Ella lo tenía todo, vestidos de seda, clases de piano, un padre que la adoraba

hasta que él murió. Y la mujer que juró cuidarla la destruyó. La acusaron de un

crimen que no cometió. Le arrancaron su nombre, su dignidad, su vida. Y como

castigo final la entregaron al hombre más temido de la hacienda, un esclavo

con cicatrices en el cuerpo y muerte en las manos. Todos esperaban que él la

quebrara. Nadie imaginó lo que realmente haría con ella. Esta es la historia de

Soledad y nada es lo que parece. Jalisco, México, año de 1847.

El viento no soplaba, los pájaros no cantaban, era como si la tierra misma

supiera que algo terrible estaba por suceder. En la hacienda San Cayetano,

una de las más prósperas de toda la región, el silencio había reemplazado a

la vida. Las bugambilias, que adornaban los corredores, parecían haber perdido

su color de un día para otro. Los caballos en el establo permanecían inquietos. Los perros aullaban sin razón

aparente. Don Aurelio Montemayor había muerto. El hombre que durante 30 años

había construido aquel imperio de tierra y ganado, ahora inmóvil sobre su cama de

Caoba. Sus manos, aquellas que habían firmado cientos de documentos y

acariciado la cabeza de su única hija, descansaban frías sobre su pecho. Sus

ojos, que alguna vez brillaron con la astucia de un comerciante y la ternura

de un padre, permanecían cerrados para siempre. A su lado, de rodillas sobre el

suelo de baldosas frías, estaba Soledad, 18 años, cabello negro como ala de

cuervo cayendo sobre sus hombros temblorosos, piel canela, ojos grandes,

color miel, ahora inundados de lágrimas que no dejaban de brotar.

Sus manos pequeñas y delicadas se aferraban a la sábana blanca como si pudiera retener algo que ya se había

ido. Papá, susurró. Papá, no me dejes. Pero los muertos no

responden. Soledad había sido criada entre sedas y porcelanas. Había

aprendido a leer en francés, a tocar el piano, a bordar flores que parecían

reales. Nunca había lavado un plato, nunca había encendido un fuego, nunca

había conocido el hambre, ni el frío, ni el miedo hasta ese momento. que mientras

ella lloraba sobre el cuerpo de su padre, en el umbral de la puerta permanecía otra figura inmóvil,

observando doña Prudencia, la segunda esposa de don Aurelio, la mujer que había llegado a la

hacienda apenas 3 años atrás, cuando Soledad tenía 15, alta y delgada como un

sirio, rostro anguloso, labios finos que rara vez sonreían, ojos grises, fríos,

calculadores, no lloraba. Sus manos estaban cruzadas sobre su vestido negro.

Su expresión no mostraba dolor, no mostraba tristeza, solo mostraba algo

que soledad en su inocencia no supo reconocer en ese momento. Satisfacción.

Doña Prudencia había esperado, había sido paciente, había soportado 3 años

siendo la segunda en todo. Segunda en el corazón de don Aurelio, segunda en la

mesa, segunda ante los ojos de los sirvientes que adoraban a la niña de la

casa. Pero ahora don Aurelio estaba muerto y el testamento, aquel documento

que ella había buscado durante meses sin encontrar, seguramente le daría todo lo

que merecía. “Levántate”, ordenó con voz seca. “El llanto no lo

traerá de vuelta”. Soledad alzó la mirada. Sus ojos hinchados buscaron algo de compasión en

el rostro de su madrastra. No encontró nada. Es mi padre, soyosó.

Era, corrigió doña prudencia. Era tu padre. Ahora es un cuerpo que debe ser

enterrado antes de que el calor lo pudra. Las palabras cayeron como piedras sobre agua, frías, brutales, sin piedad.

Los sirvientes comenzaron a preparar el funeral. Las campanas de la pequeña capilla de la hacienda empezaron a

doblar. lentas, pesadas, anunciando la desgracia a los ranchos vecinos. El

entierro se realizó al atardecer. El cielo se tiñó de rojo y naranja como si

estuviera sangrando. El ataúdó lentamente a la tierra mientras el padre

Ignacio recitaba oraciones en latín. Los trabajadores de la hacienda, más de

40 almas, permanecían en silencio con sus sombreros contra el pecho. Soledad

temblaba, no solo de dolor, también de algo nuevo, algo que nunca había sentido

antes, pero que ahora crecía en su pecho como una semilla venenosa.

miedo, porque cuando alzó la vista y encontró los ojos de doña prudencia al otro lado de la tumba, lo que vio en

ellos le heló la sangre. Su madrastra sonreía. Era apenas una curvatura de los

labios, casi imperceptible, pero estaba ahí, una sonrisa diminuta,

cruel, mientras el cuerpo de don Aurelio desaparecía bajo la tierra. En ese

instante, Soledad lo supo, no con la mente, con el instinto, con esa

sabiduría antigua que tienen las presas cuando sienten al depredador acercarse.

Su vida había cambiado para siempre. El último rayo de sol desapareció tras las

montañas. La oscuridad cayó sobre la hacienda San Cayetano como un manto de terciopelo

negro. Y mientras los asistentes se retiraban en silencio, mientras las

antorchas comenzaban a encenders, una anciana cocinera llamada Lupita se

acercó a Soledad y le susurró al oído con voz temblorosa.

Tenga cuidado, niña. Esa mujer tiene el corazón de una víbora y usted

ya no tiene quien la proteja. Soledad quiso responder, pero las palabras se le

atoraron en la garganta, porque en el fondo, muy en el fondo, sabía que la

anciana tenía razón. Ella aún no lo sabía, pero aquel ataúd que descendía a

la tierra se llevaba también su destino. Lo que vendría después sería peor que

cualquier pesadilla, mucho peor.

Tres semanas después, la hacienda ya no era la misma y soledad tampoco. Todo