Un federal convierte el hambre del pueblo en arma, raciona el maíz y
castiga a quienes suplican hasta que Pancho Villa llega para que ese hombre
poderoso pruebe en silencio y soledad la verdadera hambre de justicia. Bienvenido
al canal Cuentos de Villa. Dinos desde dónde nos estás escuchando, compadre.

Déjanos tu like y agárrate porque lo que viene te va a herizar. Cuentan los
viejos que en los días más secos de Hidalgo del Parral, cuando el sol caía
como plomo derretido sobre las calles de tierra y las sombras se escondían hasta
de sí mismas, llegó un hombre que no traía fusiles, sino cadenas. Se llamaba
Julián Resa, y vestía el uniforme federal con la misma solemnidad con que
otros llevaban luto. Tenía los ojos hundidos como pozos sin agua y una
manera de hablar. que parecía salir no de la boca, sino de algún lugar más hondo y más frío. Venía con órdenes de
la capital, decían, para restaurar el orden y pacificar la región. Pero lo que
trajo fue hambre vestida de ley. Lo primero que hizo al llegar fue cerrar los graneros, no con candados
corrientes, no señor, sino con cadenas gruesas como brazos de hombre y con
soldados armados que montaban guardia día y noche. El maíz, el frijol, la sal,
la harina, el chile seco, todo lo que el pueblo había guardado para sobrevivir el
invierno quedó bajo su mando. Y entonces vino la orden que heló la sangre. Quien
quisiera comer tendría que hincar la rodilla ante la bandera del gobierno, firmar con su nombre o con su huella el
papel que obligaba a entregar a sus hijos varones al ejército federal. Los
que se negaban quedaban afuera, afuera del granero, afuera de la comida, afuera
de la vida. Al principio, algunos creyeron que era bluff, pura amenaza
para asustar. Pero pasó la primera semana y las familias que no firmaron
empezaron a sentir el vacío en las tripas. Las mujeres vendían sus rebos
sus aretes de plata, sus medallas de la Virgen, todo por un puño de maíz. Los
hombres, esos que habían sido dueños de ranchos y ganado, ahora mendigaban por
un trago de agua con sal. Y rea desde su oficina en el antiguo
cabildo veía todo con la misma expresión fría con que se mira un campo después de
la cosecha. No pasó mucho tiempo antes de que el hambre empezara a llevarse a
los más frágiles. Primero fueron los ancianos, luego los niños más pequeños,
después los que ya estaban enfermos. Las campanas de la iglesia doblaban cada dos
tr días. El padre Eusebio ya no sabía qué decir en los entierros. Las palabras
se le atoraban en la garganta como espinas. Y reza seguía ahí impasible,
repitiendo la misma frase como si fuera salmo. La patria exige sacrificios.
Entre los que resistían estaba Tomás Gabilán. Era un hombre que había visto
70 años pasar como nube sobre la sierra. un hombre que había criado tres hijos
solo después de que la viruela se llevara a su mujer. Ahora vivía con su nieta Rosalía, una chamaquita de 8 años
que tenía los ojos grandes y oscuros como charcos de noche. Tomás se había
negado a firmar, no porque fuera terco ni orgulloso, sino porque sabía que sus
hijos, los que le quedaban vivos, andaban con villa en las montañas,
peleando por una causa que él entendía en el corazón, aunque no pudiera ponerla
en palabras. Pasaron dos semanas, luego tres. Tomás y
Rosalía comían lo que encontraban. Nopales del monte, raíces amargas, agua
con sal. La niña no se quejaba, pero sus ojos empezaron a hundirse, su piel a
pegarse a los huesos como papel mojado. Y Tomás, Tomás, que había aguantado
sequías y revoluciones, empezó a sentir que la tierra lo llamaba. Fue un viernes
por la tarde cuando cayó. Estaba sentado en la plaza con Rosalía a su lado,
viendo pasar las sombras largas del atardecer. Trató levantarse y las piernas no le
respondieron. se recargó contra la pared de adobe, cerró los ojos y sintió que todo su
cuerpo se volvía ligero, como si el alma ya estuviera empacando para irse.
Rosalía le tomó la mano, esa mano que ahora parecía de palo seco, y lloró sin
hacer ruido. No gritó, no pidió ayuda, solo lloró, porque a esa edad ya sabía
que hay cosas que no tienen remedio. Tomás murió con el sol todavía alto, con
la mano de su nieta entre las suyas. Murió de hambre, murió callado, murió
con la dignidad de quien nunca traicionó lo que creía. Y cuando el cuerpo se quedó quieto, Rosalía se quedó ahí
sentada a su lado esperando que alguien le dijera qué hacer. Pero nadie vino. El
pueblo entero estaba demasiado ocupado sobreviviendo. Esa noche un hombre pasó
por la plaza. Iba vestido como peregrino, con sombrero desilachado y jorongo viejo. Pero algo en su manera de
caminar, en la forma en que sus ojos barrían el lugar sin perderse nada, delataba que no era quien aparentaba
ser. se acercó a Rosalía, se agachó junto a ella y le preguntó en voz baja
qué había pasado. La niña, con los ojos rojos e hinchados, le contó todo. Le
habló del comandante Rea, de los graneros cerrados, de la firma que no quisieron dar, del hambre que se llevó a
su abuelo. El hombre escuchó sin interrumpir. Cuando la niña terminó,
asintió despacio, sacó de su morral un pedazo de pan duro y se lo dio. Luego le
dijo algo que ella no entendió en ese momento, pero que recordaría toda su vida.
No hay mal que por bien no venga mi hijita. Tu abuelo no murió en vano. Y se
fue caminando despacio, perdiéndose entre las sombras. Ese hombre era uno de
los dorados de Villa y la historia que Rosalía le contó llegó a oídos del
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