Solo recibió una casa en las Aguas Negras por 28 años de trabajo. Pero lo
que encontró adentro. Guadalupe García nunca imaginó que tres décadas de dedicación incansable
pudieran resultar en tan poco. A los 42 años, con las manos callosas y el cuerpo
adolorido de tantos años fregando pisos y limpiando baños del hospital de la Santa Cruz, recibió como única
compensación una casa que más parecía una condena a la desesperación.

Fue en la mañana del lunes que el supervisor del hospital, don Rogelio, apareció en su pequeña casa rentada en
la colonia popular del pueblo costero de Veracruz, donde vivía con sus dos hijos,
Santiago de 8 años, y Jimena de seis. Él traía en las manos una llave oxidada y
una sonrisa que no llegaba a los ojos. Guadalupe, tengo una buena noticia para
ti”, dijo él, evitando mirarla directamente. La administración del hospital decidió
reconocer sus años de servicio. “Conseguimos una casa para ti y los niños.” El corazón de Guadalupe se
aceleró. Después de tantos años pagando renta con su salario miserable, finalmente tendría un techo propio.
Santiago y Jimena corrieron cerca de la madre con los ojos brillando de curiosidad.
“¿Una casa nuestra, mamá?”, preguntó Jimena jalando la orilla de la falda descolorida de su madre. ¿Dónde queda?
Quiso saber Santiago, siempre el más práctico de los dos. Don Rogelio tosió bajito, una señal que Guadalupe ya
conocía bien después de tanto tiempo trabajando bajo sus órdenes. Era el
mismo sonido que hacía cuando tenía que dar noticias malas disfrazadas de buenas. Queda allí cerca del arroyo en
las afueras del pueblo. Es una casa sencilla, pero es suya. Guadalupe tomó
la llave con manos temblorosas. Después de 28 años dedicando cada minuto de su
vida a aquel hospital, limpiando vómito, sangre y lágrimas de los pisos, esa
sería su recompensa. Una casa propia. No importaba como fuera, sería de ellas. Esa misma tarde
ella y los niños tomaron el camión hasta la dirección que don Rogelio había anotado en un papel arrugado.
El trayecto duró casi una hora, pasando por colonias cada vez más alejadas del centro del pueblo hasta llegar a una
zona que Guadalupe nunca había visitado antes. El olor le llegó a las fosas
nasales antes incluso de que pudiera ver la casa. Era un olor fuerte,
nauseabundo, que hacía arder los ojos y contraer la garganta. Jimena se tapó la
nariz con sus dos manitas mientras Santiago hacía una mueca de disgusto.
“Mamá, ¿qué olor tan feo es este?”, se quejó Jimena, su voz apagada por las
manos. Guadalupe no respondió. No podía. Al frente, entre escombros y terrenos
valdíos, estaba la casa, que sería su nueva morada. La construcción de madera
estaba visiblemente deteriorada, con tablas sueltas, ventanas sin vidrios y
un techo que parecía a punto de derrumbarse. Al lado de la casa, una tubería gruesa vertía agua sucia
directamente al terreno, formando un pequeño arroyo de aguas negras que pasaba a pocos metros de la puerta
principal. Querido oyente, si está gustando de la historia, aproveche para
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mucho a los que estamos comenzando ahora. Continuando. Las manos de Guadalupe temblaron cuando
puso la llave en la cerradura. La puerta chirrió fuerte, como si protestara por
ser abierta después de tanto tiempo cerrada. El interior de la casa era aún
peor de lo que había imaginado. Había solo un cuarto principal con el piso de madera podrida en varios puntos, paredes
con manchas de humedad y un techo con goteras evidentes. “Aquí es donde vamos
a vivir”, preguntó Santiago, su voz haciendo eco en el espacio vacío.
Guadalupe se arrodilló y abrazó a sus dos hijos, intentando contener las lágrimas que insistían en brotar. 28
años de su vida dedicados a aquel hospital. 28 años despertando a las 4 de
la mañana para llegar puntualmente al trabajo. 28 años soportando
humillaciones, salarios atrasados y condiciones precarias. Y esa era su
recompensa. “Vamos a arreglarlo, mis amores”, susurró ella con la voz entrecortada.
“Es nuestra casa ahora vamos a hacerla a un hogar.” En los días siguientes, Guadalupe se
desdobló para intentar hacer habitable aquel lugar. Consiguió prestados algunos
cubetas para contener el agua de las goteras. Trajo los pocos muebles que tenía de la casa rentada e intentó tapar
los agujeros más visibles en el piso con tablas que encontró en los terrenos vecinos. El olor de las aguas negras era
constante, penetrante. Por más que restregara el piso con desinfectante,
por más que mantuviera las ventanas abiertas, el olor náuseabundo parecía haberse impregnado en las paredes, en la
madera, en el aire que respiraban. Jimena comenzó a tener dolores de cabeza
constantes y Santiago desarrolló una tos seca que no se le pasaba. Mamá, ya no
quiero vivir aquí.” Lloriqueó Jimena en la tercera noche, encogida en su camita,
improvisada en el suelo. “Yo tampoco, mi amor”, admitió Guadalupe acariciando el
cabello de su hija. “Pero es todo lo que tenemos ahora.” Fue en la mañana del cuarto día,
mientras intentaba limpiar una mancha persistente en la esquina del cuarto, que Guadalupe notó algo extraño. Una de
las tablas del piso estaba más suelta que las otras, moviéndose cuando ella pisaba encima. Intrigada, tomó un
cuchillo de cocina e intentó levantar la tabla. Con un crujido, la madera podrida
se soltó por completo, revelando un hoyo en la base del piso. Y allí, en medio de
la tierra oscura y húmeda, había algo que hizo que el corazón de Guadalupe se detuviera por un instante. Una caja de
metal, oxidada, pero aún intacta, estaba enterrada justo debajo de las tablas.
Con las manos temblorosas sacó la caja de la tierra. No era muy grande del
tamaño de una caja de zapatos, pero pesaba más de lo que ella esperaba. Tenía una cerradura simple, pero el
óxido la había hecho inútil. Con un poco de fuerza, la tapa se abrió con un
chirrido. Lo que Guadalupe vio dentro de la caja hizo que sus piernas flaquearan.
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