El Desalojo: La crueldad en su máxima expresión
La lluvia caía como mil agujas heladas sobre el techo de lámina del edificio de departamentos en la colonia Doctores,

Ciudad de México. Era una noche de diciembre de 2023 y el frío calaba hasta
los huesos. Pero el agua que caía del cielo no era nada comparada con el hielo
que habitaba en el corazón de Mónica Castellanos aquella noche. Mónica tenía 38 años, el cabello perfectamente
alisado que le costaba 1200 pesos cada mes, y uñas de acrílico decoradas con
brillantes que reflejaban la luz del pasillo como pequeños diamantes.
era la dueña del edificio de cinco pisos que había heredado de su padre dos años atrás y desde entonces se había
convertido en la casera más temida de toda la colonia. Sus tacones, Jimmy Chu,
falsos, resonaban por los pasillos como martillos anunciando su llegada. Esa
noche, Mónica subió las escaleras hasta el cuarto piso con un sobre rojo en la
mano. Rojo era el color que usaba para los avisos de desalojo. Ya había tocado
tres puertas esa semana, pero esta era especial. Esta le daría particular
satisfacción. Tocó la puerta del departamento 4B con golpes secos y
autoritarios. Abran. Sé que están ahí dentro.
Del otro lado se escuchó movimiento lento, pasos cansados. La puerta se
abrió apenas una rendija y apareció el rostro demacrado de Gabriela Ramírez, de
24 años, con 7 meses de embarazo marcados en su vientre prominente que se
asomaba bajo una blusa raída. Sus ojos estaban hinchados como si hubiera
llorado durante horas. Señora Mónica, por favor”, comenzó Gabriela con voz quebrada. “Ya le dije
que mi esposo está buscando trabajo. Le juro que en dos semanas.”
“¿Dos semanas?”, interrumpió Mónica con una risa cortante. Eso me dijiste hace
un mes, Gabriela. “Y el mes anterior llevas 4 meses sin pagar la renta
completa.” “4 meses. ¿Sabes cuánto dinero me debes?”
3500 pesos”, respondió Gabriela bajando la mirada. “Lo sé, señora, pero mi
esposo, Roberto perdió su trabajo en la construcción cuando se lastimó la espalda. Estamos haciendo lo que
podemos. Yo trabajo limpiando casas, pero con el embarazo ya nadie me quiere contratar.” Mónica miró el vientre
abultado de Gabriela con desprecio evidente. Para ella, el embarazo de esa mujer no era más que una excusa, otra
boca inútil que alimentar en un mundo que ya tenía demasiadas bocas inútiles.
“No me importan tus problemas personales”, dijo Mónica con frialdad. “Decidiste tener un hijo sin tener con
qué mantenerlo. Eso no es mi problema, es tuyo,
señora, por favor. Gabriela juntó las manos como si estuviera rezando. Solo
necesito un poco más de tiempo. Mi mamá me va a prestar dinero la próxima semana. Se lo juro por Dios. No jures en
vano, replicó Mónica. Y no me vengas con cuentos de mamás y préstamos. Ya te di
demasiadas oportunidades. Esta es una propiedad privada, no un albergue de caridad. Detrás de Gabriela, en la
penumbra del departamento, se escuchó la voz débil de Roberto Méndez, 32 años,
tratando de levantarse del sillón donde había estado acostado por el dolor de espalda. Señora Castellanos, dijo
Roberto apareciendo en la puerta doblado de dolor. Yo puedo hacer trabajos de
mantenimiento en el edificio, pintura, plomería, lo que sea. Puedo pagarle con
trabajo. Mónica lo miró de arriba a abajo con desdén. Tú en ese estado. No
me hagas reír. No necesito un inválido trabajando en mi propiedad. Lo que necesito es mi dinero. El silencio que
siguió fue interrumpido solo por el tamborileo de la lluvia en las ventanas.
Mónica extendió el sobre rojo. Tienen hasta el viernes a mediodía para desocupar el departamento. Si para las
12 del día no están fuera con todas sus cosas, llamaré a la policía y los sacaré por la fuerza. Y no esperen recuperar su
depósito. Lo voy a usar para cubrir parte de lo que me deben.
Pero ese depósito son 2,000 pesos, exclamó Gabriela. Es todo lo que tenemos
para para nada, interrumpió Mónica. Porque ya no lo tienen. Considéralo mi
compensación por los meses que me robaste. Gabriela comenzó a llorar en silencio. Las lágrimas rodaban por sus
mejillas sin que ella hiciera ningún esfuerzo por detenerlas. Señora, por favor, no tenemos a dónde
Está lloviendo. Hace frío. Estoy embarazada de 7 meses.
Debiste pensar en eso antes de no pagar tu renta? Dijo Mónica guardando el sobre
en su bolsa Louis Witon falsa. El viernes a mediodía. Ni un minuto más.
Mónica dio media vuelta y comenzó a bajar las escaleras. Sus tacones resonaban victoriosos por el edificio.
Pero cuando llegó al tercer piso, escuchó una voz detrás de ella. Era
Gabriela, que había salido de su departamento y estaba en el rellano superior. ¿Por qué? Preguntó Gabriela
con voz temblorosa. Porque es así. Mi esposo y yo somos buenas personas.
Pagamos cuando pudimos, nunca le causamos problemas. ¿Por qué no tiene piedad? Mónica se detuvo y volteó
lentamente. Una sonrisa fría se dibujó en su rostro. “Piedad”, repitió con
desprecio. “La piedad es para los débiles. Yo trabajé duro para tener lo que tengo. Mi padre construyó este
edificio con su sudor. Ustedes, los pobres, siempre quieren que les regalemos todo. Siempre con las manos
extendidas esperando limosna. Pues que quede claro, esto no es una casa de caridad, es un negocio. Dios la va a
castigar, susurró Gabriela. Mónica soltó una carcajada que retumbó en las paredes
del edificio. Dios dijo con burla, ¿dónde está tu Dios ahora, Gabriela?
¿Por qué no te manda dinero del cielo si tanto reza? Yo no creo en cuentos de hadas, creo en lo que veo. Dinero,
propiedades, cosas reales. Tu Dios no paga rentas.
Gabriela se llevó una mano al vientre como protegiendo a su bebé no nato de las palabras venenosas.
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