Hoy en mi jardín de Asturias, el aire huele a tierra húmeda y a camelias.

La paz es algo a lo que con el tiempo una se acostumbra, pero a veces un pequeño gesto me

devuelve al pasado. ¿Cómo ahora? El tacto frío del metal de las tijeras

de podar me ha recordado al frío de otra pieza de metal, la de una pluma

estilográfica sobre una mesa de caoba en Madrid. Recuerdo su sonrisa.

Fue casi imperceptible. una pequeña mueca de triunfo en la comisura de los labios de Diego, mi

marido, justo en el instante en que yo firmaba los papeles del divorcio.

Él creía que lo estaba ganando todo. La empresa al control su futuro.

Yo no dije nada, simplemente observé. Él pensó que mi silencio era el sonido

de la derrota. Lo que nunca supo es que yo no estaba mirando los papeles,

lo estaba mirando a él y estaba viendo como con esa pequeña sonrisa arrogante,

el mismo firmaba el acta de demolición de su propio mundo, un mundo construido

sobre unos cimientos que nunca le pertenecieron. A veces los finales se escriben mucho

antes de que la tinta se seque. Antes de continuar, si lo desea, suscríbase al canal y dígame suavemente

en los comentarios desde dónde está escuchando esta historia. Me alegrará mucho saberlo.

Hola, mi nombre es Sofía Vargas. Ya he pasado los 40 y hoy la vida es

tranquila. Estoy en Asturias, en la casa de mi familia.

Desde aquí puedo ver las montañas verdes cubiertas por esa neblina suave que parece limpiar el mundo. Me gusta pasar

las mañanas cuidando las camelias del jardín. Su silencio me recuerda al mío, pero no

siempre fue así. Hubo un tiempo en que el silencio era mi única armadura.

Mi memoria a veces me lleva de vuelta un día de otoño en Madrid. Un día gris frío, no en el jardín, sino

en una oficina en el paseo de la Castellana. El despacho de mi abogada, la señora

Cifuentes. El aire allí dentro era denso, pesado.

Olía a madera cara y a finales irrevocables. Frente a mí, al otro lado de una mesa

inmensa, estaba Diego. Diego Torres, mi marido.

Su rostro reflejaba una impaciencia mal disimulada. Miraba el reloj, luego su moví.

tenía prisa por terminar por empezar su nueva vida. A su lado, su abogado Héctor Jiménez, un

hombre nervioso que no dejaba de ajustarse las gafas, carraspeó y con una voz monótona, casi

robótica, leyó los puntos finales del acuerdo. Su voz parecía lejana como un eco. El

señor Torres retendrá el 100% de la empresa Vértice Dinámica SL, asumiendo

la totalidad de sus deudas actuales. Yo no miraba a nadie.

Mi vista estaba fija en el centro de la mesa, donde descansaba un conjunto de papeles que contenían el final de 10

años de mi vida. La señora Vargas recibirá una suma única de 2 millones de

euros, así como la propiedad de la casa del lago en Bermón. Sentí la mirada de

la señora Cifuente sobre mí. Una mirada discreta de apoyo.

Asentí levemente sin levantar la cabeza. Todo estaba dicho, todo estaba acordado.

La señora Cifuentes deslizó los papeles hacia mí. Al lado colocó una pluma mon

blanca, negra, pesada. Me pareció que pesaba más que nunca.

Levanté la vista. Por primera vez en toda la reunión, miré a Diego a los

ojos. Él intentó mostrar una expresión compasiva, pero no pudo ocultarlo.

Detrás de esa máscara vi el brillo del triunfo. Una sonrisa diminuta, casi

imperceptible, asomó en la comisura de sus labios. Para él era una victoria.

La victoria final. Extendí la mano. No me tembló.

Tomé la pluma. Su frío metal contra mi piel fue la última sensación de aquella vida. Y

firmé Sofía Vargas. Fue la última vez que firmé con ese

apellido. Apenas levanté la pluma, Diego la tomó con una rapidez casi ansiosa.

Su firma, en cambio, fue un garabato grande, expansivo, un gesto de liberación.

se puso de pie al instante. “Ya está”, dijo abotonándose la chaqueta

de su traje a medida. “Sí”, respondí en un susurro.

“Ya está.” Me levanté, recogí mi bolso. No había lágrimas,

no había rabia, quizá solo un profundo, inmenso cansancio.

Él ya estaba enviando un mensaje por el móvil. probablemente a ella, a Isabel,

mi abogada y yo, caminamos hacia la puerta. Al salir de aquella sala, sentí

como si dejara atrás un peso que llevaba años cargando sin darme cuenta. Él creyó

que había ganado. Creyó que mi silencio era debilidad,

que mi calma era rendición. Pero para entender mi silencio de aquel día, hay que volver atrás.

Muchos años atrás conocí a Diego en un evento de tecnología en Madrid. Él no era como los

demás. Tenía una energía especial, una pasión que le brillaba en los ojos

cuando hablaba de sus ideas, de sus proyectos. Era un ingeniero brillante con grandes

sueños. Y yo le creí. Creí en él.

Los primeros años de nuestro matrimonio fueron felices, sencillos.

Vivíamos en un piso pequeño y nuestras cenas consistían en hablar durante horas sobre el futuro.

Su futuro, el futuro de su pequeña empresa vértice dinámica.

Pero las ideas, por muy brillantes que sean, necesitan dinero para crecer y el

dinero no llegaba. Recuerdo su frustración. Banco tras banco le cerraban la puerta.

Su proyecto era demasiado arriesgado, decían. Demasiado nuevo.

Una noche, viéndole tan desanimado, reuní el valor para hacer algo que nunca me había gustado.