El viento del norte rugía como una bestia herida cuando los primeros gritos rompieron la madrugada en las montañas

de Chihuahua. No eran gritos de soldados, no eran gritos de hombres,
eran gritos de niños apaches, gritos cortos, secos, asfixiados,
los gritos de quienes ya no tienen fuerzas para pedir ayuda. El capitán federal Rentería, un hombre conocido por
su crueldad enfermiza, sostenía un látigo trenzado con cuero de res. Cada
golpe caía con un silvido que cortaba el aire. Cada estallido era un llanto
nuevo. A su alrededor, tres niños apaches estaban atados a un poste de
mezquite, sus cuerpos pequeños cubiertos de marcas rojas y moradas. Detrás de él,
varios soldados observaban en silencio. Silencio de miedo, silencio de
vergüenza. “Estos salvajes deben aprender quién manda”, gritó Rentería con los ojos
encendidos. Si mueren, mejor, así hay menos basura en el norte. Los soldados
bajaron la mirada. Uno de ellos apretó los dientes. Otro murmuró una oración
que nadie escuchó. El capitán levantó el látigo una vez más. Los niños, agotados,
apenas podían mantenerse en pie. Uno de ellos, no tendría más de 7 años, murmuró
algo en lengua apach, débil, casi inaudible. Rentería sonríó. Reza,
pequeño animal, tu Dios no va a salvarte. La siguiente descarga cayó con tanta fuerza que el niño se desplomó.
Quedó colgando por las muñecas sin aire, sin voz, sin esperanza. Los soldados
retrocedieron un paso. Sabían que Rentería estaba cruzando una línea
incluso para los federales, pero nadie se atrevía a enfrentar al hombre que había enterrado a varios de sus propios
subordinados por desobedecer. El viento sopló fuerte, levantando polvo, un polvo
rojizo, antiguo, lleno de memoria apache. Y fue entonces cuando uno de los
soldados, el más joven, murmuró con voz quebrada,
capitán, si Pancho Villa se entera de esto, Rentería giró bruscamente. Villa
no manda aquí, ni él, ni sus bandidos, ni ningún salvaje. Escupió a un lado. Y
si aparece, correrá la misma suerte que estos perros. Pero la montaña escuchó,
el viento escuchó, la tierra escuchó y el desierto no guarda silencio cuando se
lastima a un niño. Porque esos niños, esos pequeños apaches golpeados hasta el
hueso, eran sangre de un clan aliado de villa y uno de ellos era sobrino del
jefe que le salvó la vida años atrás. Rentería no lo sabía, pero ya había firmado su sentencia. El niño apache
colgaba del poste como un trapo desgarrado. Su respiración era un suspiro roto, un
hilo delgado que amenazaba con romperse en cualquier instante. Los otros dos,
apenas de pie, tenían la mirada perdida. Esa mirada que solo aparece cuando la
inocencia ha sido arrancada a golpes. El capitán Rentería respiraba agitado, no
por cansancio, sino por placer. El monstruo disfrutaba, el desierto lo
sabía y el desierto no perdona. “Levanten a ese pequeño salvaje”, ordenó
señalando al que había caído. Dos soldados se miraron entre sí. Uno murmuró, “Capitán, ya no respira bien.”
Rentería lo tomó del uniforme y lo empujó con violencia. ¿Quieres unirte a ellos? Obedece. Los hombres levantaron
al niño con cuidado, temblando. La piel del pequeño estaba abierta en
varios lugares y cada movimiento le arrancaba un gemido débil, casi
invisible. Uno de los soldados, con los ojos llenos de dolor, murmuró, “Esto,
esto no está bien.” Rentería lo escuchó y sonríó. Una sonrisa enferma, una
sonrisa que anunciaba caos. “¿No está bien?” Le dio un golpe en la cara. El
soldado cayó. Aquí mando yo y aquí nadie cuestiona lo que hago. El silencio cayó
pesado entre los hombres, pero no era el silencio del respeto, era el silencio
del miedo. Rentería tomó el látigo de nuevo, lo levantó y justo cuando iba a
descargarlo sobre los niños, una hoja seca del mesquite cayó entre él y su
víctima. Una hoja pequeña, insignificante. Pero los soldados se
tensaron. Sabían leer señales y el viento había cambiado. Soplaba frío,
soplaba recto, soplaba como si arrastrara algo antiguo y peligroso. Uno
de los soldados susurró con voz quebrada, capitán, escuché que Villa
anda por estas tierras. Rentería se rió con desprecio. Villa no es Dios. Villa
no aparece por arte de magia. Pero en el rostro de ese soldado había
miedo verdadero. El tipo de miedo que solo un hombre puede causar. A lo lejos, entre las
sombras de las montañas, un relincho retumbó seco, feroz, como si la tierra
misma hubiese gruñido. Los soldados se giraron de inmediato. Rentería frunció
el ceño. ¿Qué demonios fue eso? Otro relincho más cerca. Luego el trote
firme, luego el tambor de un galope que hacía vibrar las piedras. Rentería trató
de convencerse de que era un caballo cualquiera, pero algo en su pecho se apretó. Un presentimiento oscuro, un
temor que no sabía de dónde venía, pero que venía con fuerza. Los soldados se
alinearon buscando sus armas. El galope se acercaba firme, implacable, terrible.
Y entonces entre la neblina del amanecer emergió una silueta, sombrero ancho,
bigote espeso, rifle a la espalda, mirada de fuego, Pancho Villa. Los
soldados retrocedieron, uno dejó caer el rifle, otro murmuró una oración. El
galope se detuvo de golpe frente al poste donde estaban los niños. Villa bajó del caballo sin prisa, miró las
marcas del látigo, miró a los niños colgando, miró la tierra manchada de sangre y luego miró a rentería.
Esa mirada no tenía rabia, no tenía ruido, no tenía grito, tenía algo peor.
La calma de un hombre que ya decidió lo que va a hacer. Rentería tragó saliva.
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