Introducción: La humillación en la iglesia
Era marzo de 2016 y sobre la colonia San

Rafael en Guadalajara caía una lluvia fina que más parecía tristeza líquida
que agua del cielo. Lucía Vega, de 32 años, caminaba descalza por las calles
empedradas cargando a sus dos bebés gemelos de apenas 4 meses. No iba
descalza por gusto. Sus únicos zapatos se habían roto. esa misma mañana cuando
intentaba correr detrás del camión de la basura, buscando entre los desechos algo
que pudiera vender. Los gemelos, Mateo y Lucas, lloraban con esa desesperación
que solo conocen los bebés hambrientos. Hacía 18 horas que Lucía no tenía leche
para darles. Su cuerpo, consumido por el hambre y el cansancio, simplemente ya no
producía nada. Había intentado darles agua con azúcar, pero hasta el azúcar se
había terminado dos días atrás. Lucía no siempre había sido pobre. 5 años antes
trabajaba como contadora en una empresa mediana de Sapo Pan. Tenía un
departamento pequeño pero digno, ropa limpia, comida en el refrigerador. Conoció a Fernando Salazar en una fiesta
de la oficina. Él era vendedor. Tenía una sonrisa que iluminaba habitaciones
enteras y palabras que pintaban futuros brillantes. Se casaron seis meses después. El
embarazo fue complicado desde el inicio. Cuando el doctor le dijo que esperaba gemelos, Lucía lloró de felicidad.
Fernando la abrazó y prometió que trabajaría el doble para darles todo, pero las promesas de Fernando eran como
dibujos en la arena frente al mar. Cuando Lucía tuvo que dejar de trabajar en el séptimo mes por riesgo de parto
prematuro, Fernando comenzó a llegar tarde a casa. Primero olía a cerveza,
luego a perfumes baratos que no eran el de Lucía. La noche que ella entró en
labor de parto, Fernando estaba tampoco respondía el teléfono. Dio a luz sola en
el hospital público, aferrada a la mano de una enfermera que no conocía. Mateo
nació a las 2 de la madrugada. Lucas, 15 minutos después. Ambos pequeños,
frágiles, pero vivos. Cuando Lucía despertó después de la cesárea de emergencia, había una nota sobre la mesa
junto a la cama. Lo siento, no puedo con esto. No soy el hombre que pensabas. Perdóname. Fernando
se había ido. Así de simple, así de cruel. Se llevó lo poco de valor que
tenían, incluyendo los ahorros que Lucía había guardado durante años. La dejó con
dos recién nacidos, una deuda de hospital que crecía como una montaña y
un vacío en el pecho que dolía más que la herida de la cirugía. Sin trabajo, sin ahorros, sin familia
cercana, Lucía perdió el departamento en dos meses. Su casera, la señora Dolores
Torres, una mujer de 60 años con rostro de piedra y corazón igual, le dio tres
días para desalojar. Tres bocas no se alimentan con lágrimas, niña”, le dijo
mientras le arrojaba sus pocas pertenencias en bolsas de basura negras.
Si tu marido se fue es porque algo hiciste mal. Los hombres no dejan a las
buenas mujeres. Lucía quiso gritarle. Quiso decirle que ella no había hecho
nada malo, que había sido una buena esposa, que Fernando simplemente era un
cobarde, pero tenía a Mateo en un brazo y a Lucas en el otro, y todo su cuerpo
temblaba de debilidad. solo pudo agachar la cabeza y salir. Durmió en la calle
durante cuatro noches. Encontró un pedazo de cartón grande detrás de un supermercado y armó una especie de
refugio bajo un puente peatonal. El cartón tenía escrito productos lácteos,
fresco y natural, en letras azules desteñidas. Lucía lo miraba cada noche y la ironía
la hacía llorar. Productos lácteos. Ella ya no podía producir leche para sus
hijos. Una señora que vendía tamales cerca del puente, doña Carmen Flores, de
58 años, y manos curtidas por el vapor del tamal, le daba de comer cuando
podía, un tamal en la mañana, a veces uno más en la tarde, si las ventas
habían sido buenas. Lucía dividía cada tamal en tres partes, una para ella, y
las otras dos las masticaba y suavizaba con saliva para dárselas a los bebés. No
era leche materna, pero era algo. “Tienes que ir a la iglesia, mi hija”,
le dijo doña Carmen un día. “La parroquia de San Miguel tiene un programa de ayuda. Habla con el padre
Sebastián Cruz. Es un hombre de Dios, te va a ayudar.” Lucía asintió.
Había perdido la fe hacía tiempo, desde la noche en el hospital, cuando rezó con
toda su alma para que Fernando regresara y él nunca llegó. Pero cuando tus hijos
lloran de hambre, el orgullo y las creencias se vuelven lujos que no puedes
pagar. Caminó durante 40 minutos hasta llegar a la parroquia de San Miguel
Arcángel, una construcción antigua de cantera rosa con torres que tocaban el
cielo. Era jueves por la mañana, eran las 9:15.
Los gemelos dormían inquietos, pegados a su pecho. Lucía no se había bañado en
seis días. Su ropa olía a sudor rancio, a leche ária, a desesperación. Entró por
la puerta lateral que daba a las oficinas parroquiales. Una secretaria llamada Verónica Soto, de unos 45 años,
vestida impecablemente con un traje sastre beige y collar de perlas falsas,
levantó la vista de su computadora. Su expresión cambió inmediatamente.
La nariz se arrugó como si acabara de oler basura podrida. “Sí”, preguntó con
voz cortante. “Buenos días. Busco al padre Sebastián. Me dijeron que él
podría ayudarme. Tengo dos bebés y necesitamos comida. Solo un poco de
leche, por favor. Lo que puedan darme. Verónica la miró de arriba a abajo con esos ojos que juzgan en segundos. El
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