(Sinaloa, 1970) El TRIÁNGULO AMOROSO que terminó en desgracia

El eco de las campanas de la iglesia delite resuena aún hoy, más de 50 años después entre los callejones empedrados y las cazonas de adobe. No es un sonido de paz, sino un lamento persistente, una crónica silenciosa de un amor prohibido que encendió la pólvora de la tragedia en el corazón de Sinaloa. Un fuego que, dicen los viejos del pueblo, sigue ardiendo bajo la tierra seca, esperando a quien se atreva a escuchar su historia.
Era el año de 1970, un tiempo donde las tradiciones eran cadenas de hierro y el honor familiar un verdugo implacable. En este escenario de verdor exuberante y calor sofocante vivía custodia, una mujer de una belleza que se antojaba irreal, con ojos tan profundos como el río presidio y una cabellera oscura que caía como cascada sobre sus hombros.
Su vida, sin embargo, era tan predecible como el ciclo de la luna. Estaba casada con Delfino, un hombre respetado y dueño de vastas tierras, cuya mirada severa y palabras escasas eran ley en su hogar. Delfín amaba a custodia con una posesión celosa, una llama que crepitaba con la misma fuerza que su ambición por la tierra y el poder.
La casa de tejas rojas, rodeada de jacarandás florecidos, era su fortaleza, su prisión dorada. Custodia cumplía su rolignación que pocos lograban decifrar. Sus días transcurrían entre el quehacer doméstico y las visitas al mercado, donde sus pasos pausados y su sonrisa fugaz eran un imán para las miradas de los jóvenes solteros, quienes rápidamente las desviaban al recordar la fama de Delfino.
Su espíritu, sin embargo, anhelaba algo más que la monótona cadencia de su existencia. Buscaba un aire fresco que rompiera con las férreas costumbres de aquel rincón olvidado del mundo, un rincón donde las habladurías se esparcían como maleza venenosa y los secretos eran tesoros peligrosos. Fue entonces, con la llegada del mes de junio y sus lluvias torrenciales, que el destino tejió un nuevo hilo en la trama delite.
Eligio arribó al pueblo como un forastero, un hombre de sonrisa fácil y ojos tan claros como el cielo de un día de estío. Venía de las tierras altas de Jalisco buscando trabajo en los campos de Delfino y traía consigo el aroma de la aventura y la libertad. Su presencia fue como una chispa en la sequedad de custodia.
Un fuego incipiente, sutil, pero innegable, comenzó a arder. Desde el primer cruce de miradas en la plaza principal, un silencio cargado de electricidad se instaló entre ellos. Eligio, con su guitarra al hombro y sus historias de caminos polvorientos, representaba todo lo que la vida de custodia no era, espontaneidad, pasión, un espíritu indomable.
Delfino, por su parte, observaba con su habitual seño fruncido, su instinto agudo, percibiendo la alteración en el aire, aunque incapaz de identificar su fuente. La sospecha era un veneno lento que ya empezaba a correr por sus venas. Los encuentros furtivos se hicieron cada vez más frecuentes, cada vez más audaces.
Un saludo prolongado en el mercado, un breve intercambio de palabras junto al pozo, una mirada que decía más que 1000 poemas. La noche se convirtió en su cómplice. Bajo el manto estrellado de Sinaloa, entre los maisales susurrantes y el aroma a tierra mojada, custodia y eligio se encontraban. Susurros, promesas imposibles, caricias robadas.
Era un infierno dulce, una llama que los consumía, sabiendo que cada momento era prestado, cada beso una blasfemia a los ojos de la sociedad. El pueblo no tardó en darse cuenta. Las viejas delataban con sus miradas inquisitivas. Los hombres hablaban en voz baja en la cantina. Las mujeres tejían chismes con el hilo de la envidia.
La reputación de custodia, antes intachable, comenzó a marchitarse como una flor bajo el sol inclemente. Delfino, ajeno o quizás negándose a aceptar la verdad, se volvía cada día más taciturno, su ira creciendo como una marea silenciosa. Él, que era dueño de todo, ¿cómo podía ser traicionado en lo más íntimo? La idea era insoportable, una frenta directa a su hombría, a su poder.
Una noche, mientras Custodia se escabullía de casa para encontrarse con eligio, una sombra se movió en el umbral de su puerta. No era delfino, era la criada, una mujer de edad que había visto crecer a custodia y que ahora la miraba con una mezcla de lástima y reproche. Sus ojos, llenos de advertencia, se encontraron por un instante.
Custodia sintió un escalofrío que no provenía del rocío de la madrugada. El cerco se estaba cerrando. Los días se transformaron en una danza peligrosa de ocultamiento y anhelo. Custodia y eligio sabían que su amor era una bomba de tiempo, pero la pasión era más fuerte que el miedo. Sus encuentros se volvieron más desesperados, sus despedidas más dolorosas.
La idea de huir, de abandonar todo y empezar de nuevo en algún lugar donde nadie los conociera se hizo recurrente. Pero el arraigo de custodia a su tierra, a pesar de todo, era profundo y el honor de eligio no le permitía dejarla con unamarca imborrable en su nombre. Delfino, por su parte, se movía como un depredador.
Las miradas furtivas, los comentarios a media voz, la atmósfera cargada en su propia casa, todo apuntaba a una única, aterradora verdad. Su amor posesivo se transformó en una furia fría calculada. Las conversaciones con sus capataces se volvieron más tensas, sus visitas al pueblo más infrecuentes. Pasaba horas en silencio, limpiando su viejo revólver, un objeto que para custodia se había convertido en el símbolo de su destino inminente.
La noche del 24 de agosto, víspera de la fiesta de San Bartolomé, el aire estaba pesado y eléctrico, prometiendo una tormenta. Delfino había salido supuestamente a atender unos negocios en un rancho cercano. Custodia aprovechó la oportunidad. Con el corazón desbocado se dirigió al viejo establo su punto de encuentro secreto con elo.
La luz de la luna llena iluminaba el camino polvoriento, proyectando sombras largas y amenazadoras. Eligio ya la esperaba, su silueta recortada contra la entrada del establo, la guitarra a un lado. Al verla, sus ojos se encendieron. No hubo palabras, solo un abrazo desesperado, un beso que sabía a despedida y a anhelo.
Fue en ese instante, en el abrazo más vulnerable, cuando el sonido seco de una rama rompiendo se le celó la sangre. El crujido de la madera fue seguido por el eco de unos pasos furtivos, lentos y deliberados. El corazón de custodia se paralizó. Sabía quién era. Un instante de silencio tan profundo que solo se oían sus propias respiraciones agitadas.
Luego una voz grave, distorsionada por el dolor y la ira rompió la noche. Era delfino. No había ido al rancho. Había esperado pacientemente como un cazador al acecho para confirmar sus peores temores. Sus palabras cargadas de desprecio resonaron en el pequeño establo, acusándolos de traición, de deshonra. Custodia sintió el frío de la muerte.
rozarle la piel. Elio, con un gesto de valentía desesperada, se interpusó entre custodia y delfino, tratando de apaciguar al hombre furioso. Intentó explicar, argumentar, pero las palabras de un amante no pueden competir con el infierno desatado en el corazón de un hombre celoso. Delfino no escuchaba razones.
Sus ojos inyectados en sangre reflejaban la locura. el abismo al que lo había empujado la traición. Y entonces, con un movimiento rápido y brutal, su mano se dirigió a su cintura. El metal brilló bajo la luz lunar. Un disparo seco rompió la quietud de la noche. El eco resonó en los campos, despertando a los pájaros que alzaron el vuelo en una bandada aterrorizada.
Custodia gritó, un sonido desgarrador que se ahogó en el aire espeso. Eligio cayó al suelo, un charco oscuro extendiéndose bajo su cuerpo inerte. Sus ojos, antes llenos de vida y promesas, ahora miraban al cielo estrellado con una fijeza espantosa. Delfino se quedó allí inmóvil. El revólver era aún humeante en su mano.
Su respiración era pesada, sus ojos fijos en el cuerpo sin vida de su rival. La furia se había transformado en un vacío, un silencio tronador que lo envolvió. Custodia, arrodillada junto a Eligio, lloraba sin consuelo, sus manos cubiertas de sangre, el rostro desfigurado por el dolor. En ese momento, en el corazón del establo, bajo el ojo silencioso de la luna, el amor y la esperanza se desvanecieron para siempre.
Pero la tragedia no terminó ahí. El crimen fue descubierto al amanecer. El pueblo entero se conmocionó. La noticia corrió como reguero de pólvora más rápido que el viento. La gente se agolpó alrededor del establo, susurrando, señalando sus miradas divididas entre el horror y la morbosa curiosidad. Delfín fue arrestado sin poner resistencia, su rostro una máscara de desolación.
Custodia, la protagonista de esta desdicha, se convirtió en una sombra. La vergüenza y el dolor la consumieron. Las miradas de lástima, los cuchicheos, los juicios silenciosos del pueblo se convirtieron en su tortura diaria. Se recluyó en la casa de Tejas Rojas, ahora una fortaleza desierta, un mausoleo de sueños rotos.
Su belleza se marchitó. Sus ojos perdieron el brillo, reemplazado por una melancolía profunda que nunca la abandonó. La gente decía que había perdido la razón, que vagaba por la casa hablando con fantasmas, reviviendo el eco de aquel disparo. El juicio de Delfino fue un evento que mantuvo a el queite en vilo.
La balanza de la justicia se inclinó pesadamente hacia la defensa del honor, un concepto sagrado en aquel tiempo y lugar. La gente, aunque conmocionada, entendía las razones de la tragedia bajo su propia moral. fue declarado culpable, pero su condena fue más la de un hombre que había actuado por desesperación que la de un asesino frío.
Pasó muchos años en la prisión de Mazatlán, un tiempo que no logró borrar la sangre de sus manos ni el rostro de Eligio de su memoria. Al salir, un hombre viejo y roto volvió a su pueblo, pero ya no era el mismo delfino.La tierra que amaba con tanta pasión ya no le pertenecía. Su alma estaba tan seca como el polvo del camino.
Los años pasaron, pero la historia de custodia, eligio y delfino nunca fue olvidada. Se convirtió en una leyenda local, un cuento monitorio que se susurraba al oído de los jóvenes sobre los peligros del amor prohibido y la furia de los celos. La casa de custodia, abandonada tras su muerte solitaria, se dice que aún guarda la esencia de su tormento.
Algunas noches, con el viento soplando fuerte entre los jacarandás, se escucha un lamento suave, un suspiro de mujer que se confunde con el crujido de las viejas maderas. En el viejo establo donde ocurrió la tragedia, la vegetación creció salvaje, reclamando lo que una vez fue el escenario de una pasión desmedida.
Los lugareños evitan el lugar al anochecer. Dicen que el espíritu de Eligio aún vaga por allí esperando a custodia y que en las noches más silenciosas se puede escuchar el tenue rasgueo de una guitarra, una melodía melancólica que nadie sabe de dónde viene, pero que todos reconocen como la canción de Un amor truncado, la balada de un triángulo que terminó en desgracia bajo el implacable solalo hace más de medio siglo, pero que resuena en la memoria como si hubiera ocurrido apenas ayer.
Y el pueblo con sus casas de adobe y sus calles empedradas sigue guardando el secreto y el dolor de una historia que el tiempo se niega a borrar. La historia de custodia, la mujer que amó sin cadenas y los dos hombres que la perdieron por siempre en el altar del orgullo y la pasión. Y la pregunta persiste, ¿quién fue el verdadero perdedor en este macabro juego del destino? El hombre que murió por amor, el que mató por celos o la mujer que vivió para siempre en la cárcel de su propia tragedia.
News
Niños soldados alemanes se fugaron de un campamento en Oklahoma para alimentar a los elefantes del circo ambulante.
Niños soldados alemanes se fugaron de un campamento en Oklahoma para alimentar a los elefantes del circo ambulante. 12 de…
Este retrato de 1895 guarda un secreto que los historiadores nunca pudieron explicar, hasta ahora.
Este retrato de 1895 guarda un secreto que los historiadores nunca pudieron explicar, hasta ahora. Las luces fluorescentes de Carter…
Los expertos pensaron que esta foto de estudio de 1910 era pacífica, hasta que vieron lo que sostenía la niña.
Los expertos pensaron que esta foto de estudio de 1910 era pacífica, hasta que vieron lo que sostenía la niña….
Era solo una foto de estudio, hasta que los expertos descubrieron lo que los padres escondían en sus manos.
Era solo una foto de estudio, hasta que los expertos descubrieron lo que los padres escondían en sus manos. La…
“Estoy infectado” – Un joven prisionero de guerra alemán de 18 años llegó con nueve heridas de metralla – El examen sorprendió a todos
“Estoy infectado” – Un joven prisionero de guerra alemán de 18 años llegó con nueve heridas de metralla – El…
Cómo la bicicleta “inocente” de una niña de 14 años mató a decenas de oficiales nazis
Cómo la bicicleta “inocente” de una niña de 14 años mató a decenas de oficiales nazis Un banco de un…
End of content
No more pages to load






