Fírmalo ya, que no tenemos toda la noche”, ordenó su suegra con desprecio mientras la familia brindaba con

champañ. Isabela tomó el bolígrafo con manos temblorosas. Lo que ninguno sabía
era que su padre observaba todo desde las sombras y él no era cualquier hombre. El salón principal de la mansión
Castellanos brillaba con la luz de tres enormes candelabros de cristal que colgaban del techo abobedado. Flores
blancas importadas decoraban cada rincón como si aquella noche fuera una celebración y no el entierro de un
matrimonio. El aroma dulce de las rosas se mezclaba con el perfume caro que doña Mercedes Castellanos siempre usaba en
exceso, creando una atmósfera que a Isabela le provocaba náuseas. Estaba sentada en el centro de una mesa de
caoba pulida, rodeada por rostros que alguna vez había considerado su familia.
Rostros que ahora la miraban con una mezcla de desprecio y satisfacción apenas disimulada. Frente a ella, un
documento de varias páginas esperaba su firma. El acuerdo de divorcio que pondría fin a años de matrimonio con
Rodrigo Castellanos. 3 años de mentiras, 3 años de humillaciones, 3 años de
fingir que no veía lo que todos sabían. ¿Vas a firmar o necesitas que te deletreemos las palabras? La voz de
Camila Castellanos cortó el silencio como un cuchillo oxidado. La hermana de Rodrigo estaba de pie junto a la
ventana, copa de champaño, con esa sonrisa venenosa que Isabela había
aprendido a reconocer desde el primer día. Isabela no respondió. Sus ojos
recorrieron lentamente cada rostro en la habitación. Don Aurelio Castellanos, el
patriarca, ocupaba el sillón principal como un rey en su trono. Su expresión
era de piedra, pero sus ojos brillaban con algo que Isabella solo podía describir como triunfo. Llevaba semanas
esperando este momento, orquestándolo con la precisión de quien está acostumbrado a destruir todo lo que se
interpone en su camino. A su lado, doña Mercedes acariciaba un collar de perlas
que probablemente costaba más que lo que Isabela había ganado en toda su vida trabajando como diseñadora de
interiores. La matriarca no se molestaba en ocultar su desprecio. Nunca lo había
hecho. Desde el primer día supe que no era suficiente para mi hijo”, había
dicho doña Mercedes durante la primera cena familiar, cuando Isabela todavía creía que el amor de Rodrigo era
suficiente para enfrentar cualquier cosa. Pero los hombres jóvenes cometen errores, lo importante es corregirlos a
tiempo. Y ahora, años después, estaban corrigiendo ese error. Rodrigo estaba
sentado al otro lado de la mesa, evitando mirarla directamente. El hombre que una vez le había prometido amor
eterno, que había jurado protegerla de todo y de todos, ahora no tenía el valor
de sostenerle la mirada mientras su familia la despedazaba. Rodrigo Isabela
habló por primera vez en lo que parecían horas. Su voz salió más firme de lo que esperaba. ¿No tienes nada que decir? El
silencio que siguió fue más doloroso que cualquier insulto. Rodrigo se limitó a encogerse de hombros como si el asunto
no tuviera importancia. como si ella no tuviera importancia. ¿Qué quieres que diga, Isabela? Finalmente respondió su
tono aburrido, desinteresado. El matrimonio no funcionó. Estas cosas
pasan. Lo mejor es terminar esto de manera civilizada. Civilizada. Isabela
sintió una risa amarga subiendo por su garganta. Le llamas civilizado a obligarme a firmar un documento que me
deja sin nada, a humillarme frente a toda tu familia como si fuera una criminal. Nadie te está humillando,
querida. Doña Mercedes intervino con ese tono condescendiente que usaba como arma. Simplemente estamos protegiendo lo
que es nuestro. No puedes culparnos por eso. Después de todo, llegaste a este matrimonio con las manos vacías. Es
justo que te vayas de la misma manera. Las palabras golpearon a Isabela como bofetadas invisibles, pero no eran
nuevas. Había escuchado variaciones de ese mismo mensaje durante años. en cada
reunión familiar, en cada evento social, en cada momento que doña Mercedes se
encontraba para recordarle que ella no pertenecía a su mundo. El acuerdo es más
que generoso. El licenciado Ricardo Fuentes, abogado de la familia Castellanos, habló desde su posición
junto a don Aurelio. Era un hombre de expresión severa que trataba a Isabela
como si fuera una molestia que había que eliminar. Se le ofrece una compensación económica que, francamente es más de lo
que merece considerando las circunstancias. Las circunstancias. Isabela frunció el ceño. ¿Qué
circunstancias? El licenciado intercambió una mirada rápida con don Aurelio antes de continuar. Tenemos
evidencia de que usted ha sido, digamos, menos que fiel durante su matrimonio. El
mundo de Isabela se detuvo. ¿Qué? Fotografías. Testimonios. El licenciado
sacó una carpeta de su maletín. Todo documentado y listo para ser presentado en un tribunal si usted decide complicar
las cosas. Isabela extendió la mano para tomar la carpeta, pero don Aurelio la detuvo con un gesto. No es necesario que
veas los detalles sórdidos, muchacha. Su voz era como hielo. Lo importante es que
entiendas tu posición. Puedes firmar este acuerdo ahora y salir de aquí con algo de dignidad intacta o puedes
pelear. Y te aseguro que cuando terminemos contigo no te quedará nada, ni dinero, ni reputación, ni futuro.
Isabela sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Evidencia de infidelidad
era absurdo. Ella nunca jamás había traicionado a Rodrigo. A pesar de todo,
a pesar de las humillaciones, a pesar de descubrir que él sí la engañaba con su asistente, ella había permanecido fiel y
ahora la acusaban a ella. Eso es mentira. Su voz tembló, pero no de miedo, sino de rabia contenida. Yo
nunca, nunca. ¿Qué? Camila se acercó, su perfume invadiendo el espacio de
Isabela. Nunca pensaste que te descubriríamos. Por favor, Isabela. Sabemos exactamente qué clase de mujer
eres. Lo supimos desde el principio. Rodrigo. Isabela se giró hacia su esposo
buscando algo, cualquier cosa en sus ojos. Tú sabes que eso no es verdad. Tú
me conoces. Pero Rodrigo simplemente desvió la mirada hacia la ventana, como si el jardín nocturno fuera más
interesante que la destrucción de la mujer con quien había compartido su vida. En ese momento, Isabela entendió
algo con claridad devastadora. Rodrigo no era solo un esposo cobarde, era
cómplice. Había participado en esta farsa desde el principio. Tal vez incluso la había planeado. Tienes 5
minutos para decidir. Don Aurelio consultó su reloj de oro, un gesto calculadamente despectivo. Mis abogados
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