Bienvenido a Cuentos del Tiempo, el único lugar donde las historias no se

cuentan, se viven. Antes de comenzar, dime algo. ¿Desde qué ciudad y qué país

estás viendo este video? Déjalo en los comentarios porque aquí somos una familia que escucha historias

desde todo el mundo. Ahora respira profundo, ponte cómodo, baja las luces

si puedes y prepárate porque hoy no vas a escuchar una simple historia. Vas a

entrar en un viaje lleno de misterio, emoción, traición, justicia y finales

que nadie ve venir. Pero escucha, antes de cruzar esta puerta del tiempo,

suscríbete ahora mismo a Cuentos del Tiempo y activa la campanita, porque

aquí cada historia es más intensa que la anterior y si te pierdes una, te vas a

arrepentir. Ahora sí, ajusta tu mente, suelta el estrés y acompáñame, porque lo que viene

te va a dejar sin aliento. El sol del desierto de Sonora no iluminaba,

condenaba, caía sobre la arena como una plancha ardiente, haciendo temblar el

aire, derritiendo la paciencia, secando la garganta. Pero lo más mortal en aquel

infierno no era el calor, hermano. Era la lengua de un solo hombre, una lengua

vieja, sucia, venenosa, capaz de matar sin disparar una bala. Imagínate a ese

anciano, 70 años, flaco como rama reseca, piel curtida como cuero viejo y

unos ojos, no de humano, de víbora, de esos que te miran como si ya supieran

dónde vas a caer muerto. Su espalda no estaba doblada por trabajo duro ni por

años de arar la tierra, no. Estaba doblada por el peso de los pecados, por

traiciones guardadas como monedas en el bolsillo. Llevaba un sombrero de ala

ancha que en otros tiempos fue elegante, pero ahora estaba manchado, arrugado y

mugriento, igual que su alma, y sus manos, esas manos temblorosas, nunca

agarraron un asadón, nunca sangraron por el pueblo, solo sostuvieron una pluma.

una pluma con la que escribía cartas que eran sentencias de muerte. Su nombre era

don Rafael Montenegro. En Sonora lo conocían todos. Algunos le decían,

“Señor, por miedo.” Otros lo llamaban patrón por obligación. Pero en la boca

de los peones su nombre era otro, el chismoso del desierto. Porque don Rafael

no necesitaba rifles, no necesitaba soldados, no necesitaba matar con su

propia mano. Él hacía algo peor, hermano. Vendía información, vendía

nombres, vendía rutas, vendía escondites, vendía revolucionarios como

si fueran animales. Y no era un hombre pobre, no. Don Rafael controlaba más de

20,000 hectáreas, territorio enorme, tierra interminable, desierto, montes,

cañones, caminos que solo los vaqueros conocían. Todo eso era suyo, pero no lo

ganó con esfuerzo, lo ganó con traición. Cada hectárea tenía un precio y ese

precio era sangre revolucionaria. Su hacienda se llamaba la misericordia. ¿Te

das cuenta de la burla? La misericordia, cuando allí no existía la misericordia

ni para un perro, era una trampa disfrazada de oasis, un lugar donde los

hombres llegaban sedientos, agotados, heridos, buscando agua y refugio, y

salían en ataúdes invisibles, porque muchos ni siquiera alcanzaban a recibir

sepultura. Y aquí es donde la historia se vuelve oscura, porque todo el

desierto sabía la verdad. Los vaqueros lo veían escribir por las noches a

escondidas como rata bajo la luna. Lo veían sellar cartas con dedos manchados

y mandarlas con mensajeros rumbo a los federales. Y al día siguiente, como si

fuera magia [ __ ] aparecían soldados, emboscadas, fusilamientos, cuerpos

tirados al amanecer, el mismo patrón una y otra vez. Pero nadie tocaba a don

Rafael. ¿Por qué? Porque el viejo cobarde había comprado protección. tenía

federales en el bolsillo, tenía al coronel Luis Herrera como perro guardián

y cuando alguien se atrevía a murmurar, “Hay que callarlo”, siempre llegaba una

advertencia. Si lo tocas, no amanece tu familia. Así vivió años, años riéndose,

años bebiendo mezcal en su portal, meciéndose en su silla como si fuera

dueño del destino. Años viendo morir a jóvenes valientes sin que una gota de

culpa le tocara el corazón, hasta que cometió un error, un error que ningún

traidor debería cometer jamás. Porque un día don Rafael delató a los equivocados,

delató a hombres que no eran simples rebeldes sin nombre. Delató a tres

dorados de élite, hombres leales a Pancho Villa, hombres con sangre

caliente, con sueños, con madres esperando, con esposas embarazadas, con

promesas por cumplir. Los recibió con tortillas y agua. Le sonrió como si

fuera un buen cristiano y esa misma noche escribió su muerte con tinta negra. Lo que don Rafael no sabía es que

esa carta que mandó no solo condenó a tres hombres, esa carta también firmó su

propia sentencia. Porque cuando Villa se enteró, no gritó, no lloró, no pidió

perdón a Dios, hizo algo más peligroso. Volteó hacia su hombre más temido, el

ejecutor sin alma, el jinete que no negociaba, no perdonaba y no olvidaba.

Rodolfo Fierro. Dicen que cuando Fierro escuchó el nombre del traidor, no

pestañeó, solo levantó la mirada y en sus ojos había algo que hizo callar

hasta los soldados más bravos. No era enojo, no era tristeza, era una

decisión. Villa solo le dio una orden corta, fría, como disparo en la nuca.

“Tráemelo y fierro”, respondió con voz seca. Lo traeré, pero no para que viva.