El sol de mayo caía como plomo derretido sobre la plaza de San Buenaventura, Chihuahua, en el año de 1914. Y ese

mismo día, bajo ese mismo sol que castigaba, un hombre que se hacía llamar juez, decidió que ocho reales valían más

que la vida de una madre. Su nombre era Bernardo Gutiérrez. Y ese nombre,

compadre, todavía se escupe en el norte como se escupe veneno de víbora. Era un

hombre de estatura mediana, pero de arrogancia gigante. Usaba traje negro de

autoridad federal que le quedaba demasiado ajustado en la panza cervecera. Tenía bigote grueso estilo

porfiriano, engominado con tanta pomada que brillaba como cuero de zapato

lustrado. Los ojos pequeños, hundidos en la cara gorda, miraban al mundo con ese

desprecio que solo tienen los hombres, que nunca han conocido el hambre, pero

disfrutan viendo sufrir a quien sí la conoce. Las manos gordas con anillos de

oro en tres dedos, manos que nunca habían trabajado la tierra, pero que firmaban sentencias de muerte, como

quien firma recibos de cantina. Bernardo Gutiérrez era el tipo de juez

que la dictadura Porfiriana y después el gobierno traidor de Victoriano Huerta

adoraban tener en los pueblos del norte un hombre sin honor, sin palabra, sin

alma, un perro guardián del poder que ladraba órdenes y mordía a los pobres

mientras lamía las botas de los generales federales. Ese día de mayo, la

plaza estaba llena de gente aterrorizada. 40 soldados federales rodeaban el centro

con sus rifles mauser brillando bajo el sol, con esas caras de cabrones que

saben que tienen el poder del gobierno detrás. Y en medio de la plaza, de rodilla sobre el polvo caliente, con las

manos atadas a la espalda y los ojos hinchados de tanto llorar, estaba

Guadalupe Hernández, una viuda de 32 años que parecía de 50 por el trabajo

duro y el sufrimiento, vestida con su reboso gastado y su falda

remendada, una mujer que había perdido a su marido, revolucionario zapatista,

fusilado por federales un año atrás. una madre que trabajaba lavando ropa

ajena para alimentar a sus tres niños. Una mujer cuyo único crimen, compadre,

era de ver ocho miserables reales al comerciante alemán del pueblo, un tal

Heinrich Müller, que era socio del juez Gutiérrez en negocios sucios de tierras

robadas. 8 reales, el precio de 3 kg de maíz, el precio de un poco de frijol

para que sus hijos no se acostaran con hambre. Por esa cantidad, el juez

Bernardo Gutiérrez había ordenado su ejecución pública junto a Guadalupe,

aferrados a su falda como náufragos a un pedazo de madera en medio del océano,

estaban sus tres hijos, Pablito, de 8 años, Rosita de seis y el pequeño

Juanito, de apenas 4 años, que todavía no entendía por qué su mamá estaba

llorando, por qué había tanta gente mirando, porque los soldados malos querían hacerle daño. “Mamá, mamá, tengo

miedo”, lloraba Rosita. “Mamá, no te vayas, no te vayas”, suplicaba Pablito

con esa voz quebrada de niño que ya está aprendiendo que el mundo es cruel. Y el

juez Gutiérrez, sentado en su silla de autoridad bajo la sombra de un toldo, con un vaso de whisky en la mano gorda,

sonreía. Sonreía como sonríen los demonios cuando ven sufrimiento puro.

“La ley es la ley”, dijo con voz pastosa de borracho. “En México todavía hay

orden y quien no paga sus deudas paga con la vida.” Pero lo que ese juez, hijo de la

chingada no sabía, compadre, era que a 50 km al norte, en las montañas de la

Sierra Madre, un hombre estaba limpiando su mauser, un hombre cuyo nombre hacía

temblar a los federales. Un hombre que nunca, nunca perdonaba cuando se tocaba

a una madre, cuando se humillaba a una viuda, cuando se hacía llorar a un niño.

Francisco Villa, el centauro del norte. la furia del desierto convertida en

carne y hueso. Y cuando la noticia de lo que estaba pasando en San Buenaventura

llegó al campamento de los dorados, cuando le contaron a Villa que un juez gordo y borracho estaba preparando la

orca para ejecutar a una viuda por ocho reales mientras sus niños lloraban

aferrados a ella. Villa no gritó, no maldijo, no hizo discursos, solo

preguntó con esa voz fría que sus hombres conocían bien, esa voz que era más aterradora que cualquier grito.

¿Cuánto falta para llegar a ese pueblo? Lo que pasó después, compadre, no es solo historia, es leyenda, es justicia

pura del desierto. Es la prueba de que en el norte de México todavía existían

hombres de honor. Y es la razón por la cual hasta el día de hoy, más de 100 años después, cuando alguien en

Chihuahua habla de la justicia de Villa, siempre terminan contando esta historia,

la historia del juez que creyó que podía colgar a una madre y del centauro que le

enseñó que en el norte la justicia no llegaba en carruaje del gobierno,

llegaba a caballo y con mauser en la mano. Pero antes de seguir, compadre, si

esta historia te está moviendo algo por dentro, si estás sintiendo esa

indignación que yo estoy sintiendo al contártela, dame like a este video ahora

mismo. Suscríbete al canal porque aquí contamos las verdaderas leyendas que la

historia oficial quiere que olvidemos. y deja un comentario diciéndome desde qué

ciudad nos estás viendo, porque este canal es de todos los que todavía

creemos que el honor y la justicia valen más que el oro. Órale, vamos a seguir

con esta historia que apenas está comenzando. La mañana había comenzado como cualquier otra en San Buenaventura,

los gallos cantando cuando el sol todavía era una promesa detrás de las montañas. Las mujeres encendiendo los

fogones para hacer las tortillas del desayuno, los hombres preparándose para

ir al campo, aunque ya casi no quedaban campos que trabajar, porque los ascendados, con ayuda de jueces como