LA CASA QUE SABÍA SU NOMBRE

La noche en que llegó a la montaña no había estrellas.
Solo viento.

Un viento largo y helado que se colaba entre los pinos como si susurrara nombres antiguos, como si el bosque recordara a todos… menos a ella.

La niña apretaba su abrigo delgado contra el pecho. Tenía los dedos entumecidos, el estómago vacío ardiéndole por dentro y los ojos de ese color extraño que solo aparece en quienes han pedido ayuda demasiadas veces y han aprendido que la ayuda no siempre llega.

En el pueblo se decía que allá arriba había una casa.
Una casa que nadie visitaba.
Una casa que no quería visitas.

Pero para una niña huérfana, la idea de una puerta —cualquier puerta— era al mismo tiempo un milagro y una trampa.

Esa noche, con los pies hundiéndose en hojas mojadas y barro, iba a tocar lo intocable. A entrar donde los adultos no se atrevían ni a mirar.

La subida fue eterna. Cada paso crujía sobre ramas húmedas, como si el camino se quejara de su presencia. El aire olía a madera vieja y a lluvia guardada, y a ratos ella juraba escuchar algo detrás.

Se detenía.
Aguantaba la respiración.

Silencio.

Solo su corazón, golpeando como un pájaro asustado atrapado en una mano.

Siguió adelante porque lo peor no era el miedo.
Lo peor era volver a la nada.
Y ella ya venía de ahí.

La casa apareció sin aviso.

No tenía luz cálida en las ventanas ni humo en la chimenea. Era un recorte oscuro entre los árboles, torcido, quieto, como si la montaña la hubiera medio tragado y dejado el resto a propósito para asustar.

La puerta era demasiado alta para una niña. Estaba marcada con arañazos profundos, como uñas desesperadas.

Levantó la mano para golpear… y se quedó inmóvil.

Desde dentro se oyó un sonido.
No era una voz.
No era un animal.

Era algo arrastrándose. Lento. Pesado.

Luego, toc.

Un único toque. Como si alguien hubiera apoyado la frente contra la madera del otro lado, escuchando su respiración.

Y entonces llegó la sensación más extraña de todas.

No era alguien esperándola.
Era la casa.

Como si estuviera despierta.
Mirándola.
Eligiéndola.

Debió correr. Pero el hambre empuja la valentía hacia adelante… y la soledad empuja aún más.

Apoyó la palma en la puerta.

La madera estaba tibia.
Tibia como piel viva.

—Por favor… —susurró.

La cerradura giró sola.

Lenta. Metálica.

La puerta se abrió apenas, lo suficiente para que su rostro cupiera en la rendija. El aire que salió tenía olor a sopa. Sopa de verdad. Olor a hogar. Olor a una infancia que apenas recordaba.

La esperanza, cuando llega tarde, duele como un corte.

La puerta cedió con un quejido suave, como si la casa respirara por primera vez en años. La niña se quedó en el umbral, sin atreverse a entrar del todo.

Dentro, la oscuridad era espesa, como terciopelo viejo. Pero al fondo temblaba una línea de luz, una vela luchando contra la montaña entera.

Dio un paso. Luego otro.

El suelo crujió húmedo y entonces lo supo.

Ya no estaba sola.

No porque viera a alguien, sino porque el silencio tenía intención.
Era un silencio que escuchaba.

—Hola… —dijo, y la palabra salió pequeña, frágil.

No hubo respuesta. Solo ese arrastre lento. Y luego otro toc.

La casa comenzó a revelarse por partes: un abrigo colgado en una silla demasiado grande, una mesa con marcas de cuchillo, y en la pared… una fila interminable de líneas talladas. Días. Noches. Pérdidas.

Y entonces la vio.

Una olla sobre el fuego. Fuego real. Sopa burbujeando despacio.

Pero no había nadie.

El hambre la golpeó tan fuerte que le nubló la vista. Se acercó y el calor le besó la cara. La sopa olía a hogar… y a algo más. Una dulzura amarga, como un abrazo que llega demasiado tarde.

Alargó la mano hacia el cucharón.

Temblaba.

Apenas tocó el mango y el cucharón se levantó solo.
Despacio.
Como tomado por una mano invisible.

Retrocedió con el corazón en la garganta.

Desde el rincón más oscuro de la cocina, una voz baja, gastada por el tiempo, susurró:

—No comas todavía.

La figura emergió de las sombras.

No era un monstruo.
Era peor.

Era una anciana. O algo que había sido una anciana. Pelo como hilos de nieve sucia. Piel del color de la madera vieja. Ojos abiertos, húmedos, como si llevaran años sin parpadear.

Pero no la miraba con hambre ni con odio.

La miraba con miedo… y alivio.

—Esa sopa —dijo finalmente— no es para quitarte el hambre.
Pausa.
—Es para que no recuerdes.

—¿No recordar qué? —susurró la niña.

La anciana sonrió. Una sonrisa cansada, rota por la culpa.

—Tu nombre.

El fuego crepitó con fuerza. La vela parpadeó tres veces.

En la pared, entre las marcas talladas, había una nueva. Fresca. Reciente.

Como si la casa supiera que ella iba a llegar.

La anciana levantó un dedo y pidió silencio. Señaló el suelo.

Bajo la mesa, un círculo de sal casi borrado por pisadas pequeñas.

—No mires por la ventana. No esta noche.

Entonces llegó el primer golpe.

No en la puerta.
En el techo.

Tum.

Polvo cayó. La vela tembló.

—Si lo escuchas —susurró la anciana— ya te encontró.

La voz llegó desde afuera.

Primero, un sollozo infantil. Tan parecido al llanto de una niña perdida que el cuerpo de la huérfana quiso correr a ayudar.

—Estoy sola… tengo frío…

La anciana le tapó la boca.

—Eso no es una niña.

La voz rió suavemente.
Luego dijo su nombre.

Su nombre exacto.
Con la voz de su madre.

El cuerpo de la niña quiso obedecer.

—Te llama con lo que más te falta —dijo la anciana, llorando en silencio—. Y cuando abres… no entra a la casa. La casa entra en ti.

La campanilla sonó una vez.

—Ya huele tu miedo.

—¿Qué es? —preguntó la niña.

La anciana la abrazó con una fuerza desesperada.

—Es la montaña… cuando decide que le perteneces.

La voz cambió. Ahora era firme, adulta.

—Abra. Venimos por la niña. Es por su bien.

La anciana tembló.

—Así se llevó a mi hijo.

El tiempo se volvió espeso.

—La casa no es un refugio —dijo la anciana—. Es una jaula. Y yo soy su llave.

Sacó una foto doblada. Un niño. La misma casa. La misma montaña abierta como una boca.

—Si te llenas aquí adentro, no te puede usar.

Cortó su dedo. Sangre en la ceniza. El círculo se reforzó.

La oscuridad rasgó el techo.

—Dámela —susurró la cosa— y te devuelvo tus recuerdos.

La anciana se puso de pie.

—No te devuelvas a la nada —le dijo a la niña—. Devuélvete a ti.

Le dio la foto. La besó en la frente.

—Yo sí sé tu nombre.

Salió.

La casa tembló.
El lamento se apagó.

La campanilla sonó una última vez… y calló.

Cuando amaneció, la presión desapareció.

La niña corrió.

La casa ya no estaba.

Solo árboles.
Solo niebla.

Pero en su muñeca, la tela roja.
En su mano, la foto.

Esa noche, ya a salvo, escuchó un toc lejano.

Apretó la tela. No lloró.

—No me llamas con mi dolor —susurró—. Si quieres mi puerta, tendrás que aprender mi nombre verdadero.

En la distancia, la montaña guardó silencio.

No sonaba a promesa.

Sonaba a espera.