El olor a mezquite quemado llegó antes del grito. Tres cruces de madera se

levantaban [música] en el centro de la plaza de San Miguel del Mesquital, Durango. El sol del

mediodía caía vertical, implacable, como plomo derretido sobre la tierra rajada.

Tres mujeres colgaban amarradas a esas cruces. María de las Flores, comadrona

que había traído al mundo a medio pueblo, 38 años, manos callosas de tanto

curar, [música] corazón limpio como agua de manantial. Había salvado a docenas de

niños que nacían atravesados. Había cerrado los ojos de los ancianos que

morían en paz, sabiendo que [música] ella los acompañaba. Conocía cada hierba

del desierto, cada remedio que su [música] abuela le había enseñado. Era de esas mujeres que el pueblo respetaba

más que al mismo cura. Rosa del Carmen, viuda que criaba cuatro niños huérfanos

[música] con lo poco que tenía, 42 años. Nunca negó un plato de frijoles a quien

tuviera hambre. Su esposo había muerto en las minas de Parral 5 [música] años

atrás, aplastado por una tonelada de piedra. Podría haber mandado a los niños

con parientes lejanos, [música] pero los crió como si fueran su propia sangre. lavaba ropa para los asendados,

cosía hasta que los dedos le sangraban, todo para que esos cuatro niños tuvieran

[música] tortillas en la mesa. Guadalupe Serrano, maestra que enseñaba a leer a

los niños debajo del mesquite sin cobrar un centavo, 29 años. Había aprendido las

letras de su padre, un escribano que murió de fiebre tifoidea. Soñaba con

abrir una escuela de verdad con pizarra y bancos de madera. Por las tardes,

después de enseñar, ayudaba a los campesinos a escribir cartas para sus familias que habían migrado al norte.

Era de esas personas [música] que iluminan un pueblo solo con existir. El sol quemaba sin piedad. Las bocas

abiertas buscaban aire que no llegaba, los brazos amarrados [música] con lazos

de enquen que cortaban la carne hasta el hueso, los pies descalzos buscando apoyo

que no existía. La sangre escurría lentamente de las [música] muñecas, gota a gota, manchando la madera de las

cruces. Y en la plaza el pueblo entero [música] miraba en silencio. 200

personas, hombres, mujeres, niños, ancianos, todos parados como estatuas.

Algunos lloraban en silencio, otros apretaban los puños hasta que las uñas se clavaban en las palmas, pero nadie se

movía, [música] nadie hablaba. El miedo los tenía amarrados más fuerte que las cuerdas que

sujetaban a las tres mujeres. ¿Cuál había sido el crimen [música] de estas tres mujeres de bien? Escuchen con

atención, compadres, que esta parte pone los pelos de punta. El coronel Erasmo

Cárdenas, cacique de San Miguel del Mesquital, había decidido que el pueblo

necesitaba una lección. Controlaba 20,000 hectáreas de tierra fértil. Tenía

200 peones trabajando de sol a sol. por [música] pesos a la semana. Poseía la

tienda, la cantina, el molino y hasta la iglesia. El cura leía los sermones

[música] que el coronel escribía. El juez firmaba las sentencias que el coronel dictaba. En San Miguel del

Mesquital, la palabra del coronel era más poderosa que la ley de Dios. Su hijo

Rodrigo Cárdenas, borracho y cobarde como buen hijo de patrón, había intentado deshonrar a la hija de María

de las Flores una noche de sábado. La muchacha se llamaba Esperanza, 16 años,

rostro de ángel, sonrisa tímida, ojos que brillaban cuando hablaba de [música] casarse algún día con Miguel, el hijo

del herrero. Rodrigo la había visto en la fiesta del pueblo. Había bebido todo el día mezcal que no pagaba [música]

porque nadie se atrevía a cobrarle. Cuando la noche cayó y la música sonaba, siguió a esperanza cuando ella salió

para caminar a su [música] casa. La agarró del brazo en el callejón oscuro detrás de la iglesia. “Vas a ser mía

esta noche.” Le dijo con aliento que apestaba a alcohol y maldad. Esperanza

gritó. Ese grito atravesó la noche como cuchillo. María de las flores estaba en

su casa. a dos calles de distancia, preparando una infusión para un enfermo.

Escuchó el grito y supo inmediatamente que era su hija. Una madre siempre

reconoce el grito de terror de su propia sangre. Salió corriendo descalza por las

calles de tierra. Rosa del Carmen estaba acostando a los cuatro niños cuando [música] escuchó el grito. Agarró el

palo que usaba para sostener la puerta y corrió hacia el callejón. Guadalupe

Serrano caminaba de regreso de casa de don Ramón, donde [música] había estado enseñando al viejo campesino a escribir

su nombre. Escuchó el grito y corrió sin pensar. Las tres mujeres llegaron al

callejón casi al [música] mismo tiempo. Rodrigo Cárdenas tenía a esperanza contra la pared. Una mano tapaba la boca

de la muchacha, la otra arrancaba su vestido. [música] “Suéltala, desgraciado”, gritó María de

las Flores. Rodrigo se giró sorprendido. Su rostro borracho y confundido, [música]

tardó un segundo en entender qué pasaba. Ese segundo fue suficiente. María se

lanzó sobre él como tigre [música] defendiendo a su cachorro. Le clavó las uñas en la cara. Rosa del Carmen llegó

detrás y le dio un palazo en la cabeza que sonó como sandía reventándose.

Guadalupe agarró a Esperanza y la alejó del monstruo. Rodrigo Cárdenas cayó al

suelo [música] como costal de maíz podrido. La sangre le corría por la frente donde el palo lo había golpeado.

Tenía tres rasguños profundos en la mejilla izquierda, donde las uñas de María lo habían marcado. se levantó

tambaleándose, miró a las tres mujeres con odio puro en los ojos. “Van a pagar

por esto”, dijo [música] escupiendo sangre. “Mi padre se va a enterar y van

a pagar.” Corrió hacia la hacienda como perro con la cola [música] entre las piernas. Las tres mujeres se abrazaron a

esperanza. La muchacha temblaba, lloraba, pero estaba viva, estaba a

salvo. “Ya pasó, mi niña”, [música] susurraba María acariciando el cabello de su hija. “Ya pasó, nadie te va a

tocar.” No sabían que el infierno apenas comenzaba. Rodrigo Cárdenas llegó a la

hacienda con la cabeza abierta, llorando como niño chiquito. Encontró a su padre

en el comedor, terminando [música] una cena de carne importada y vino francés.

Padre”, gritó entrando como huracán. “Me atacaron! Tres [música] brujas del

pueblo me atacaron.” El coronel Erasmo Cárdenas dejó la copa de vino despacio,