La tos no era una tos de resfriado común, sino un estertor seco y brutal

que rasgaba el silencio sepulcral de la mansión. Era el sonido de un fracaso de

200 millones de dólares. Matías Alborán, de 2 años debería estar disfrutando de

la vida más mimada del continente, rodeado por niñeras bilingües, juguetes

importados de Japón y la seguridad infranqueable que el dinero de su padre,

un magnate de la tecnología y los bienes raíces, podía comprar. Sin embargo, su

pequeño pecho se sacudía sin tregua, convirtiendo el aire puro filtrado, que

llenaba la habitación en un veneno sofocante. El padre Marcelo Alborán

caminaba de un lado a otro sobre el mármol de Carrara del salón principal,

sus zapatos de cuero italiano brillando bajo la luz fría de un candelabro

bacarat. En su muñeca, un Rolex oyer perpetual gritaba silenciosamente

el precio de la desesperación. $200,000 que no servían para acallar el gemido

que emitía su hijo. 15. Han sido 15 especialistas”, dijo Marcelo,

deteniéndose ante un retrato al óleo de tamaño natural de su familia, donde

Matías aparecía sonriendo, un recuerdo cruel de tiempos más sanos, desde la

clínica Mayo hasta ese charlatán de Ginebra que nos cobró una fortuna solo

por decir que eran síntomas atípicos. Hemos gastado millones, millones. Y

sigue igual o peor. La madre Clara sostenía al niño, cuyo rostro pálido y

sudoroso era un contraste doloroso con la seda egipcia de su pijama. Las ojeras

oscuras de Clara reflejaban las noches en vela. Ella había perdido la fe en la

ciencia y en la ostentación. Había llegado al punto de la súplica una

rendición total que la llevó a hacer algo impensable para una alborán,

recurrir a la doctora Elena Soto, la mujer que estaba a punto de cruzar las

puertas de seguridad de su propiedad. Mientras Matías se encogía por otro

ataque de tos, Marcelo miró por el ventanal blindado que daba al jardín,

meticulosamente cuidado por tres jardineros a tiempo completo. Vio un

vehículo ridículo, humeante y ruidos detenido junto a la caseta de guardia.

Era un chevy color azul deslavado con la defensa ligeramente abollada y un

sticker de una calavera descolorida pegado a la ventana trasera. El vehículo

temblaba como gelatina vieja cada vez que la doctora Soto intentaba apagar el

motor. Elena Soto no encajaba en ese mundo. Sus 25 años de servicio en la

pediatría pública de la ciudad la habían curtido. No vestía trajes de diseñador,

sino un uniforme de tela áspera que había visto innumerables lavados.

Llevaba el cabello recogido en un moño simple y su bolso de mano era un viejo

maletín de cuero desgastado, dentro del cual no había un iPad de última

generación, sino una simple libreta de espiral y una linterna médica, cuya

batería ya había sido reemplazada al menos 20 veces. Cuando el guardia, con

su uniforme de comando, le abrió la puerta del coche con una mueca de desdén, el corazón de Elena se aceleró,

no por miedo, sino por la pura descarada opulencia que la rodeaba. El aire era

pesado, saturado por el olor de los cetos recién podados y, extrañamente, a

un desinfectante caro que pretendía ocultar algo. Pase, doctora. El señor

Alborán la espera en el ala este y por favor tenga cuidado de no manchar la

alfombra”, dijo el guardia con una voz tan seca como la tos de Matías. Elena

asintió en silencio, sintiendo el peso de la humillación, pero ella no estaba

allí por el señor Alborán, ni por el dinero que apenas serviría para pagar la

reparación de su coche. Estaba allí por el niño. Cruzó el vasto patio, sintiendo

el calor del sol pegándose a la tela de su uniforme. El camino de piedra

importada parecía extenderse por una eternidad. Finalmente llegó a la entrada

principal, flanqueada por columnas griegas. Al cruzar el umbral, el frío la

golpeó. La temperatura del interior estaba regulada a la perfección, un aire

acondicionado central que costaba más que su casa. El silencio era casi

físico, roto solo por el eco intermitente de la tos. El interior era

un monumento al exceso, techos de doble altura, una escalera de caracol de

madera de ébano tallada a mano y jarrones chinos Ming protegidos por

vitrinas de cristal. Era hermoso, pero carecía de alma. A pesar de los cientos

de millones invertidos en la decoración, no había un solo signo de la calidez que

se encuentra en un hogar normal. Solo una sofisticación fría y estéril.

Marcelo Alborán la recibió con una cortesía que apenas ocultaba su

escepticismo. Su traje a medida era de color gris carbón y se ajustaba

perfectamente a su físico de gimnasio de élite. Él no miró sus ojos, sino

directamente a su uniforme, como si estuviera evaluando la calidad de la tela. Doctor Soto,” dijo Marcelo, su voz

resonando en el vasto espacio. “Permítame ser directo. Es usted nuestra

opción de último recurso. Hemos visto a los mejores inmunólogos del planeta. El

niño ha pasado por resonancias magnéticas, tomografías axiales computarizadas, endoscopias.

Le hemos hecho pruebas de alergia para todo. El resultado siempre es el mismo.

Matías está perfectamente sano. Sus marcadores son normales. Elena sintió el

aguijón de su tono, pero lo ignoró. Este era el patrón común con la riqueza

extrema. Creen que el dinero debería comprar la salud instantánea y si no lo

hace, culpan al mensajero. Entiendo su frustración, señor Alborán, respondió

Elena con voz calmada, proyectando una profesionalidad que no se inmutaba ante