¿Qué harías si en tu cita aiegas se te acercara una mujer sencilla y te dijera,

“Disculpe, traje a mi mamá.” La mayoría de los hombres saldrían corriendo sin pensarlo dos veces. Pero Eduardo, un

empresario exitoso de Monterrey, que había dejado de creer en el amor, hizo algo que nadie esperaba. Esta es la

historia de cómo un simple acto de bondad y empatía puede transformarlo todo. Quédate hasta el final porque lo

que este hombre decidió hacer te dejará completamente sin palabras y te hará

creer nuevamente en el amor genuino. Eduardo apagó la computadora y miró el

reloj en su oficina del centro de Monterrey. Eran las 9 de la noche de un martes cualquiera y una vez más se

encontraba solo entre papeles y contratos. A sus 37 años había construido un imperio en el sector de

tecnología, pero su vida personal era un desierto vacío. Las relaciones habían

quedado en segundo plano hace tanto tiempo que ya ni recordaba cuándo fue la última vez que salió con alguien de

verdad. Su teléfono vibró sobre el escritorio y apareció el nombre de Javier, su amigo, desde la primaria.

contestó esperando la charla de siempre, pero Javier tenía otros planes. Te conseguí una cita, compadre. No me digas

que no. Eduardo suspiró cansado. Ya sabes que no tengo tiempo para eso. Pero

Javier insistió con una voz que no aceptaba negativas. Esta vez es diferente. Te lo juro por mi

madre. Conocí a una chava increíble y sé que es perfecta para ti. Eduardo había

escuchado eso antes, demasiadas veces y siempre terminaba en lo mismo. Conversaciones forzadas con mujeres que

solo veían su cuenta bancaria. El amor para él se había convertido en algo

abstracto, casi irreal, algo que veía en películas, pero que no existía en su mundo. Sin embargo, algo en la voz de su

amigo lo hizo dudar. Javier nunca había sonado tan convencido. Después de media

hora de insistencia, Eduardo finalmente se dio. Está bien, está bien, pero si es

otra de esas niñas fresas que solo quieren un Sugar Daddy, te juro que no te vuelvo a hablar. Javier soltó una

carcajada del otro lado de la línea. Te lo prometo, hermano. Esta es diferente.

Tiene valores, tiene corazón. Solo dame esta oportunidad. Eduardo aceptó con

resignación. más por quitarse a Javier de encima que por verdadera esperanza.

Quedaron que el encuentro sería el viernes por la noche en uno de los restaurantes más elegantes de San Pedro

Garza García. Cuando colgó, Eduardo se quedó mirando la ciudad iluminada a

través del ventanal de su oficina. Se preguntó cuándo había dejado de creer en el amor, en qué momento había decidido

que el trabajo era suficiente para llenar su existencia. recordó a su madre, fallecida cuando él apenas tenía

18 años y como ella siempre le decía que el dinero nunca calentaría su cama ni

secaría sus lágrimas. Había pasado casi 20 años demostrándole al mundo que podía

triunfar solo, pero en el fondo sabía que algo faltaba. Esa noche, mientras

manejaba hacia su departamento vacío en la zona más exclusiva de Monterrey, sintió un pequeño cosquilleo de

curiosidad que hacía años no experimentaba. Los días siguientes transcurrieron en la

rutina habitual de juntas, negociaciones y decisiones empresariales.

Eduardo era respetado y admirado en el mundo de los negocios, pero nadie conocía realmente al hombre detrás del

traje impecable. Sus empleados lo veían como alguien justo pero distante,

exitoso pero solitario. El jueves por la noche, mientras revisaba correos en su

estudio, su teléfono volvió a sonar. Era Javier otra vez, recordándole la cita

del día siguiente. No se te ocurra fallar, compadre. Ya hablé con Camila y

está muy emocionada. Eduardo sintió una punzada de nerviosismo que no experimentaba desde la adolescencia.

¿Cómo se llama? dijiste, “Camila,” respondió Javier con entusiasmo, “tiene

28 años, es enfermera y créeme cuando te digo que es de las buenas. No anda

buscando billetera, anda buscando compañero. Eduardo anotó mentalmente

esos detalles. Una enfermera, alguien que cuidaba a otros, alguien con un

propósito más allá del dinero. Eso ya era diferente a las últimas citas que había tenido. Quizás Javier tenía razón

esta vez. Quizás valía la pena darle una oportunidad real a esto. El viernes

amaneció con un cielo despejado sobre Monterrey y Eduardo se descubrió pensando en la cita más veces de las que

quería admitir. Durante una junta importante con inversionistas japoneses, su mente divagó imaginando cómo sería

esa tal Camila. ¿Sería tímida o extrovertida? ¿Tendría esa mirada

calculadora que tanto detestaba o algo genuino en sus ojos? A las 6 de la tarde

llegó a su departamento y se dio cuenta de que no sabía qué ponerse. Hacía tanto

que no se arreglaba para impresionar a alguien que se sintió ridículo frente al closet lleno de trajes ejecutivos.

Finalmente optó por algo más casual elegante, pantalones de vestir oscuros y

una camisa sin corbata. Se miró al espejo y vio a un hombre que había olvidado cómo sonreír con naturalidad.

Mientras se ponía un poco de loción, pensó en su madre nuevamente. Ella habría estado feliz de verlo

intentándolo otra vez, de verlo abriendo su corazón, aunque fuera solo una rendija. A las 8 en punto subió a su

camioneta y manejó hacia el restaurante con el corazón latiendo más rápido de lo normal. No tenía idea de que esa noche

cambiaría su vida para siempre. El tráfico de viernes en San Pedro estaba pesado, pero Eduardo llegó al

restaurante 5 minutos antes de las 9. Era un lugar sofisticado con vista a la

montaña, iluminado con luces cálidas y decorado con un gusto impecable. El

balet tomó sus llaves mientras él respiraba profundo y se preparaba mentalmente.

Javier le había enviado una foto de Camila para que pudiera reconocerla y Eduardo la había visto brevemente. Una

chica de apariencia sencilla, con una sonrisa tímida y ojos que parecían amables. Nada que ver con las modelos de

pasarela que algunos de sus socios presumían. Entró al restaurante y le dio

su nombre al anfitrión. Su reservación estaba lista, una mesa discreta junto a

la ventana. El mesero lo guió hasta allá y Eduardo se sentó pidiendo un whisky

para calmar los nervios. Miró su reloj las 9:05. Seguramente ella llegaría en