Órale, compadre, siéntate bien, porque lo que vas a escuchar hoy no es un cuento de esos que se olvidan. Es una

leyenda que se cuenta desde hace más de 100 años en los rincones más oscuros de Durango, donde el viento del desierto

arrastra secretos que la historia oficial nunca quiso recordar. Año de 1914.

La barca, un pueblito perdido en las entrañas de Durango, donde el sol castiga sin piedad. Y la tierra es tan

seca que hasta los escorpiones buscan sombra. Ahí, en medio de la nada, se

levantaba la hacienda El Rosario, un palacio de adobe y sangre construido

sobre el sudor de generaciones de campesinos que nunca conocieron la palabra libertad.

Y en ese palacio del infierno vivía un demonio con nombre y apellido, don

Rodrigo Santillán. Déjame pintarte a este hijo de la chingada para que lo veas claro como yo lo veo. Rodrigo

Santillán tenía 60 años de pura maldad concentrada, alto, flaco como rama seca,

con una cicatriz que le cruzaba desde la ceja derecha hasta la comisura de los labios, regalo de un peón que intentó

defenderse años atrás y que nunca volvió a ver el amanecer. Sus ojos, compadre, eran dos pozos

negros sin fondo, vacíos de cualquier rastro de humanidad. Vestía siempre de

negro, como enterrador, con sombrero de fieltro que proyectaba sombra permanente

sobre su rostro de calavera viviente. Sus manos, largas, huesudas, manchadas

con lunares de la edad, habían golpeado a más hombres de los que podía contar. Y

su voz, grave y rasposa como piedra contra piedra, pronunciaba sentencias de

muerte con la misma frialdad con que otros piden café. Pero lo que hacía verdaderamente peligroso a Santillan no

era su crueldad, era su delirio. Este cabrón se creía enviado de Dios. Leía la

Biblia todos los días en voz alta desde el balcón de la hacienda, citando versículos mientras sus peones

trabajaban 18 horas bajo el sol asesino. “Yo soy el pastor de este rebaño”,

decía. Yo soy quien disciplina a estos indios flojos que Dios puso en mis manos para

civilizarlos. Cuatro generaciones de Santillanes habían gobernado esas tierras como reyes

absolutos. cuatro generaciones de terror. El abuelo de Rodrigo marcaba a

los peones con fierro caliente como ganado. Su padre los vendía a minas de plata donde morían en túneles sin luz. Y

Rodrigo Rodrigo perfeccionó el arte de la crueldad. Inventó castigos que ni el

mismo [ __ ] habría imaginado. Su crimen favorito, la crucifixión. Sí, compadre.

Como Cristo, como los romanos, Santillán tenía cruces de madera de diferentes

tamaños, guardadas en un cobertizo detrás de la capilla de la hacienda. Cruces para hombres adultos, cruces más

pequeñas para jóvenes, cruces que había usado tantas veces que la madera estaba

manchada con sangre seca que ni la lluvia podía limpiar. Y ese día, ese

maldito día de agosto de 1914, Rodrigo Santillán decidió crucificar a

su propio capataz, Tomás Rivas, hombre de 40 años, padre de tres niños, esposo

de Luz María, un hombre bueno en un mundo podrido. Trabajaba para Santillán

desde los 14 años. Conocía cada metro de esas tierras malditas. Jamás robó un

centavo. Jamás faltó al respeto. Cumplía órdenes sin chistar. Pero cometió un

pecado imperdonable a los ojos del patrón. Les enseñó a leer a los peones. En secreto, por las noches, después de

jornadas que destrozaban el cuerpo, Tomás reunía a cinco o seis campesinos

en un rincón oscuro del granero. Sacaba un libro viejo y gastado, el único libro

que tenía, una Biblia heredada de su madre, y les enseñaba las letras, les

enseñaba a escribir sus nombres en la tierra. les enseñaba que existían palabras como derecho, dignidad,

justicia. Y Santillan lo descubrió. El patrón esperó, planeó, porque para un

sádico como él, la venganza tiene que ser pública, tiene que ser lección,

tiene que quemar la esperanza en el alma de todos los que vean. Esa mañana de agosto, Santillán mandó llamar a Tomás

al patio principal. Ahí estaban las cruces. Ahí estaban los clavos, ahí

estaba el miedo hecho madera y hierro. Por traidor, dijo Santillán con voz de

juez divino, por enseñarle a leer a mis animales, por hacerles creer que son iguales a ti, por llenarles la cabeza de

ideas que los alejan de Dios y del trabajo. Y mientras Tomás suplicaba por

su vida, mientras su esposa gritaba amarrada a un poste, mientras sus hijos lloraban escondidos detrás de un muro de

adobe, Rodrigo Santillán ordenó a cuatro de sus hombres que clavaran a Tomás Rivas en esa cruz [ __ ]

Pero aquí viene lo peor, compadre, lo que convierte esta historia en pesadilla

eterna. Santian no solo lo crucificó, decidió quemarlo vivo. Apiló libros bajo

los pies de Tomás, los mismos libros que el capataz usaba para enseñar, biblias

viejas, cartillas, cuadernos con letras temblorosas de campesinos, aprendiendo a

escribir papá, mamá, México. Los apiló como leña de hoguera.

Y mientras el sol del desierto caía como plomo derretido, mientras el silencio del miedo envolvía todo, Rodrigo

Santillán, ese monstruo con Biblia en mano, caminó hacia la cruz con una

antorcha encendida. Como Judas traicionó a Cristo, dijo el patrón con voz de

sermón, tú me traicionaste a mí y como Judas ardió en el infierno, tú arderás

aquí. prendió fuego a los libros. Las llamas empezaron a subir. El olor a

papel quemado llenó el aire. Luego el olor a tela. Luego el olor a carne

humana ardiendo. Tomás Rivas gritó. Un grito que rajó el cielo. Un grito que

hizo temblar las paredes de adobe de la hacienda. Un grito que llegó hasta donde tenía que llegar. Porque a exactamente

500 m de ahí, cabalgando hacia la barca desde el norte, venía un hombre que el

desierto mismo respetaba. Pancho Villa. El centauro del norte escuchó ese grito y su mandíbula se

tensó como piedra. Sus ojos, esos ojos que habían visto mil batallas, se

encendieron con un fuego que ninguna antorcha podría igualar. Rodolfo Fierro,