600 kg de coca pura, cadáveres tirados por todo el suelo y algunos de ellos

eran hombres de la ley, ejecutados por motivos que tal vez tú hasta celebrarías, compadre. La banda del

carro rojo es un corrido que está en la boca de todo mundo, pero hay detalles

que lo cambian todo. Detalles que tienes que conocer para entender la historia

real detrás de este corrido legendario. Aquí te voy a contar como una operación

que prometía millones terminó convirtiéndose en la balacera más famosa

de México, un verdadero baño de sangre provocado por traiciones que nadie veía

venir. Y también te voy a contar como de ese desastre nació una leyenda que

todavía se canta en cada cantina, en cada rancho y en cada troca que cruza el

norte. Compadre, tú estás escuchando el canal Legendarios del Norte. Dime desde

qué ciudad nos estás oyendo. Dale like al video y ahora sí, vamos a comenzar.

Era febrero del 72 cuando Félix Gallardo mandó llamar a Lamberto Quintero a su

casa de Guadalajara. No era una invitación, era una orden. Y cuando el

jefe de jefes te mandaba llamar, ibas. Lamberto llegó al atardecer manejando su

Dodge Dart verde, el mismo que había modificado con suspensión reforzada y un

compartimento secreto bajo el asiento trasero. Tenía 28 años y ya se había

ganado fama en Culiacán por dos cosas: cumplir su palabra y no dejar a los

suyos tirados. Félix lo recibió en el patio trasero bajo un mezquite viejo.

Había una botella de herradura reposado y dos vasos. Félix sirvió sin preguntar.

Era un hombre de 45 años, exjudicial que había entendido algo que nadie más. El

futuro del narcotráfico estaba en la coca que subía desde Colombia. Controlaba rutas, políticos, policías.

Tenía el país en el bolsillo. Tengo un trabajo para ti, Lamberto. 600 kg de

cocaína hasta Chicago. Unos políticos gringos con prisa y dinero. 5 millones

de pesos para cada organización que participe. Lamberto no dijo nada todavía. Estaba calculando. 600 kg era

una barbaridad, pero 5 millones con eso podía retirarse. ¿Quién más va?,

preguntó Félix. sonrió apenas. Pedro Avilés mueve su parte por Sonora. Tú te

encargas de Chihuahua, 200 kg por el paso. Lamberto asintió. Si Avilés estaba

metido, la cosa era seria. Y los otaáñes. Félix apagó el cigarro contra

la mesa. Dijeron que no, que huele a trampa. La temperatura bajó 10 gr. Decir

que no al jefe de jefes era peligroso. Cuando salgo en tres días en Parral te

entregan un segundo carro, un dart rojo ya cargado con 100 kg. Los otros 100 los

metes en tu verde. Si algo sale mal con uno, el otro sigue. Lamberto bebió el

tequila sintiendo que algo no cuadraba. Dos carros era precaución o sacrificio.

“Voy a llevar a Pedro paz”, dijo. Félix asintió. tu primo, buen hombre. Y el

azul, Juan José Esparragosa, jefe de policía en Culiacán, pero está con

nosotros. En Juárez se encuentran con don Neto. Él los cruza. Esa noche

Lamberto regresó a Culiacán. Pedro Paz lo esperaba en el portal con una cerveza

Pacífico. Tenía dos años menos que Lamberto, pero parecían gemelos. Habían

crecido juntos en la sierra. Pedro le había salvado la vida dos veces.

Eran más que primos, eran hermanos de sangre. ¿Qué dijo el jefe? Lamberto le

quitó la cerveza. 600 kg hasta Chicago. 5 millones y sale bien. Pedro silvó

bajito. Eso es retirarse o morir en el intento. Pedro se rió. Tú y yo no vamos

a morirnos, primo. Somos de los que llegan hasta el final. Los siguientes

tres días fueron de preparación. Lamberto revisó el dart verde. Pedro

consiguió armas. El azul llegó con pasaportes falsos que Félix había mandado. La madrugada de la partida,

Lamberto se despidió de su madre en la cocina. Ella le puso una mano en la mejilla. Cuídate, mi hijo. Sabía que

rezaría cada noche hasta que volviera o hasta que le llegara la noticia de que

no volvería. Salieron antes del amanecer. Lamberto manejaba el verde.

Pedro en el copiloto con un delicado entre los labios. El azul venía atrás

con un mapa. El sol salió pintando el cielo de naranja. Pedro miraba las montañas recortándose contra el

horizonte. “¿Sabes qué es lo más cabrón de todo

esto?”, dijo. “¿Qué? ¿Que algo siempre sale mal en las operaciones grandes? El

camino a Durango era largo y polvoriento, 6 horas atravesando la

sierra por carreteras que parecían cicatrices en la montaña. Lamberto

manejaba concentrado, revisando el retrovisor cada 5 minutos. Pedro

dormitaba con el sombrero sobre la cara. El azul marcaba cruces en el mapa donde

había retenes federales. Era mediodía cuando pararon en una gasolinera

solitaria un jacal de adobe con dos bombas oxidadas. El encargado llenó el

tanque sin decir palabra. Lamberto compró tres Coca-Colas. El calor

mareaba, el aire olía a creosota y gasolina caliente. Fue Pedro quien los

vio primero. Dos pickups Ford detrás del jacal, medio ocultas por unosches,

hombres adentro. Cuatro, tal vez cinco. Primo dijo bajito, tenemos compañía.

Lamberto volteó despacio. Los reconoció. Gente de los otañes. Tenía que ser. El

azul salió del baño captando la tensión de inmediato. ¿Cuántos? Cinco, tal vez

seis. Los hombres salieron de las pickups, todos armados con rifles. El

que venía adelante era grande, con cicatriz cruzándole la ceja. Lamberto Quintero, el mismo. Los señores Otaáñes

mandan saludos. Ustedes van a pasar por territorio que ellos controlan y no les