Durante 6 meses, Rogelio el Gordo Sánchez había construido su pequeño

reino de terror en tres calles de Tepito. Su víctima favorita, don Martín,

un anciano indefenso que jamás lo había ofendido. ¿Por qué yo?, preguntaba don

Martín cada noche al pequeño crucifijo en su pared. Hoy con sus bolsas del

mercado cargadas con los últimos pesos de su pensión, estaba a punto de recibir

una respuesta. Una respuesta que llegaría en forma de un hombre con overall de construcción, manos callosas

y una mirada que podía detener el tiempo. Don Martín Reyes tenía 72 años,

pero el miedo lo había envejecido 10 más. Cada mañana, cuando abría los ojos

en su pequeña habitación de la vecindad en Tepito, su primer pensamiento era el mismo. Por favor, Dios, que hoy no me lo

encuentre. El crucifijo de madera sobre su cama lo observaba en silencio,

testigo mudo de sus súplicas nocturnas y sus miedos diurnos. La habitación era

humilde pero digna, una cama individual con sábanas remendadas pero limpias, un

ropero de los años 60 con el espejo rajado y una repisa donde guardaba la foto de su difunta esposa Carmela, y una

veladora siempre encendida a la Virgen de Guadalupe. Don Martín había sido carpintero toda su vida. Sus manos,

ahora temblorosas y manchadas por la edad, habían construido muebles hermosos para familias de todo el barrio, pero

una caída de una escalera 5 años atrás le había destrozado la cadera izquierda

y desde entonces caminaba con un bastón de madera que él mismo había tallado en

sus días de gloria. Su pensión del gobierno apenas alcanzaba, 2,400 pesos

al mes que tenía que estirar como chicle para cubrir renta, luz, agua. y comida.

No había lujos, no había caprichos, cada peso estaba contado y comprometido antes

de llegar a sus manos. Este martes de febrero, día 15 del mes, le quedaban

exactamente 187 pesos hasta que le depositaran la nueva quincena. Los había

contado cinco veces esa mañana, como si el número fuera a cambiar mágicamente.

Sabía exactamente qué comprar. 1 kg de frijoles negros, 35.

Medio kg de arroz, 20. 1 kg de tortillas 18 pes. Dos jitomates, 12 pesos. Una

cebolla 8 pes y alcanzaba, un poco de aceite y sal. El resto lo guardaría para

la luz. El mercado de Tepito estaba a seis cuadras de su vecindad. seis

cuadras que antes recorría cantando, saludando a cada vecino por su nombre.

Ahora las recorría con la cabeza gacha, el corazón acelerado y las manos sudorosas aferradas al bastón. Todo

había cambiado hacía 6 meses cuando Rogelio Sánchez decidió sin razón

aparente, sin provocación alguna que don Martín sería su entretenimiento personal. La primera vez fue un empujón

accidental que lo hizo caer contra un puesto de periódicos. Ay, perdón, abuelito, no te vi”, había

dicho Rogelio con una sonrisa que no llegaba a sus ojos mientras sus amigos reían. La segunda vez fue peor. Le

arrebató el bastón y lo lanzó a un techo, obligando a don Martín a gatear hasta su casa. La tercera vez le vació

una cubeta de agua sucia en la cabeza frente a todos. Cada incidente era más

humillante que el anterior y nadie hacía nada. Los vecinos bajaban la mirada, los

comerciantes fingían no ver, incluso el patrullero que pasaba cada tarde aceleraba cuando veía a Rogelio. El

gordo Sánchez tenía conexiones, su primo era comandante, su tío trabajaba en el

gobierno delegacional, era intocable. Rogelio no siempre había sido así. Doña

Carmen, la vecina más antigua del barrio, recordaba cuando era un niño regordete que ayudaba a su madre a

cargar las compras, pero la vida en Tepito puede endurecer o romper a una

persona. El padre de Rogelio había sido asesinado en un asalto cuando el muchacho tenía 16 años. Su madre murió

de diabetes 3 años después. Sin familia, sin educación más allá de la primaria,

Rogelio cayó en las manos equivocadas. Primero fue ayudante en un taller mecánico donde aprendió que los puños

resolvían más que las palabras. Luego se involucró en pequeños negocios turbios,

revender celulares robados, cobrar cuotas a los comerciantes nuevos, intimidar a quien hiciera falta. A sus

años, Rogelio pesaba 130 kg de pura masa intimidante. Su rostro ancho siempre

brillaba de sudor. Sus ojos pequeños desaparecían entre cachetes cuando sonreía y sus manos eran como jamones

capaces de romper huesos con facilidad. Vestía invariablemente una camiseta sin mangas que mostraba sus brazos tatuados,

pantalones deportivos y tenis Nike que cambiaba cada mes. En su cuello colgaban

tres cadenas de oro gruesas. y en su muñeca un reloj Rolex falso pero convincente. ¿Por qué, don Martín? Esa

era la pregunta que torturaba al anciano cada noche. No había razón lógica. Nunca

habían tenido conflicto. Don Martín jamás le había faltado al respeto. Nunca

le había debido dinero. Nunca había coqueteado con ninguna mujer de su familia. Simplemente un día, Rogelio lo

vio caminando con su bastón y algo en su cerebro hizo click. Tal vez fue la forma

en que don Martín caminaba con dignidad a pesar de su pobreza. Tal vez fue

porque el anciano nunca bajaba la cabeza ante nadie. Siempre saludaba con un

buenos días cordial incluso a quienes no se lo merecían. Tal vez Rogelio vio en

Don Martín todo lo que él había perdido. Honor, respeto, ganado por trabajo

honesto, paz interior y ese reflejo de sus propias carencias lo enfureció. Los

psicólogos llamarían a esto transferencia de odio o proyección de fracasos personales. Pero en las calles

de Tepito no había psicólogos, solo había depredadores y presas. Y Rogelio

había decidido que don Martín sería su presa. Un blanco fácil, un anciano

débil, sin familia que lo defendiera, sin recursos para contratar abogados, sin fuerzas para pelear. El juguete

perfecto para un matón cobarde. Este martes, don Martín despertó con un mal presentimiento. Sus huesos dolían más.

De lo usual, siempre decía que sus rodillas predecían el clima mejor que cualquier meteorólogo y había soñado con

Carmela. En el sueño, su difunta esposa le tomaba la mano y le decía, “Hoy cambia todo, viejo. Ten fe.” Había