
El cronómetro suizo marcaba exactamente 3 minutos y 40 segundos cuando don
Mauricio Landeros levantó su copa de cognac francés y brindó con sus
invitados. En el centro de su hacienda de Torreón, amarrada a una estaca de metal que
brillaba bajo el sol de Coahuila, una anciana indígena lloraba pidiendo
misericordia. A 20 m de distancia, encerrado en una jaula de hierro, un
jaguar de más de 120 kg rugía con un hambre que no había sido saciada en 5
días. Era octubre de 1914 y en las tierras del norte de México los
ricos habían inventado un deporte que ni el mismísimo [ __ ] hubiera imaginado.
Don Mauricio Landeros no era cualquierado. Era un hombre de 52 años con bigote
engomado a la usanza francesa, traje de lino italiano que costaba más que el
salario anual de 50 campesinos y ojos grises tan fríos que parecían trozos de
hielo del infierno. Medía 1,80 m. Llevaba un bastón con empuñadura de
plata maciza y en su dedo meñique lucía un anillo con un diamante que había
pertenecido a un obispo. Pero lo que realmente definía a ese hijo de [ __ ] no era su riqueza, era su
crueldad refinada, calculada, convertida en espectáculo, porque don Mauricio
Landeros había convertido el asesinato en arte, o eso creía el desgraciado. Su
hacienda, la providencia, se extendía por más de 20,000 hectáreas de tierra
robada a los pueblos indígenas de la región. Pero no era el algodón ni el ganado lo
que le daba fama entre los ricos de Torreón, Saltillo y Monterrey.
Era su entretenimiento dominical. Cada 15 días, don Mauricio invitaba a
otros ascendados, políticos, militares federales de alto rango y hasta
empresarios extranjeros a presenciar lo que él llamaba con orgullo el deporte
perfecto. Y ese deporte consistía en amarrar ancianas campesinas a estacas de
metal en medio de un claro artificial que había mandado construir, soltar un
jaguar hambriento y cronometrar cuánto tiempo tardaba la fiera en matar a la
víctima. El maldito guardaba récords. Tenía un cuaderno de piel de becerro
donde anotaba con letra elegante los tiempos de cada cacería. 3 minutos y 15
segundos, 4 minutos y 2 segundos, 2 minutos y 58 segundos, como si fuera un
deporte olímpico, como si la vida de esas mujeres valiera menos que el tiempo
que tardaba en hervir el agua para su té inglés. Pero eso no era lo peor,
compadre. Lo peor era que don Mauricio había mandado construir un palco
especial con techo de madera fina y sillas acolchonadas importadas de Europa
para que sus invitados pudieran ver el espectáculo con comodidad mientras bebían y fumaban puros cubanos. Y lo más
enfermo de todo, había contratado a un fotógrafo profesional para documentar
cada cacería. tenía un álbum de cuero negro con páginas gruesas como pergamino, lleno de
fotografías de ancianas destrozadas por los jaguares. Y ese álbum lo mostraba con orgullo en
las reuniones sociales de Torreón, como quien muestra fotografías de un viaje a
Europa. Limpieza de bocas inútiles le llamaba.
Ancianas que ya no sirven para trabajar, que solo consumen maíz y frijol. Al
menos así tienen un propósito final. Así hablaba el desgraciado, con esa voz
educada y ese acento que intentaba sonar español, pero que solo sonaba a cobardía
disfrazada de elegancia. Y los federales lo protegían. El gobernador lo visitaba.
Los generales del ejército porfilista bebían su cognac y aplaudían cuando el
jaguar saltaba sobre la víctima. Porque en aquel México de 1914,
antes de que la revolución llegara a poner orden, los ricos podían hacer lo que se les diera la gana. La justicia no
existía para los pobres. La ley solo servía para proteger a los que tenían
dinero. Pero lo que don Mauricio Landeros no sabía mientras brindaba con
sus invitados aquella tarde de octubre era que había cometido un error fatal,
un error que le costaría todo, porque la última anciana que había amarrado a su
estaca de metal no era una campesina cualquiera, era Refugio García, de 78
años, la partera más respetada de todo Coahuila, la mujer que había traído al
mundo a más de 1000 niños en su vida. La comadrona que conocía todos los secretos
de las plantas medicinales, que rezaba con las madres durante los partos difíciles, que había salvado vidas
cuando los doctores de la ciudad se negaban a atender a los pobres. Y 40
años atrás, en una noche de tormenta en un rancho miserable cerca de Durango,
Refugio García había salvado la vida de una mujer que estaba muriendo durante un
parto complicado. Esa mujer se llamaba Micaela Arámbula y el niño que Refugio
García ayudó a traer al mundo aquella noche. Ese niño creció para convertirse
en el hombre más temido y respetado del norte de México. Ese niño era Doroteo
Arango. El mundo lo conocería después como Pancho Villa. Órale, compadre.
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están los verdaderos mexicanos que todavía respetan la memoria de los
héroes que dieron su sangre por la justicia. Dale, hazlo ahorita, que lo
que viene está tan cabrón que vas a querer ver este video tres veces. Cuando la noticia de la muerte de Refugio
García llegó al campamento revolucionario de Villa, el centauro del norte estaba cenando con sus dorados,
frijoles, tortillas recién hechas y café negro como la noche del desierto. Un
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