¿Te has preguntado alguna vez, compadre, qué se siente cuando un hombre sin alma
desafía la justicia del desierto? Cuando un coronel federal, gordo como cerdo de
hacienda y cruel como víbora del monte, cree que su uniforme lo protege de la
venganza que viene cabalgando desde el norte. En 1916,

en los llanos polvorientos de Chihuahua, había un coronel que se hacía llamar Sebastián Herrera, un hijo de la
chingada con bigote engomado, barriga cervecera y ojos de rata muerta. Este
cabrón llevaba el uniforme federal como si fuera armadura divina, creyendo que
podía hacer lo que se le diera la gana con la gente honesta del pueblo. Dale
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compadre más revolucionario y comenta desde qué ciudad nos ves, porque esta
historia tiene que llegar a todo México, [ __ ] El coronel Herrera cometió un
crimen imperdonable, un acto tan brutal, tan cobarde, tan sin madre, que despertó
algo en el desierto, algo que cabalgaba con sombrero tejano, bigote espeso y
mauser en la mano, algo que los federales conocían como su peor pesadilla, Pancho Villa. Y cuando el
centauro del norte se enteró de lo que había hecho ese coronel maldito, juró por la Virgen de Guadalupe y por las
ánimas benditas que ese federal iba a conocer el infierno en vida. Villa no
era hombre de amenazas vacías, compadre, era hombre de promesas cumplidas. Lo que
vas a escuchar hoy no es cuento de cantina ni exageración de borrachos. Es
la leyenda verdadera de cómo Pancho Villa, con puro valor y estrategia,
enfrentó a 30 federales armados hasta los dientes y los mandó directo al otro
mundo, de cómo un coronel que se creía muy chingón terminó llorando como niño
perdido, suplicando por una misericordia que ya no merecía, porque en el norte de
México, compadre, la justicia no llegaba en carruaje del gobierno, llegaba a
caballo y con Winchester en la mano. Sebastián Herrera era el tipo de hombre que México no necesitaba, pero siempre
tenía en abundancia. Coronel federal por palancas, no por valor. Hijo de
hacendado rico, que había comprado su grado militar como quien compra ganado en el mercado. Un cobarde con poder, que
es la peor clase de bestia que puede existir. Este cabrón había llegado a San
Pedro de las Cuevas con una misión específica del gobierno carrancista.
acabar con los simpatizantes villistas en la región. Pero Herrera interpretó sus órdenes a su manera, como hacen
todos los hijos de perra, que confunden autoridad con licencia para hacer el mal. Era un día de octubre, el sol
pegaba como martillo en yunque y el polvo del desierto se metía en los pulmones como arena fina. El coronel
Herrera había establecido su cuartel general en la casa más grande del pueblo, por supuesto, no en cualquier
casa, sino en la de don Aurelio Mendoza, un comerciante honesto que había tenido
la mala suerte de ser próspero en tiempos de revolución. Don Aurelio era hombre de palabra, de esos que pagaban
sus deudas y ayudaban al necesitado. Tenía 58 años, cabello canoso como plata
y manos callosas por el trabajo honrado. Había levantado su negocio de la nada,
vendiendo provisiones a los rancheros de la región. Un hombre respetado, de esos
que saludaban quitándose el sombrero y que nunca le habían hecho mal a nadie.
Pero para el coronel Herrera, don Aurelio representaba todo lo que odiaba. La prosperidad ganada con esfuerzo, el
respeto ganado sin uniforme, la dignidad que él jamás había conocido. La mañana
del crimen. Herrera despertó con el hígado podrido por el tequila de la noche anterior y el alma más negra que
sus botas militares. Sus 30 soldados federales estaban acampados en la plaza
del pueblo, intimidando a la gente honesta con sus uniformes sucios y sus
rifles mal cuidados. Don Aurelio había cometido el pecado de negarse a entregar
todas sus provisiones gratuitamente al coronel, no porque fuera codicioso, sino porque sabía que esas provisiones eran
el sustento de las familias del pueblo. Un hombre honesto defendiendo a su
gente. Mire, coronel, le había dicho don Aurelio con la voz firme, pero respetuosa, yo respeto la autoridad,
pero también tengo compromisos con mi gente. Puedo darle la mitad de las provisiones, pero la otra mitad es para
las familias que dependen de mí. Error fatal, compadre. Error que le costaría todo. El coronel Herrera se puso rojo
como chile piquín. Su ego de macho mediocre no podía soportar que un simple
comerciante le pusiera condiciones. Para hombres como él, cualquier límite a su
capricho era una ofensa personal. ¿Sabes quién soy yo, [ __ ] viejo terco?, gritó
Herrera escupiendo saliva como perro rabioso. Yo soy la ley en este pueblo de
[ __ ] Don Aurelio mantuvo la compostura, como hacen los hombres que tienen honor en las venas en lugar de
veneno. Coronel, no le falto al respeto. Solo pido que comprenda que el primer
golpe llegó sin aviso. La mano del coronel se estrelló contra la mejilla del anciano como látigo contra cuero.
Don Aurelio trastabilló, pero no cayó. Los hombres de verdad no caen fácil, compadre. A ver si así entiendes,
cabrón. Rugió Herrera. Pero la humillación no había terminado, nada más
estaba empezando. El coronel llamó a cuatro de sus soldados. Cuatro cobardes armados contra un hombre de 58 años
desarmado. Números de valientes, ¿verdad? Agarren a este viejo [ __ ]
ordenó Herrera con una sonrisa que helaba la sangre. Vamos a enseñarle quién manda aquí. Lo que siguió fue una
exhibición de cobardía que habría hecho vomitar al mismísimo [ __ ] Amarraron a
don Aurelio a un poste en medio de la plaza, bajo el sol que castigaba como hierro al rojo vivo. Y ahí, delante de
todo el pueblo, delante de su esposa, delante de sus hijos, comenzaron el
ritual de humillación. Primero fueron los golpes, puños de cobardes contra un
hombre amarrado. Don Aurelio sangraba por la boca. Tenía los ojos hinchados
como pelotas, pero no gritaba. Los hombres de honor no gritan, compadre.
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