El sol de julio caía como fierro en brasa sobre la hacienda la esperanza

allá en las tierras de Chihuahua, donde el polvo se pega a la piel y el aire

huele a sudor y resignación. La tierra era seca, rajada como piel vieja, y los

nopales crecían torcidos buscando sombra que no existía. En ese lugar maldito

donde los peones trabajaban de sol a sol por un puño de centavos, don Ignacio

Terrazas se creía Dios y como Dios que se creía trataba a su gente peor que a

sus caballos. La hacienda era grande, con muros de adobe gruesos y un portón

de madera que crujía cuando lo abrían. Alrededor las casitas de los trabajadores parecían cicatrices en la

tierra. construcciones miserables donde familias enteras se apretujaban para

dormir después de romperle la espalda al patrón. El olor a tortillas quemadas se

mezclaba con el de estiércol y tierra mojada cuando regaban los corrales. Los coyotes aullaban en las noches y la

gente decía que era porque hasta los animales sentían la maldad que se

respiraba en ese lugar. Don Ignacio era un hombre de 50 años. barrigón con

bigote grueso engrasado hacia los lados y ojos que parecían de víbora cuando miraba a sus peones. Vestía trajes caros

que le traían de la ciudad, sombreros de fieltro fino y llevaba siempre un bastón

con empuñadura de plata, que no necesitaba para caminar, sino para recordarle a todos quien mandaba. Le

gustaba humillar, le sacaba placer, no le bastaba con pagar una miseria, no,

señor. Tenía que restregarles en la cara que eran menos que nada, que dependían

de él para cada bocado que se metían a la boca. Entre los peones estaba Doroteo

Arango, un muchacho de apenas 17 años, pero con espalda de hombre hecho y

derecho. Era moreno, de manos callosas y mirada, que no se agachaba ante nadie.

Trabajaba desde que salía el sol hasta que se escondía igual que todos, pero

había algo en él que molestaba a don Ignacio. Era el orgullo, esa cosa que el

patrón no podía quebrar por más que lo intentara. Doroteo no arrastraba los

pies cuando caminaba, no bajaba la vista cuando don Ignacio pasaba. Y eso para un

hombre como el ascendado era una ofensa que ardía. Era día de pago, ese viernes

de julio cuando el infierno se soltó en la hacienda. Los peones estaban formados

en el patio principal, ese espacio de tierra pisonada rodeado por los

edificios principales. El sol pegaba directo, sin piedad, y el sudor corría

por las caras curtidas de los trabajadores. Don Ignacio salía con su mayordomo, un tal refugio que era igual

de maldito que su patrón. cargando una bolsa con las monedas. Iban pagando uno

por uno, contando despacio para que se sintiera cada centavo que les aventaban.

Cuando le tocó a Doroteo, el muchacho extendió la mano y recibió sus monedas.

Las contó ahí mismo delante de todos. Faltaban. Habían trabajado seis días

completos, desde antes del amanecer hasta que ya no se veía parar la tierra

y les estaban pagando por cuatro. Doroteo, mi gente, ese muchacho hizo

algo que nadie se atrevía. Habló. Dime una cosa, patrón, dijo con voz firme,

pero respetuosa. Aquí faltan dos días de trabajo. Trabajamos seis, nos está

pagando cuatro. El silencio que cayó en ese patio fue como cuando se muere alguien. Todos los peones se quedaron

tiesos con los ojos grandes de miedo porque sabían lo que venía. Don Ignacio

se detuvo. Se volteó despacio hacia Doroteo. En su cara se pintó primero la

sorpresa de que un peón, un muerto de hambre, se atreviera a cuestionarlo.

Después vino la rabia, esa rabia que le subía del estómago cuando alguien no le tenía el miedo que él creía merecer.

“¿Qué dijiste, muchacho?”, preguntó don Ignacio caminando hacia él con pasos lentos. El bastón de plata golpeaba la

tierra con cada paso, tac tac tac, como cuenta regresiva para la desgracia. Que

faltan dos días de pago, patrón, repitió Doroteo. Y aunque su voz temblaba

tantito, no se echó para atrás. Todos trabajamos seis días completos. Don

Ignacio llegó hasta quedar a centímetros de la cara del muchacho. El olor a tabaco caro y Brandy le pegó a Doroteo

en la cara. El acendado lo miró de arriba a abajo con ese desprecio que le

salía tan natural como respirar. Tú no me vas a venir a decir a mí cuánto te

debo, perro muerto de hambre. Tú no vales lo que te pago. Eres basura como

tu padre era basura y como serán basura tus hijos. si algún día tienes la

desgracia de tenerlos. Los otros peones miraban al suelo sintiendo la

humillación en carne propia, pero sin atreverse a moverse. Doroteo apretó los

puños a los lados, sintiendo como la sangre le hervía en las venas, pero se

quedó callado porque sabía que abrir la boca de nuevo significaba quizás un

balazo o una paliza que lo dejaría tullido. Don Ignacio no había terminado.

Ese hombre no era de los que se conformaban con humillar con palabras, no más. Necesitaba algo más, algo que

quebrara el espíritu. Entonces hizo lo que ningún hombre debería hacer a otro.

Juntó saliva en la boca y frente a todos los peones, frente al mayordomo y los

capataces, frente al mundo entero, le escupió a Doroteo en plena cara. El

escupitajo le cayó en la mejilla y escurrió lento hacia la mandíbula, tibio, viscoso, cargado de todo el odio

que don Ignacio sentía por los que él consideraba menos que humanos. “Esto es

lo que vales, perro muerto de hambre”, dijo el ascendado, y se ríó. Se ríó

fuerte, echando la cabeza para atrás, mientras su panza temblaba con las carcajadas. Doroteo se quedó ahí parado,

sin moverse, levantó una mano despacio y se limpió la cara con la manga de su

camisa raída. Sus ojos, esos ojos que no se agachaban, se clavaron en los de don