regresó a la casa de su abuela, decidida a destruirla, pero encontró al apache

más temido del territorio refugiado ahí cargando un bebé moribundo.

Cuando él alzó la mirada y pidió leche, ninguno de los dos imaginaba que ese

encuentro cambiaría sus mundos para siempre. Hola, mi querido amigo. Soy

Ricardo Rodríguez, el narrador de sueños y destinos. Antes de comenzar, te invito

a suscribirte a nuestro canal. y cuéntame desde qué ciudad nos estás

viendo. Un fuerte abrazo y disfruta la historia. El polvo levantado por el

viento de octubre se adhería a la piel de Isabel Rojas como si fuera parte de su propio cansancio.

Entraba por cada grieta de la ropa, se metía entre los dedos, se pegaba al

sudor que nunca terminaba de secarse bajo el sol implacable. No era joven ni

frágil, aunque tampoco había cumplido aún 30 años. Había algo en sus ojos

oscuros que hablaba de años vividos con el peso multiplicado, de noche sin

dormir contando números que no cuadraban, de mañanas levantándose antes

del alba, porque el trabajo no esperaba. Era el tipo de mujer que la tierra del

norte de Sonora forjaba a golpes, práctica, terca, con manos curtidas por

el trabajo y una mirada que había aprendido a no esperar demasiado de nadie.

Su rancho, si podía llamarse así, consistía en unas cuantas cabezas de

ganado flaco, un pedazo de tierra que apenas daba para comer y una casa de

adobe que se sostenía más por costumbre que por fortaleza. Las paredes mostraban

grietas que Isabel no tenía tiempo ni dinero para reparar. El techo perdía agua cuando llovía, cosa que ocurría

cada vez menos. El pozo se iba secando lentamente, día a día, recordándole que

incluso el agua tenía precio en esa tierra seca. Lo que verdaderamente la mantenía despierta por las noches no era

el hambre ni la sequía, era la deuda, una sombra de números que su padre había

dejado al morir, junto con un nombre fácil de presionar y una reputación que

Silas Bird, el comerciante más próspero de la región, sabía usar como cuerda al

cuello. Bird no necesitaba pistolas para controlar a gente como Isabel. Le

bastaba un libro de cuentas, dos hombres a sueldo y la amistad del sherifff.

Isabel conocía el trato que Bert le ofrecía, quitar una parte de la deuda a

cambio de algo específico. Bert quería que destruyera una casa vieja abandonada

que estaba en un terreno cercado por leyendas y por un pasado que nadie en la

región quería tocar. La gente del pueblo hablaba de ese lugar en voz baja, más

por superstición que por respeto. Isabel había evitado ese rancho desde la

juventud. Algo en ese lugar le removía el pecho, pero no podía darse el lujo de

rechazar el único camino que tenía para librarse de Bert y del sherifff, que

hacía cumplir lo que Bert decía que era ley. Decidió ir, no por esperanza, sino

por necesidad. Si derribaba las paredes y quemaba lo que quedara, el terreno sería solo

tierra sin memoria. Podría volver a su rancho antes de que cayera la noche y cerrar ese capítulo

que dolía sin saber bien por qué. Llegó al mediodía con herramientas,

determinación y una mezcla de rabia contenida contra todo lo que la vida le

había quitado sin preguntar. El sol caía vertical sobre su cabeza,

sin sombra que diera respiro. El calor hacía que el aire temblara sobre la

tierra seca, distorsionando la imagen de la casa a la distancia. A medida que se

acercaba, Isabel notaba detalles que la memoria había suavizado. Las paredes de

adobe agrietadas pero firmes, las ventanas tapeadas con tablas viejas, el

techo de vigas oscurecidas por el tiempo. La casa estaba más firme de lo

que esperaba. La puerta no cedió de primera. Alguien la había reforzado desde adentro. El metal de las bisagras,

oxidado pero funcional, chirriaba cuando Isabel empujaba. Tuvo que usar todo su

peso apoyando el hombro contra la madera hinchada por la humedad atrapada.

Finalmente se dio con un crujido que resonó en el silencio de mediodía.

Isabel forzó la entrada, preparada para encontrar ratas y madera podrida. El

olor que la recibió era complejo, humo viejo, hierbas secas, algo animal, pero

no desagradable. Sus ojos tardaron en ajustarse a la penumbra del interior. La

luz del sol se filtraba en rayos delgados por las rendijas de las ventanas tapeadas, levantando polvo en

el aire quieto. Encontró otra cosa. Alguien vivía ahí. No era un campamento

de paso. La evidencia estaba por todas partes. Utensilios ordenados cerca de un

círculo de piedras donde se había hecho fuego. Provisiones guardadas con cuidado

en bolsas de tela, hierbas colgadas para secar de una viga alta, líneas de pesca

enrolladas con precisión, trampas simples, pero bien hechas apiladas en

una esquina. Todo indicaba a alguien acostumbrado a sobrevivir sin llamar la atención,

alguien que sabía vivir con lo mínimo, pero vivir bien. El choque real vino

después. Del fondo del cuarto salió un hombre alto de postura rígida, con

mirada entrenada para medir amenazas en segundos. Isabel lo reconoció por el

nombre que los vecinos usaban como amenaza para niños desobedientes.

Takuna. El apache más temido, el que supuestamente dejaba rastros de muerte

por donde pasaba, no estaba solo. Dos niños, flacos y cansados se encogían

junto a él como si el cuerpo del hombre fuera la única pared confiable de esa casa vieja. La presencia de los niños

descolocó algo en Isabel. Si Takuna fuera solo el monstruo que las historias