Un Mafioso Amenazó a Frank Sinatra En Pleno Show — La Respuesta de Frank Dejó a TODOS Sin Palabra

Era el 15 de febrero de 1967. El salón principal del hotel Fontainebleau en Miami Beach brillaba con la luz de los candelabros de cristal y el humo de los cigarros caros. En el escenario, Frank Sinatra, impecable en su smoking negro, tenía a 100 personas en la palma de su mano. La orquesta había bajado el volumen, creando esa atmósfera íntima que solo la voz podía conjurar.

 Frank estaba a mitad de una estrofa, con los ojos cerrados entregándose a la melodía, cuando de repente los abrió y la música se detuvo en su garganta. No fue un ruido lo que lo detuvo, fue un destello metálico en la primera fila. Allí, descansando casualmente sobre el mantel blanco de la mesa central, había una pistola.

 No estaba apuntándole todavía no. Simplemente estaba ahí como una advertencia silenciosa, un recordatorio de muerte en medio de una celebración de la vida. Detrás del arma estaba sentado santo traficante Jr. El jefe absoluto de la mafia de Florida, rodeado por 15 de sus hombres más leales. Traficante no aplaudía, no sonreía, solo miraba a Frank con unos ojos fríos y oscuros que habían ordenado docenas de ejecuciones sin pestañear.

 La mayoría de los artistas, incluso los más grandes, habrían sentido un nudo en el estómago, habrían tartamudeado, habrían seguido cantando fingiendo no ver nada o habrían huido por la salida trasera. Pero Frank Sinatra no era la mayoría. Hizo una señal sutil a la orquesta y los músicos confundidos dejaron de tocar.

 El silencio cayó sobre la sala como una losa de plomo. Frank caminó lentamente hasta el borde del escenario, sus zapatos de charol brillando bajo los focos hasta quedar a escasos metros del rostro del mafioso más temido del sur de Estados Unidos. se inclinó ligeramente, miró directamente a los ojos de traficante con una voz que no tembló ni un milímetro, soltó las palabras que podrían haber sido su sentencia de muerte.

 “Si tienes algo que decir, dilo ahora o cállate para siempre.” La sala quedó en un silencio absoluto, tan profundo que se podía escuchar el hielo derritiéndose en las copas de los invitados. Este era el momento de la verdad. Para comprender realmente la magnitud suicida de lo que Frank acababa de hacer, necesitamos retroceder y entender el escenario.

Miami en 1967 no era el destino turístico familiar que conocemos hoy. Era el salvaje oeste del crimen organizado, un territorio bañado por el sol donde las reglas de la sociedad civil se detenían en la frontera del condado y comenzaban las reglas de la calle. Y en ese mundo, Santo Traficante Jr. Era el rey.

 No era un ganster común de los que salen en los periódicos todos los días. Era un hombre de poder real, el heredero de un imperio criminal que se extendía desde los casinos de La Habana hasta los muelles Tampa. Incluso las cinco familias de Nueva York pedían permiso antes de operar en su territorio. Santo traficante era conocido como el don Silencioso.

 No gritaba, no hacía escenas y rara vez mostraba emociones. Si traficante quería hablar contigo, no era una invitación social, era una orden real. Y nadie, absolutamente nadie, le decía que no. Su reputación se basaba en una premisa simple y brutal, el respeto absoluto o la eliminación total. Por otro lado, teníamos a Frank Sinatra.

 En 1967, Frank ya no era solo un cantante, era el presidente del Consejo, una figura mítica que caminaba entre presidentes de Estados Unidos y jefes de la mafia con la misma arrogancia y soltura. Frank conocía las reglas del juego mejor que nadie. Había crecido en Houboken, había cantado en los bares clandestinos de Nueva Jersey y había sobrevivido a los tiburones de la industria discográfica.

 Tenía amigos poderosos en Chicago y Las Vegas, hombres como Sanancana, que lo protegían, pero esa protección tenía límites geográficos. En Miami, Hiancana no tenía poder. En Miami, la palabra de Sinatra valía lo que santo traficante decidiera que valía. Lo que el público en el Fonte Nebleau no sabía esa noche era que esto no era un encuentro casual.

traficante había estado intentando reunirse con Frank durante 4 días consecutivos. Había enviado emisarios, había hecho llamadas, había utilizado intermediarios amables. Y durante 4 días, Fran Sinatra, impulsado por un orgullo inquebrantable y quizás por un toque de locura, había rechazado cada intento.

 Había dicho no al hombre al que nadie le decía que no. La tensión había estado hirviendo a fuego lento bajo el sol de Florida, acumulándose presión hora tras hora. Traficante no estaba acostumbrado al rechazo y mucho menos a ser ignorado por un artista, por muy famoso que fuera. Para un hombre de su posición, el rechazo era un insulto y el insulto exigía sangre.

 Al presentarse esa noche en el Fonte Nebleau con 15soldados y poner su arma sobre la mesa, traficante no estaba allí para escuchar música, estaba allí para hacer una declaración pública, estaba allí para demostrar quién mandaba realmente en Miami Beach. Y Frank, al detener la música y desafiarlo abiertamente, acababa de convertir un conflicto privado en un duelo de honor ante 15 testigos.

 En ese instante, ya no importaban los discos vendidos ni los premios ganados, solo quedaban dos hombres de voluntad de hierro enfrentándose en un juego donde el perdedor no solo perdería su orgullo, sino muy probablemente su vida. Mil disculpas, tiene usted toda la razón. Mi error fue cambiar el idioma durante la transcripción.

 El guion debe estar y estará completamente en español para resonar con su audiencia objetivo. Aquí está la corrección y la segunda parte de la construcción de tensión en español, siguiendo el tono y la narrativa acordados. Tres. Construcción de tensión. Primera mitad, los 4 días de desprecio. Corregido. Para comprender por qué Santo Traficante Jr.

 estaba dispuesto a arriesgar un drama público en el escenario del Fonte Nebleau, debemos revisar los cuatro días anteriores, cuando el calor y el ritmo de Miami se convirtieron en el escenario de un peligroso juego de ajedrez psicológico. La llegada de Frank Sinatra a Miami era un acontecimiento. El Fonte Nebleau, el hotel más opulento y famoso de la ciudad, era su castillo.

 Sinatra se hospedaba en la suite presidencial. The Chirman of the World había regresado y todo el mundo en la ciudad lo sabía. Lo que también se sabía era que él estaba allí en parte bajo un código no escrito. Si Las Vegas era el dominio de Hiancana, Miami era el dominio de traficante y la mafia esperaba una muestra de respeto.

 El primer contacto llegó el lunes. Sinatra estaba jugando al golf disfrutando de su descanso antes de la serie de espectáculos. Su asistente personal y amigo, George Jacobs, recibió la visita de dos hombres de traje oscuro. Eran educados, pero el mensaje era crudo. El señor traficante desea una breve reunión con Frank. Algo urgente, no más de 10 minutos.

 Esta noche a las 10 en su oficina, George, acostumbrado a tratar con los amigos de Frank, intentó ser cordial. El señor Sinatra tiene una agenda muy apretada. Si no se trata de asuntos del show, será difícil. Los hombres sonrieron, una sonrisa que no alcanzaba los ojos. Dígale a Frank que se trata de respeto y dígale que el don silencioso nunca pide dos veces.

 Jacobs corrió a ver a Sinatra casi suplicándole, Frank, es traficante. No puedes negarte. Esto no es Vegas, es Miami. Este hombre es de otra liga. ¿Qué querrá? ¿Algo sobre Cuba? ¿Alguna protección que necesite? Sinatra estaba relajado bebiendo su Jack Daniels con hielo. Escuchó el relato de Jacobs y negó con la cabeza.

 Ya te lo dije, George. No estoy aquí para reuniones de negocios. Estoy aquí para cantar. Si el don silencioso quiere hablar conmigo, que compre una entrada para la primera fila y me mande una nota como cualquier otro fan. Esta indiferencia fingida era la esencia de la arrogancia de Sinatra. No solo estaba rechazando una petición, estaba rebajando al jefe de la mafia a un simple espectador.

 El martes el desafío escaló. El mensaje esta vez no provino de un mensajero, sino de un amigo en común, un empresario local con fuertes conexiones en Cuba, que llamó a Fran directamente. Frankie, escucha, el don está furioso. Ya no se trata de la reunión, ahora se trata de la forma en que lo ha rechazado. Se siente menospreciado, cree que lo estás dejando en ridículo.

  Tienes que llamarlo. 5 minutos, Frank. Simplemente aplaca las cosas. La llamada fue tensa. El amigo trató de invocar el código de honor italoamericano que ambos compartían. La omerta, el respeto mutuo. Pero Sinatra se mostró inflexible. Dile al don silencioso que yo soy el único don en esta ciudad esta semana. Él maneja los casinos, yo manejo el escenario.

  Dile que vea el espectáculo. La negativa de Frank no era simple terquedad, era una estrategia calculada, inspirada por sus años de convivencia con la mafia. Sinatra sabía que estos hombres, por encima de todo, valoraban la fuerza y detestaban la debilidad. Si cedía a una petición de reunión que no fuera sobre su actuación, se convertiría, a los ojos de traficante en un subalterno.

 Estaría sujeto a todas las órdenes, a todos los favores, por el resto de su carrera en Miami. Sinatra estaba trazando una línea. No soy un empleado, soy una leyenda. Me respetas en mi escenario y yo te respetaré en tu ciudad. Pero esa línea de demarcación lo estaba llevando a una colisión inevitable con un hombre que no conocía la palabra ceder.

 La ciudad entera comenzó a sentir la presión. Los susurros en los pasillos del Fonte Neblea se transformaron en temores abiertos. Todos sabían que la paciencia de santo traficante se estaba agotando yla noche del miércoles se acercaba rápidamente. El jueves 15 de febrero de 1967, el ambiente en Miami Beach era denso.

 No era solo el calor sofocante de Florida, era una presión palpable que emanaba del Fonte Nebleau. Por la tarde, la noticia corrió por el personal del hotel. Santo traficante JR había reservado la mesa principal para el espectáculo de la noche. No solo la mesa, sino las tres mesas adyacentes, bloqueando la primera fila del escenario.

  En total, 16 asientos ocupados por hombres vestidos de manera sobria y severa. Esto no era un acto social, era una ocupación, una demostración de fuerza. El mensaje era claro. Si no vienes a mí, yo iré a ti. Cuando Sinatra se preparaba en su camerino, su manager, un hombre nervioso llamado Harry, irrumpió. Frank, tienes que salir por la puerta de servicio. Esto no es un juego.

Traficante está en la primera fila. Ha traído a sus mejores hombres y dicen que uno de ellos lleva algo más que un reloj de oro. Harry le suplicó que se disculpara, que enviara a George Jacobs a negociar cualquier cosa para evitar la confrontación. Pero Sinatras estaba atando la corbata de lazo, un gesto de elegancia en medio del caos inminente.

Su voz era firme. Harry, dile a la orquesta que se asegure de que la sección de metales esté a punto. Y en cuanto a esos hombres de la primera fila, que disfruten del espectáculo. Esta noche van a ver al verdadero Chirman en acción. A las 10 de la noche, Sinatra subió al escenario. La ovación fue ensordecedora, pero Frank sintió de inmediato la anomalía en el ambiente.

Había electricidad, pero era una electricidad peligrosa, no festiva. Su mirada se dirigió inmediatamente a la primera fila. Allí estaba traficante, su rostro un bloque de mármol inexpresivo. El don silencioso ni siquiera aplaudió. Sus hombres inmóviles. Era como tener un agujero negro absorbiendo toda la alegría en medio de la luz.

 Frank comenzó con una canción alegre, intentando romper el hielo, inyectar el ritmo del ratpack, pero la tensión era demasiado grande. Cada broma caía en un silencio sepulcral en la primera fila. Traficante estaba utilizando su propia actuación psicológica, la negación total de la presencia de Sinatra. Para un artista cuyo alimento es la adoración del público, esto era una tortura lenta.

Frank notó que traficante estaba moviendo la mano, haciendo gestos sutiles a sus hombres, como si estuviera dando órdenes o peor aún, como si estuviera aburrido. Para Sinatra, esta era la máxima humillación. Él no era un bufón para ser ignorado. La situación alcanzó el punto de ebullición cuando Sinatra inició una de sus canciones emblemáticas, My Way.

 Esta canción era más que una melodía, era una declaración de su vida, de su independencia, de su dominio. Mientras cantaba la estrofa, Frank se acercó al borde del escenario y fue entonces cuando vio claramente el objeto sobre la mesa. No era un gesto sutil, era un desafío deliberado. Una pistola en un lugar público frente a 15 personas.

 Traficante lo había hecho para que Frank lo viera y para que Frank entendiera que la amenaza era real, inminente y completamente descarada. El gesto de traficante con la pistola como un trofeo de caza sobre la mesa fue la gota que colmó el vaso para Sinatra. El desprecio de 4 días se había convertido en una amenaza de muerte flagrante y traficante lo estaba forzando a reaccionar.

 Si Frank se retiraba ahora, si seguía cantando o si corría, perdería su reputación, su dignidad y posiblemente su vida. El don silencioso lo habría quebrado frente a todos. Fue en ese momento preciso cuando la orquesta tocaba suavemente el puente de la canción y Frank sintió la ira legítima de un hombre que se niega a ser intimidado, que su voz se apagó, los focos lo iluminaron y se inclinó listo para un enfrentamiento que cambiaría la historia de Miami.

 El silencio en el copa room del Fonte Neblea era opresivo, más profundo que el vacío del espacio exterior. No era el silencio respetuoso que sigue un solo de piano, sino un silencio aterrado. Los 15 invitados, una mezcla de celebridades, Grandes Apostadores y la élite de Miami, se miraban unos a otros preguntándose si acababan de presenciar el último acto de Frank Sinatra.

 El vocalista, el pianista y los músicos de la orquesta se quedaron congelados, sus instrumentos a medio camino, sus ojos fijos en la interacción entre la leyenda en el escenario y el fantasma de la mafia en la mesa. Frank Sinatra no era un hombre de gran estatura, pero en ese momento proyectaba la sombra de un gigante.

 Había dejado de lado la máscara del croner encantador. Ahora era el hombre de Hoken, el niño que aprendió a pelear en la calle, el líder de la manada. Caminó los pocos pasos restantes hasta el borde mismo de la tarima. searrodilló como si se dirigiera a un amigo íntimo, pero su voz, calmada y helada resonó sin micrófono por el salón, llevando el peso de una amenaza más grande que cualquier arma.

“Señor traficante”, comenzó Frank utilizando el apellido completo con un tono de fría deferencia que solo aumentaba el desprecio. “Llevo cuatro noches en esta ciudad, cuatro noches en las que me ha enviado a sus mensajeros, a sus amigos y ahora a su juguete. He rehusado reunirme con usted porque este es mi trabajo.

 Yo les canto a estas personas. Yo soy el que trae la luz, el que trae la elegancia a este lugar. Hizo una pausa dramática mirando a traficante directamente a los ojos. Traficante no parpadeaba, su rostro permanecía impasible, pero en el fondo de sus pupilas oscuras, Frank pudo ver una chispa de interés, respeto o simplemente la paciencia de un depredador.

 Usted, continuó Sinatra, su voz subiendo un grado. Ha comprado la mesa máscara de la sala para sentarse aquí. No a disfrutar de mi talento, sino amenazar mi actuación. a perturbar el respeto que se me debe. Eso, señor traficante, es de mala educación y en mi mundo la mala educación se corrige de inmediato. Frank se puso de pie, enderezó su smoking y tomó el soporte del micrófono, levantándolo con un movimiento fluido.

 Se acercó aún más y se inclinó, el micrófono pendiendo peligrosamente cerca de la cabeza de traficante. Fue un gesto audaz, un desafío físico a la distancia. Y luego soltó la frase que selló el momento para la historia, la frase que revelaba que Sinatra era el presidente del Consejo no solo por su voz, sino por su voluntad inquebrantable.

 “Si tienes un asunto conmigo, santo”, dijo Frank, abandonando el formalismo, usando el nombre de pila como un igual, “Resuelve ese asunto ahora mismo delante de todos o guarda tu arma, deja de hacer el ridículo y permite que termine el espectáculo. Dilo ahora o cállate para siempre.” El desafío era total. Frank estaba ofreciendo a traficante la opción de matarlo en ese instante, en público o de someterse a su voluntad. Era un pulso de poder.

 La sala contuvo el aliento esperando el chasquido de un percutor o el estallido de un disparo. Los 15 hombres de traficantes se movieron inquietos en sus asientos, listos para saltar. El silencio duró una eternidad, un lapso de tiempo que se sintió como una vida entera. Los segundos se convirtieron en un juicio traficante.

 El hombre que había planeado asesinatos con la CIA y que controlaba un imperio criminal, se encontraba en una encrucijada. Si disparaba, demostraría que era un matón sin clase, arruinando su propia imagen de don. Si se retiraba humillado, su poder en Miami se debilitaría. Y entonces sucedió lo inesperado.

 Traficante miró el rostro decidido y arrogante de Sinatra, examinó la determinación inmutable en esos ojos azules y una lenta sonrisa se dibujó en su rostro. No era una sonrisa cálida, sino una mueca de reconocimiento. Retiró la pistola de la mesa con un movimiento lento y deliberado y la deslizó de nuevo en el bolsillo interior de su chaqueta.

 había aceptado el desafío de Sinatra y había reconocido a su oponente. Con la pistola fuera de la vista y la tensión rota, el público, aún conteniendo el aliento, liberó un suspiro colectivo que resonó en el salón. Frank Sinatra se quedó en el borde del escenario esperando la última palabra del don.

 Traficante se reclinó lentamente en su silla sin perder el contacto visual con Sinatra. Levantó una mano a su camarero y le hizo un gesto imperceptible. El camarero se acercó, sirvió un trago de puro escocés y traficante levantó el vaso en un brindis silencioso hacia el escenario. Luego, con una voz profunda que era inusual para el don silencioso, pero que se amplificó en la quietud de la sala, traficante habló.

 Siga cantando, Frankie. Eso es lo que mejor sabe hacer. Y añadió, con un leve, pero inconfundible tono de respeto, que era a un cumplido con la carga de la muerte, un hombre debe mantener su postura. Lo respeto, capo. Frank Sinatra asintió. No sonríó, no se regodeó, simplemente asintió en señal de reconocimiento mutuo como dos generales que acaban de firmar un tratado de paz después de un duelo.

Recogió la letra de My Way, justo donde la había dejado. Hizo un gesto a la orquesta que se lanzó con una energía nerviosa y renovada y continuó cantando. La frase tomó un significado completamente nuevo y ahora que el final se acerca, yo me enfrento al telón final.

  El resto del espectáculo fue una demostración de dominio absoluto. El público, liberado del terror aplaudió con fervor renovado, sabiendo que acababan de presenciar no solo un concierto, sino un momento de la historia. Traficante y sus hombres permanecieron hastael final del Encoré y esta vez aplaudieron, no con efusividad, sino con un ritmo firme y resonante que resonaba más fuerte que el entusiasmo de los demás. Era un aplauso de respeto.

 El verdadero final, sin embargo, ocurrió después del show. Sinatra se retiró a su camerino sintiendo el vacío de adrenalina. Jacobs estaba en un estado de catatónico. 10 minutos después llamaron a la puerta. George Jacobs palideció al abrir. Santo traficante Jr. estaba parado allí solo sin sus 15 hombres.

 ¿Puedo pasar, Fran?, preguntó traficante. Sinatra, que se estaba quitando la corbata de lazo, simplemente asintió y señaló una silla. Traficante entró sin decir palabra y se sentó. Sinatra fue el primero en hablar y bien, santo, 4 días. Tan importante era la reunión. Traficante se reclinó y cruzó las manos. Sí, era importante, pero ya no es el asunto.

 El asunto era que me habías desairado, Frank. Me habías hecho parecer débil ante mi propia gente. Y eso, capo, no se perdona en mi negocio. Yo no te desairé, replicó Sinatra. Simplemente te recordé que yo tengo mi propio negocio y mi negocio se trata de que nadie, ni siquiera tú, me diga cuándo y cómo actuar.

 Si yo hubiera ido a tu oficina el lunes, nunca habría vuelto a ser el mismo en Miami. Habría sido tu marioneta. Traficante se rió, una risa seca y ronca. Exacto, lo entendiste. La mayoría de los chicos de Hollywood no lo entienden. Creen que el dinero los protege. Pero tú sabes que la única protección es la voluntad.

 ¿Sabías que al detenerme frente a esa multitud me obligaste a elegir, matarte o dejarte vivir? Y en ese momento te ganaste mi respeto y el respeto de mis hombres. Matarte por un desaire en un escenario enfrente de 15 testigos solo me habría traído problemas. Y tú, Frank, no vales ese tipo de problema. El jefe de la mafia se levantó y se acercó a Sinatra, ofreciéndole la mano.

  Estamos bien, Frank. Has establecido tu posición. Has demostrado que tienes agallas. Lo que quieras en Miami lo tienes. Ya no hay necesidad de reuniones, pero no vuelvas a ponerme una pistola sobre la mesa de nuevo. Sinatra sonrió por primera vez en la noche, estrechando la mano de traficante con una firmeza igual a la suya.

 Gracias, Santo. Ahora, si me disculpas, necesito un trago y un poco de sueño. Mañana tengo otro espectáculo. Traficante se fue tan silencioso como había llegado. Frank Sinatra no había huído, no se había doblegado ni había muerto. Había forzado al mafioso a cambiar el desprecio por la admiración y el miedo por la cortesía.

 Al día siguiente, la historia se extendió por todo Miami, llegando a oídos de otros jefes de la mafia en Nueva York y Chicago. Frank Sinatra, de nuevo, había demostrado que no era solo un vocalista, era una fuerza de la naturaleza. Era un hombre que se negaba a ser intimidado, incluso por la propia muerte.

 Aquel enfrentamiento en el Fontainleau no fue solo un momento dramático en la carrera de Frank Sinatra, fue el crisol donde se forjó la leyenda definitiva de The Chirman of the Board. El incidente de Miami Beach se convirtió de la noche a la mañana en la historia no contada que explicaba por qué Frank Sinatra era diferente.

 No era solo un hombre talentoso, era un hombre valiente. En una época en que el crimen organizado controlaba gran parte de Las Vegas y Miami, Sinatra demostró que había un poder superior al dinero y a la violencia, el poder del carisma inquebrantable y la dignidad personal. La historia resonó profundamente en la comunidad italoamericana y latina, un público que siempre ha valorado la lealtad y el honor por encima de todo.

 Ver a un compatriota italoamericano enfrentarse a la figura más temida del AMPA y salir victorioso, no por la fuerza de las armas, sino por la pura fuerza de voluntad, elevó a Sinatra a un estatus casi mítico. Él encarnaba la idea del hombre de la vieja escuela, que no se doblega ante nadie, que maneja su propio destino y exige respeto sin tener que suplicarlo.

 Para muchos, este momento validó su admiración. Frank no era un títere de Hollywood ni de la mafia, era un líder. La dualidad de Sinatra siempre fue su fascinación. El hombre que cantaba las baladas más tiernas era también el hombre que no temía a los gansteres. Pero en Miami esa dualidad se resolvió en una sola cosa, coraje.

 Al enfrentarse a santo traficante, Sinatra no solo salvó su vida, salvó su alma, asegurando que su legado artístico nunca estaría manchado por el servilismo. Esto le permitió moverse en el mundo de la mafia, no como un subordinado, sino como un igual, una entidad respetada que tenía sus propias reglas, sus propios dominios.

 El incidente también dejó una marca en la historia de la propia mafia. Después de esa noche, muchos jefesrevisaron la forma en que interactuaban con las celebridades de primer nivel. Entendieron que figuras como Sinatra, con su nivel de fama global y apoyo público, no podían ser tratadas como simples empleados del casino. Sinatra había trazado una línea de fuego.

 Él vendía entradas, no su dignidad. El micrófono que Sinatra le ofreció a traficante se convirtió metafóricamente en el símbolo de su desafío. Era la manera en que decía, “Si quieres tomar el escenario, adelante, pero mientras yo esté aquí, yo dicto las reglas.” Y al no tomar el micrófono, al guardar el arma, santo traficante, el don silencioso, hizo un gesto que valía más que 1000 palabras, concedió la supremacía de Frank Sinatra en el reino del entretenimiento.

 Hoy en día, cuando escuchamos My Way, es imposible no recordar esa noche. La canción se convierte en la banda sonora de un hombre que, en el momento más peligroso se mantuvo firme y orgulloso. Esta historia no es solo un rumor de los bastidores de Las Vegas, es un testimonio de lo que significa tener valor inquebrantable, una lección sobre cómo defender el propio honor.

En un mundo que cambia constantemente, el legado de Frank Sinatra, un hombre que se negó a ser intimidado por el crimen organizado, permanece como un faro de la época dorada de la audacia y la clase. Así fue como Frank Sinatra demostró que se puede ser el hombre más elegante y el más temido de la sala al mismo tiempo.

 Un verdadero acto de coraje que le valió el respeto de la mafia y que nos recuerda que no importa cuán poderosos sean tus enemigos, tu voz y tu voluntad siempre son las armas más fuertes.