El grito rompió la calma como un rayo en

medio de un día gris. “Ayuda, mi hermano

está abajo”, chilló una niña con la voz

desgarrada corriendo desesperada por una

calle en construcción.

Aquel lamento era

tan crudo, tan urgente, que detuvo el

corazón del millonario Rodrigo

Santillan, quien justo pasaba por allí

en su auto de lujo. Y mientras él

frenaba de golpe, “Tú que estás

escuchando esta historia, si te conmueve

lo que estás a punto de ver, no olvides

suscribirte para seguir estos relatos

reales que llegan al alma.” Rodrigo

salió del coche sin pensarlo. La niña

cubierta de lodo estaba arrodillada

junto a una tapa de alcantarilla

levantada. Sus manos temblorosas

intentaban sujetarla de un niño pequeño

atrapado en el interior que lloraba con

un terror tan profundo que erizaba la

piel. Rodrigo corrió hacia ellos como si

su vida dependiera de ello. La niña lo

miró con los ojos llenos de

desesperación. Por favor, señor, no lo

deje caer. No puedo sola. Rodrigo se

arrodilló sin preocuparse por el lodo en

su traje. Agarró la mano del niño, quien

pataleaba sobre el vacío oscuro. El

terreno estaba resbaloso, el túnel

húmedó y cada movimiento hacía que el

pequeño se hundiera un poco más. Rodrigo

apretó los dientes, usó toda su fuerza y

jaló con decisión hasta que logró

sacarlo. El niño cayó sobre él llorando,

aferrándose a su camisa como si fuera el

único refugio seguro del mundo. La niña

abrazó a su hermano tan fuerte que

parecía temer que volviera a

desaparecer. Rodrigo respiró hondo,

sacudido por la intensidad del momento,

pero una pregunta lo golpeó de

inmediato. ¿Qué hacen solos aquí? ¿Dónde

están sus padres? La niña bajó la

mirada.

El niño se escondió detrás de ella y en

silencio los dos temblaron. Pero antes

de que pudieran responder, unos pasos

pesados se acercaron. Un hombre

corpulento, con barba descuidada y ojos

oscuros apareció desde un corredor. Miró

a los niños como si fueran objetos fuera

de su lugar. “Les dije que no se

movieran del taller”, gruñó. Rodrigo se

puso de pie de inmediato. ¿Quién es

usted? Es su padre. El hombre bufó. No,

pero son mi responsabilidad, tienen

trabajo que hacer.” Se agachó y tomó al

niño del brazo con brusquedad. Rodrigo

sintió una chispa de furia. Suéltalo

ahora mismo. El hombre lo miró

desafiante. Esto no es asunto suyo. Pero

el millonario dio un paso adelante con

una autoridad que paralizó el ambiente.

“Lo es cuando se trata de dos niños en

peligro.” El hombre titubeó un momento,

soltó al pequeño y dijo con voz tensa,