
Viuda salvó a una pareja de ancianos abandonados en la carretera, pero eran Jesús y María disfrazados.
El viento helado de enero golpeaba sin piedad la cara de Teodora Salinas mientras cargaba en sus brazos a su hija
menor, Esperanza, de apenas 4 años. A sus 41 años, esta mujer de manos
callosas y corazón noble nunca imaginó que estaría caminando por el sendero
pedregoso que llevaba al monte, expulsada de la única casa que había conocido durante 20 años de matrimonio.
“No regreses jamás, Teodora”, le había gritado su cuñado Ramiro desde la puerta
de la casa de Adobe. “Esa tierra ya no te pertenece. Mi hermano murió y tú no
tienes nada aquí. Detrás de ella, su hija mayor, Paloma, de 14 años, caminaba en silencio
arrastrando una bolsa de plástico rota que contenía todo lo que les quedaba en el mundo. Tres mudas de ropa, una olla
de barro, un rebozo tejido por su abuela y 37 pesos arrugados que había logrado
esconder en el dobladillo de su falda. La familia de su difunto esposo Manuel
había esperado apenas dos meses después del funeral para reclamar las tierras.
“Las mujeres no pueden trabajar el campo, habían dicho. Es mejor que busquen marido o se vayan a la ciudad.”
Pero Teodora conocía la verdad. Querían vender esas 3 hectáreas de maíz a una
compañía minera que andaba comprando terrenos en toda la región. La neblina
espesa de la sierra hacía que cada paso fuera incierto. Teodora conocía estas
montañas desde niña, pero caminar con sus hijas bajo la amenaza de la noche que se aproximaba le causaba una
angustia que le apretaba el estómago. Esperanza tosía constantemente. Había
comenzado con esa tos seca tres semanas atrás después de las lluvias torrenciales que inundaron su antigua
casa. Mami, tengo frío”, susurró la pequeña con voz ronca. “Ya mero
llegamos, mi amor”, le mintió Teodora, porque en realidad no tenía idea de
dónde iban a dormir esa noche. Fue entonces cuando Paloma, que caminaba
unos metros adelante explorando el sendero, gritó con emoción, “¡Mamá! Hay
una casita entre los pinos y los encinos, medio escondida por la maleza y
la niebla, se alzaba una cabaña de madera abandonada. Las tablas estaban
hinchadas por la humedad y el techo de lámina tenía varios agujeros, pero tenía
paredes y los restos de lo que alguna vez fue una puerta. Teodora se acercó
con cautela. El lugar olía a humedad y tierra mojada, pero cuando empujó los
tablones que colgaban donde debía estar la puerta, vio que el interior, aunque
pequeño, podía refugiarlas de la noche que se acercaba. “Paloma, ayúdame a
buscar ramas secas”, ordenó mientras acomodaba a esperanza sobre el reboso en
el rincón más limpio que pudo encontrar. Vamos a hacer una fogata pequeñita para
que tu hermana entre en calor. Mientras juntaban leña, Teodora calculaba mentalmente sus recursos. 37 pesos,
media bolsa de frijol que había logrado meter en la bolsa sin que la vieran y su fuerza de trabajo. En el pueblo más
cercano, San Rafael seguramente podría encontrar algún trabajo lavando ropa o
limpiando casas. El problema era que San Rafael quedaba a 4 horas caminando por
un sendero peligroso. La primera noche en la cabaña fue terrible. El frío se
metía por todas las grietas. Esperanza no paraba de toser y Paloma lloraba en
silencio, creyendo que su madre no la escuchaba. Teodora permaneció despierta
toda la noche, orando en susurros y pidiendo a Dios que les diera una oportunidad. Al amanecer, cuando los
primeros rayos de sol se filtraron entre los árboles, Teodora tomó una decisión.
Iba a convertir esa cabaña abandonada en un hogar. Tenía manos fuertes, conocía
el monte y sabía trabajar la tierra. De alguna manera saldría adelante con sus
hijas. Paloma dijo mientras encendía una pequeña fogata con las últimas ramas
secas. Tú vas a cuidar a tu hermana mientras yo bajo al pueblo. Voy a conseguir trabajo y comida. ¿Y si no
regresas? Preguntó la adolescente con los ojos llenos de miedo. Teodora se
acercó y abrazó a sus dos hijas. Siempre voy a regresar por ustedes. Siempre. Lo
que Teodora no sabía era que su historia de sufrimiento apenas comenzaba, pero
también que Dios ya había puesto en marcha un plan que cambiaría sus vidas de una forma que jamás podría imaginar.
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ciudad nos estás viendo y qué hora es ahí. Tu participación nos motiva a
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sol apenas se asomaban entre las copas de los pinos cuando Teodora ya estaba
despierta calculando cada movimiento del día que tenía por delante. Habían pasado
5co días desde que llegaron a la cabaña y los 37 pesos se habían convertido en
18 después de comprar una botella de jarabe para la tos de esperanza en la
farmacia de San Rafael. La pequeña seguía enferma. Su tos había empeorado y
durante las noches tenía fiebre que la hacía delirar. Teodora la cuidaba con
compresas de agua fría que sacaba del arroyo que corría a 50 m de la cabaña,
pero sabía que necesitaba medicinas más fuertes. Medicinas que costaban dinero
que no tenía. “Paloma, quédate con tu hermana”, susurró mientras se amarraba
el rebozo alrededor de los hombros. Voy a ir al pueblo a buscar trabajo. Si
esperanza se pone muy mal, dale agüita de torongil que hierva en esa ollita. Ve
el sendero hacia San Rafael. Era empinado y resbaloso por el rocío de la madrugada. Teodora había recorrido ese
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