Hay historias que el desierto guarda como secretos enterrados bajo la arena.

Hay crímenes tan brutales que ni el sol abrasador puede quemar su memoria. Y hay

venganzas tan perfectas, tan poéticas, tan justas, que se convierten en

leyendas eternas que pasan de abuelo a nieto, de fogata en fogata, de cantina

en cantina, hasta que todo México conoce el nombre del villano y el nombre del

héroe que lo hizo pagar. Esta es una de esas historias, compadre, y te advierto

desde ahorita, lo que vas a escuchar no es para corazones débiles, porque esta

leyenda tiene sangre, tiene fuego, tiene lágrimas de novia y tiene la justicia

más brutal que Pancho Villa jamás ejecutó en toda la Revolución Mexicana.

Antes de seguir, compadre, si quieres saber cómo terminó este desmadre, dale like a este video ahorita mismo,

suscríbete al canal y comenta desde qué ciudad nos estás viendo, porque lo que

viene está tan cabrón que vas a querer compartirlo con todos tus compas. No

seas codo con el like. Ese el año era 1914.

La revolución ardía en cada rincón de México como fuego en pastizal seco. En

el sur, Emiliano Zapata defendía la tierra con machete y rifle. En el norte,

Pancho Villa cabalgaba como centauro imparable, repartiendo justicia a

quienes la ley del gobierno nunca alcanzaba. Pero en un pueblito perdido del estado de Chihuahua, un lugar tan

pequeño que ni siquiera aparecía en los mapas militares, vivía un demonio con

uniforme federal. Su nombre era coronel Jesús Salazar. Déjame pintarte quién era

este hijo de la chingada, compadre, porque necesitas conocer bien a este cabrón para entender por qué su castigo

tuvo que ser tan brutal, tan perfecto, tan memorable, que hasta el día de hoy

se cuenta en las cantinas del norte. El coronel Salazar medía casi 2 metros de

altura, corpulento como toro de lidia, con bigote negro y espeso que le cubría

medio rostro, cicatriz profunda en la mejilla izquierda que le daba aspecto de

criminal, aunque trajera el uniforme del ejército federal, ojos pequeños,

hundidos, oscuros como pozos sin fondo. cuando sonreía y créeme que sonreía

seguido, mostraba dientes de oro que había mandado hacer con el oro robado a

las familias que saqueaba. Salazar era de esos hombres que la revolución había

convertido en monstruos. O tal vez ya era monstruo desde antes y la revolución

simplemente le dio el poder y las armas para demostrarlo. Comandaba una

guarnición de 80 federales en ese pueblo olvidado. Y digo olvidado porque ni

siquiera Porfirio Díaz había puesto atención en él durante sus 30 años de

dictadura. Era un lugar de campesinos pobres, de tierra árida, de calor que

mataba en verano y frío que mataba en invierno. Pero para el coronel Salazar,

ese pueblo era su reino personal, su feudo, su territorio donde él era Dios,

juez, verdugo y demonio. Todo al mismo tiempo. Durante dos años ese cabrón

había aterrorizado al pueblo completo. Robaba cosechas a los campesinos y las

vendía en su beneficio. Violaba a las mujeres jóvenes cuando se le antojaba y

sus soldados hacían lo mismo sin consecuencia alguna. fusilaba a

cualquier hombre que lo mirara de manera irrespetuosa. Quem ranchos completos si

alguien se atrevía a quejarse. El pueblo vivía en terror constante. Los hombres

bajaban la mirada cuando Salazar pasaba. Las madres escondían a sus hijas cuando escuchaban las botas de los federales en

las calles de tierra. Los ancianos rezaban en voz baja, pidiendo a Dios que mandara a alguien a quien fuera, para

liberarlos de aquella pesadilla. Pero había algo más que necesitas saber sobre

Salazar, compadre. Algo que hace esta historia aún más retorcida, más oscura,

más imperdonable. El coronel Salazar odiaba a los maestros. Sí, así como lo

oyes. Odiaba a los maestros con una pasión enfermiza que nadie en el pueblo

lograba entender completamente. Decía que los maestros llenaban la cabeza de ideas peligrosas a los peones,

que enseñarles a leer y escribir solo los hacía rebeldes, que un campesino

educado es un campesino problemático. Durante esos dos años de terror, Salazar

había cerrado la única escuela del pueblo. Había quemado los libros en una pira en la plaza principal, obligando a

todo el pueblo a presenciar cómo las páginas se convertían en ceniza. Había

amenazado con fusilar a cualquiera que intentara educar a los niños y había golpeado brutalmente al único maestro

del pueblo, un anciano de 65 años llamado don Esteban. dejándolo tan

herido que el pobre viejo tuvo que huir al sur con los zapatistas para salvar su

vida. Por dos años, los niños de ese pueblo crecieron sin poder leer una sola

palabra, sin conocer números, sin escuchar historias, sin aprender nada

más allá del trabajo duro en los campos bajo el sol asesino del desierto hasta

que ella llegó. Profesora Josefina María Herrera. 25 años de edad, nacida y

criada en la Ciudad de México, hija de una familia de clase media que la había educado en la escuela normal para

maestras. Mujer valiente, de ideas firmes con ese fuego en los ojos que

tienen las personas que creen genuinamente que la educación puede cambiar el mundo. Josefina había

escuchado sobre el pueblo sin maestro, sobre los niños creciendo en la

ignorancia y contra todos los consejos, contra todas las advertencias, contra el

miedo lógico que cualquier persona sentiría, ella decidió ir.

Llegó al pueblo en enero de 1914 con tres baúles llenos de libros,

cuadernos, lápices y gises. Llegó con un vestido sencillo de algodón, un rebozo