El olor a basura podrida llegó antes del grito [música] en el patio de la hacienda San Bartolomé, bajo el sol

implacable de Chihuahua, que rajaba la tierra como cuchillo en carne seca, 30

campesinos morenos se arrodillaban frente a tres carretas [música] llenas de desperdicios. Cáscaras de papa

podridas, huesos de pollo [música] con gusanos blancos retorciéndose como arroz

vivo, tortillas moosas que olían a muerte, carne descompuesta [música] que ni los perros callejeros se acercaban a

oler. El coronel Sebastián Malverde caminaba [música] entre ellos con las

botas relucientes, tan limpias que reflejaban el sol como espejos. Cada

paso sonaba como trueno en el silencio del miedo. Las esporas de plata tintineaban ese sonido delicado que

contrastaba con la brutalidad de sus órdenes. A ver, prietos del demonio,

escupió las palabras como si fueran veneno. Les voy a enseñar [música] cuál es su lugar en este país. Ustedes no

merecen el maíz que siembran, no merecen el agua que beben. Ustedes son menos que

los cerdos de mi hacienda. Entre los campesinos arrodillados estaba Miguel Contreras, 63 años de vida honesta,

[música] manos callosas de 40 años trabajando la tierra bajo el sol del desierto, padre

de ocho hijos, abuelo de 16. hombre que nunca había levantado la voz a nadie,

que compartía su último trozo de pan con el vecino hambriento, que enseñaba a los

niños del pueblo a leer bajo el Mesquite los domingos después de misa. Junto a

él, su hijo José, 25 años, recién casado con María del Carmen, embarazada de 6

meses de su primer hijo, [música] un muchacho que trabajaba de sol a sol quejarse, que soñaba con darle una vida

mejor a su familia, que ahorraba cada centavo para comprar un pedacito de tierra donde sembrar su [música] propio

maíz. Coman”, ordenó el coronel señalando las carretas de basura con su

fusta de cuero. [música] “Quiero ver cómo se atoran con su comida de prietos. Quiero escuchar cómo

mastican lo único que merecen.” El viejo Miguel levantó la cabeza. Sus ojos,

cansados, pero dignos, [música] miraron directamente al coronel: “Señor,

somos cristianos, somos hombres, tenemos familias que alimentar con trabajo

honesto, [música] no le hemos hecho daño a nadie. ¿Por qué? La bota del coronel golpeó la cara

del viejo con [música] la fuerza de una mula coseando. Miguel cayó al polvo

escupiendo sangre [música] y un diente. El sonido del golpe resonó en el patio como disparo. ¿Quién te dio

permiso de hablar, animal? El coronel limpió la bota en el zarape del viejo,

manchándolo de sangre. Ustedes no hablan, ustedes obedecen como los perros

que son. José se lanzó para ayudar a su padre. Tres rurales lo detuvieron,

retorciéndole los brazos hasta que el muchacho gritó de dolor. Perfecto.

Sonrió el coronel mostrando dientes tan blancos como su piel privilegiada. El

cachorro tiene agallas, pues él va primero [música] que coma por dos. Lo

que el coronel Malverde no sabía, lo que su arrogancia de hombre [música] rico y poderoso no le permitía imaginar. era

que alguien observaba desde la sierra a 300 m de distancia, [música] escondido

entre los órganos y biznagas del desierto de Chihuahua, con un Winchester 30 apoyado en una roca y los [música]

ojos entrecerrados contra el sol, Pancho Villa lo veía todo. A su lado, Rodolfo

Fierro, [música] el carnicero, como lo llamaban, mascaba un palillo y acariciaba su Colt 45. Mi

general, susurró Fierro. Una bala desde aquí 300 m. Puedo reventarle la cabeza

al desgraciado ahora mismo Villa no respondió por 30 segundos largos.

Observaba cada detalle a través de la mira del [música] rifle. El coronel obligando al muchacho a meter las manos

en la basura podrida, las lágrimas del viejo en el polvo, los 30 campesinos

temblando de humillación y rabia contenida. No,” dijo finalmente Villa bajando el

rifle. Su voz era baja, pero había algo en ella que hacía que hasta [música] Fierro sintiera un escalofrío en la

columna. Una bala es demasiado rápido, demasiado limpio, demasiado

misericordioso. Villa se dio vuelta para mirar a Fierro directamente a los ojos.

Ese hijo de su rechingada madre va a comer su propia basura. va a masticarla

despacio, va a tragarla y sentir cada gusano bajando por su garganta de

español arrogante. Y cuando suplique, porque va a suplicar, compadre, [música]

cuando llore y pida perdón de rodillas, ahí voy a decidir si merece una bala

rápida o algo mucho, mucho peor. En ese momento, algo cambió en el aire del

desierto de Chihuahua. Hasta los coyotes dejaron de ahullar. Hasta [música] el viento se detuvo para escuchar, porque

cuando Pancho Villa prometía justicia, el norte de México temblaba. ¿Saben qué,

compadres? En mi familia [música] se cuenta que mi bisabuelo vio esto con sus propios ojos, porque Villa no andaba

solo [música] castigando en secreto. No, señor. Villa hacía justicia donde todos

pudieran ver para que nadie olvidara qué pasaba con los que oprimían a la raza.

Agárrense, compadres, que esta historia les va a hervir la sangre. Pero antes de

empezar, vamos a hacer un trato. Va, dale like a este video para ayudar a

este contador de historias a seguir trayendo las leyendas verdaderas de la

Revolución Mexicana. Es rapidito, no cuesta nada [música] y hace toda la

diferencia para que más raza conozca estas historias de nuestro norte Bravo.

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todos los días hay historia nueva con sangre, coraje y justicia, del modo

[música] que solo México sabe hacer. El norte no olvida, compadres, y nosotros

tampoco olvidamos a quien acompaña estas pláticas. Ahora acomódense ahí que les

voy a contar derechito cómo fue que todo [música] empezó. La hacienda San Bartolomé se extendía por 15,000

hectáreas del desierto de Chihuahua. Era un imperio dentro de [música] México, un