Quítate de mi vista, tú y ese bastardo que llevas dentro. Las palabras de
Alejandro resonaron en la plaza de Cataluña como un latigazo. Sofía sintió
que el suelo se movía bajo sus pies o quizás era el mareo del embarazo
mezclado con la incredulidad absoluta. Su esposo, el hombre con quien había
compartido 5 años de matrimonio, acababa de sacar sus maletas del Mercedes negro.

y las había arrojado literalmente a la acera frente a cientos de turistas que
ahora tenían sus teléfonos apuntando hacia ellos. “Ale, por favor, estoy de 7
meses.” Sofía intentó acercarse, pero él retrocedió como si su contacto lo
quemara. “Debiste pensarlo antes de arruinar mi vida con tu embarazo no
planificado. ¿Creías que iba a sacrificar mi futuro por un error?
Alejandro se ajustó su reloj Rolex, ese que Sofía le había regalado en su
aniversario. Valentina me está esperando. Ella sí entiende lo que necesito. Ella no me
atrapa con bebés. El nombre cayó como veneno. Valentina, su mejor amiga desde
la universidad o lo que ella había creído que era su mejor amiga.
Alejandro, todo lo que tengo está en tu nombre. La casa, las cuentas, ¿cómo voy
a Ese? Ya no es mi problema, cariño. La sonrisa cínica que dibujó en su rostro
era la de un desconocido. Ah, y no intentes llamarme. Cambié mi
número. Mis abogados se pondrán en contacto contigo eventualmente.
Subió al auto y arrancó, dejando una estela de humo del escape y el olor a
perfume caro. Sofía se quedó paralizada, rodeada de sus maletas desparramadas.
sintiendo como su bebé pateaba dentro de ella ajeno al desastre que acababa de
convertirse su vida. La multitud comenzó a dispersarse. Las miradas de lástima eran peor que las
grabaciones. Una señora mayor negó con la cabeza mientras pasaba. Dos turistas
susurraban en inglés. Nadie se detuvo. Nadie preguntó si estaba bien. Sofía
intentó levantar una de sus maletas, pero el peso combinado con su embarazo avanzado hizo que perdiera el
equilibrio. Cayó de rodilla sobre el pavimento caliente de Julio, sintiendo
un dolor agudo atravesar su vientre. No, no, ahora, por favor, no ahora, mamá,
mira, esa señora se cayó. La voz infantil cortó el murmullo urbano. Sofía
levantó la vista y vio a una niña de unos 8 años corriendo hacia ella, su
coleta castaña rebotando con cada paso. Detrás venía un hombre joven, 30 y pocos
quizás, con una expresión de genuina preocupación que contrastaba brutalmente
con la indiferencia colectiva que la rodeaba. Martina, espera. El hombre
llegó junto a la niña y se arrodilló frente a Sofía. Sus ojos verdes la
estudiaron con una mezcla de alarma y compasión. Señora, ¿está bien? ¿Necesita que
llamemos a una ambulancia? Sofía intentó hablar, pero solo salió un sollozo. El
dolor en su vientre se intensificaba. El hombre pareció entender inmediatamente.
Martina, llama al 112. Diles que necesitamos una ambulancia en Plaza de
Cataluña. Mujer embarazada, posible emergencia. Su voz era firme, pero
tranquilizadora. Se volvió hacia Sofía. Respire conmigo. ¿De acuerdo? Así.
Despacio. Mi bebé. Fue todo lo que Sofía pudo articular. Su bebé va a estar bien.
Usted va a estar bien. El hombre tomó su mano sin dudar. Soy Mateo, para médico
fuera de servicio. ¿Puede decirme su nombre? Sofía. Me llamo Sofía. Muy bien,
Sofía. ¿De cuántos meses está? Siete. Casi ocho. Mateo asintió evaluándola con
ojo profesional. El dolor es constante o viene en oleadas.
Viene y va. Otro calambre atravesó su abdomen y Sofía gritó apretando la mano de aquel
desconocido como si fuera su única conexión con la cordura. “Papá, ya
vienen”, dijeron 5 minutos. Martina se arrodilló al otro lado de Sofía, tomando
su otra mano con una ternura que hizo que las lágrimas brotaran de nuevo. “No
llores, señora. Mi papá es el mejor.” Una vez salvó a un señor que se estaba
ahogando en la Barceloneta. Martina, no es momento para historias.
Pero Mateo sonrió suavemente y Sofía se dio cuenta de que estaba intentando
mantenerla tranquila, distraída. “¿Hay alguien a quien podamos llamar?” “¿Su
esposo, familia?”, preguntó Mateo, mirando las maletas dispersas alrededor
de ellos. La pregunta simple destruyó el frágil control que Sofía había logrado
reunir. Las lágrimas ahora eran un torrente. Mi esposo, él me dejó aquí
hace 5 minutos. Las palabras sonaban surrealistas, incluso para ella. Todo
está a su nombre. No tengo nada. Nadie. Mateo y Martina intercambiaron una
mirada que Sofía no pudo descifrar. Furia. Cruzó brevemente el rostro de él,
pero fue reemplazada rápidamente por determinación. “Tiene razón en una cosa”, dijo Mateo,
su voz ahora cargada con una fiereza protectora que Sofía no esperaba de un extraño. “No tiene a ese imbécil, pero
ahora nos tiene a nosotros.” A lo lejos, las sirenas comenzaron a sonar. 6 horas
después, Sofía despertó en una cama de hospital del Hospital Clinic. La luz
tenue de la tarde se filtraba por las persianas. Por un momento olvidó dónde
estaba, por qué estaba allí. Entonces todo regresó como una avalancha. Su mano
voló instintivamente a su vientre. seguía ahí redondeado, vivo. Tu bebé
está bien. Sofía giró la cabeza bruscamente. Mateo estaba sentado en una
silla junto a la ventana con Martina dormida en su regazo, usando su chaqueta
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