. Su uniforme

azul pálido, diseñado para hacerla invisible, contrastaba violentamente con

la seriedad del entorno. Llevaba puestos aún los guantes de goma amarillos,

brillantes y vulgares, bajo la luz de la lámpara, y con uno de ellos apuntaba,

con un dedo acusador y firme, hacia un cuaderno abierto de par en par. Su

postura no era la de una sirvienta sumisa limpiando el polvo, era la postura de una autoridad, de alguien que

exige respuestas. Su rostro, generalmente bajo y humilde,

estaba encendido por una intensidad febril. Sus ojos oscuros brillaban con

una mezcla de indignación y urgencia. Pero lo que realmente detuvo el corazón

de Sebastián no fue la audacia de la empleada, sino quién estaba al otro lado

del escritorio, sentado en la imponente silla de cuero italiano, que parecía

devorarlo. Era Mateo, su hijo, su único heredero, un niño de apenas 4 años que

no vestía como un niño. No había pijamas de superhéroes ni ropa cómoda de

algodón. Mateo llevaba un traje a medida, una réplica exacta en miniatura

de los trajes de tres piezas que usaba su padre, gris marengo, corte impecable

y una corbata de sed azul marino anudada con una precisión asfixiante alrededor

de su pequeño cuello. Mateo miraba a la empleada con los ojos muy abiertos, una

expresión de sorpresa absoluta pintada en su rostro inocente. Tenía las manos

pequeñas apoyadas sobre las rodillas, inmóvil como un muñeco de ventríloco

abandonado. Junto a él, el cuaderno abierto mostraba lo que parecía ser un

campo de batalla de números rojos y correcciones agresivas. Pero mira esto.

La voz de Rosita rompió el silencio sagrado, no con un susurro, sino con un

tono claro y vibrante. Míralo bien, Mateo. Esto no es un error, es un grito

de auxilio. ¿Cómo puedes aceptar que te digan que esto está mal cuando la lógica

es perfecta? Sebastián sintió que la vena de su 100 comenzaba a latir peligrosamente.

El maletín de cuero cayó de su mano golpeando el suelo con un ruido sordo que hizo que el niño saltara en la

silla. “¿Qué demonios significa esto?” La voz de Sebastián fue un trueno bajo,

controlado, pero cargado de una amenaza letal. Rosita se giró de golpe. Por un

segundo, el terror cruzó su rostro al ver al gran jefe parado en el umbral

como una estatua de ira, pero sorprendentemente no retrocedió.

No bajó la cabeza. mantuvo su mano sobre el cuaderno como protegiendo la

evidencia de un crimen. “Señor Montenegro”, empezó ella con la voz

temblorosa, pero sin soltar el escritorio. “Silencio, Sebastián avanzó hacia el escritorio,

sus pasos resonando en el parquete encerado como martillazos. De pago para que limpies la suciedad, no para que

ensucies la mente de mi hijo con tu presencia. Aléjate de ese escritorio

ahora mismo y quita tus guantes asquerosos de mis informes. Sebastián

llegó hasta ellos y miró a su hijo con una mezcla de decepción y furia. Mateo

se había encogido en la silla haciéndose lo más pequeño posible, tirando nerviosamente del nudo de su corbata

como si le faltara el aire. “Papá, yo!”, susurró el niño con la voz quebrada. Tú

nada, Mateo”, cortó Sebastián sin mirarlo a los ojos, fijando su vista en la empleada. “Se supone que debías estar

repasando las tablas de binarios. El examen de admisión para el instituto es

en una semana y te encuentro aquí perdiendo el tiempo con con el servicio

de limpieza.” Sebastián agarró el cuaderno esperando ver dibujos infantiles o manchas de

comida, pruebas de la incompetencia de su hijo o de la negligencia de la niñera. Pero Rosita, en un acto de

valentía suicida, puso su mano enguantada sobre la página antes de que él pudiera cerrarla.

No lo cierres, señor”, dijo ella, respirando agitadamente. “Mire, mire lo que está haciendo. El

niño no está perdiendo el tiempo. El niño está resolviendo problemas que

usted ni siquiera ha mirado.” Sebastián la miró con una incredulidad que rozaba el asco. “¿Te darme órdenes en mi propia

casa? Una mujer que limpia inodoros me va a decir a mí cómo educar al futuro

CEO de Industrias Montenegro. Sí, gritó Rosita, y el eco de su voz

pareció sacudir los diplomas enmarcados en las paredes. Porque usted está ciego.

El bebé del millonario reprueba siempre, no porque sea tonto, sino porque usted