Febrero de 1916, en plena Revolución Mexicana, cuando la sangre regaba la tierra y los héroes

nacían del polvo y la pólvora. Un mercenario gringo llegó a profanar lo

sagrado. Escupió la bandera, humilló al pueblo, violó, quemó, destruyó. Su

nombre era el texano Jack y creía que los mexicanos eran cobardes.

Pero había un nombre, un nombre que hacía temblar a los federales, una

leyenda que cabalgaba entre balas y traiciones. Pancho Villa, el centauro del norte. Y

cuando el honor de México fue pisoteado, cuando su bandera fue escupida, cuando

su gente lloró sangre, él llegó. Solo desafiante,

imparable. Este es el último duelo de Villa.

Una historia de venganza, de honor, de justicia revolucionaria,

donde un gringo aprendió que en Tierra Mexicana los insultos se pagan con plomo. Viva

Villa, viva la revolución. Bienvenido, compa, a este mi canal, El

Centauro revolucionario. Coméntame desde cuál ciudad nos visitas, mientras yo te

contaré relatos, historias y leyendas revolucionarias. Si son de tu agrado, te

agradezco que me regales un me gusta y en los comentarios me dejes un saludo.

La cantina El nopal ardiente edía a mezcal rancio, sudor de geming y sangre

vieja. Era febrero de 1916 y los muros de adobe todavía guardaban

agujeros de bala de la última balacera entre villistas y carrancistas. Don

Refugio, el cantinero tuerto, limpiaba vasos con un trapo mugroso mientras

observaba a los peones que bebían en silencio, todavía asustados por los

rumores de federales merodeando la región como buitres hambrientos. Fue

entonces cuando entró el gringo, un mastodonte rubio de casi 2 met con

cicatrices que le cruzaban la cara como mapas del infierno. Vestía pantalones de

cuero, botas tejas con espuelas plateadas y un sombrero tejano que

proyectaba sombras amenazantes. Sus ojos azules, fríos como el acero, de sus dos

Colt 45, recorrieron la cantina con desprecio.

Así que aquí se esconden los cobardes de Villa”, rugió en español chapurreado. El

silencio cayó como lápida de mármol. Los peones bajaron la mirada, pero el gringo

que se hacía llamar el texano Jack, no había terminado. Se acercó al mostrador

donde estaba clavada una pequeña bandera mexicana tricolor, la arrancó de un

tirón y la arrojó al suelo. Esta porquería de trapo no vale ni para

limpiarme las botas. Escupió sobre ella un salivazo espeso y amarillento

mientras aplastaba la tela con el tacón. Don Casimiro, un peón viejo de manos

temblorosas y ojos aguados, se puso de pie con dificultad.

Eso no se hace, señor. La bandera es sagrada para nosotros. El texano Jack

giró como víbora de cascabel y de un puñetazo, mandó al anciano contra la pared. Sagrada, se carcajeó. Lo único

sagrado aquí son los dólares que me pagan los federales por cada indio mugroso que liquido.

¿O prefieres que te diga compatriota? El mercenario había llegado al pueblo tres días antes, enviado por el general

federal Juvencio Robles, quien había pactado con los terratenientes locales y

algunos carrancistas traidores para atender una trampa mortal a Francisco

Villa. La estrategia era simple, pero efectiva, provocar tanto que el centauro

del norte no resistiera salir de su escondite y el texano Jack cumplía su

trabajo con sádico entusiasmo profesional de asesino a sueldo. “Todos

ustedes son unos indios mugrientos”, bramó el gringo tambaleándose por el

mezcal. “Villa es un bandido analfabeto que se cree general. Yo maté a 20 de sus

hombres en Columbus y regresé para terminar el trabajo. Sacó su revólver y

disparó al techo, haciendo llover polvo y pedazos de viga. Las mujeres gritaron,

los niños lloraron, pero nadie se atrevió a enfrentarlo. Los tres soldados federales que lo

acompañaban reían desde la esquina. Durante dos días más, el texano Jack

desató su terror personal. Abusó de la hija del panadero, un ángel de 18 años

llamada Lupita, que quedó destrozada en cuerpo y alma. Quemó la milpa de don

Esteban, dejando a ocho familias sin sustento. Robó los ahorros del cura

párroco y prendió fuego a los confesionarios. Cada infamia era calculada, cada ultraje diseñado para

que los rumores volaran como centellas hasta los oídos de Pancho Villa. “Ese

desgraciado busca muerte, mi general”, dijo Rodolfo Fierro, el carnicero de

Villa, mientras limpiaba su pistola en el campamento villista escondido entre las montañas. Villa, con su

característico bigote espeso y ojos que podían cambiar de tiernos a letales en

un parpadeo, fumaba un puro mirando el horizonte. Lo sé, compadre, pero no

podemos dejar que un gringo mercenario pisotee nuestra dignidad. Es una trampa,

pero también es cuestión de honor. Es suicidio, Francisco. Intervino una voz

femenina, suave, pero firme como seda sobre acero. Lorena Loreto emergió de

las sombras con esa gracia felina que hacía que todos los hombres del campamento perdieran el aliento. Sus 28

años llevaban consigo una sabiduría antigua. Educada en Monterrey por monjas francesas, hablaba cuatro idiomas y

manejaba información como quien teje encajes. Su belleza era devastadora,

cabellera negra como ala de cuervo que le llegaba hasta la cintura, ojos grises

que parecían ver tu alma, cuerpo de diosa con curvas que desafiaban la

gravedad. Vestía falda de amazona y blusa blanca entreabierta que revelaba